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Períodico de Deia
Aventurero del mar

A Izaro en cayuco en plan Robinson Crusoe

  • Josean Urrutxua estuvo recientemente viviendo en la isla durante una semana 
  • Navega en una embarcación típica de Madagascar

José Basurto - Domingo, 16 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:38h

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Imagen de Josean Urrutxua a bordo de la embarcación, típica de Madagascar, con la que navega habitualmente por la costa bermeana y Urdaibai.

Imagen de Josean Urrutxua a bordo de la embarcación, típica de Madagascar, con la que navega habitualmente por la costa bermeana y Urdaibai. (Rober Garay)

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Bermeo

FUE un flechazo, un amor a primera vista. Josean Urrutxua se quedó prendado de un cayuco que estaba expuesto en el pabellón de Madagascar en la tradicional concentración de barcos clásicos de Brest (Francia). Así que no dudó en comprarlo. Pagó mil euros y se lo trajo a Euskadi aprovechando que la delegación del Gobierno vasco que había acudido a la feria le facilitaba el transporte. Cuatro años después de aquel flechazo, Josean sigue enamorado del cayuco. Lo cuida con mucho mimo y navega con él cuando el tiempo y su ciática se lo permiten. La última vez que lo sacó al agua fue el pasado 12 de agosto con motivo del centenario de la galerna de Bermeo. Se encontró tan a gusto esos días que decidió irse con la embarcación a Izaro. Y allí se quedó durante una semana, viviendo como un auténtico Robinson Crusoe. No es la primera vez que lo hace. Josean es un aventurero de la vida, tirando a vividor, que ha hecho muchas locuras, casi todas relacionadas con el mar. Y una de sus pasiones son los barcos de madera. Por eso se hizo carpintero de ribera. Actualmente tiene un taller en Bermeo en el que repara embarcaciones. "La naturaleza me dio poco cerebro pero unas manos hábiles", dice.

Josean, que ahora tiene 53 años, confiesa que de joven "era de los que robaba dinero a mi madre para comprarme una navaja y estar todo el día pelando palitos para hacer barcos". O sea, que ya apuntaba maneras de manitas. Sin embargo, sus primeros pasos profesionales no estuvieron relacionados ni con el mar ni con la madera. Abrió un bar en Durango, donde vivía y había nacido, pero la experiencia fracasó. "Fue un local conflictivo en los duros años ochenta", reconoce. Con el dinero que obtuvo de la venta de su parte del negocio montó una cafetería en Sukarrieta, el pueblo del que era natural su padre, en el que pasaba los veranos, y en el que ahora vive. Pero también fracasó. "Me fue mal", dice, "aguanté cinco años, lo vendí y me quedé a cero". A partir de entonces comenzó a buscarse la vida y a deslizarle por el mundo de la droga. "Al final me enganché, aunque luego me rehabilité", aclara. Superada esa fase, cuenta que hace cinco años "tuve la oportunidad de vender un piso y lo metí todo en el taller". Y hoy en día, si no está en el agua, pasa las horas en el taller domando las cuadernas de los viejos botes de madera. "Hago mis cosillas, pero es difícil sacar rentabilidad al trabajo artesanal", señala.

En el taller también guarda el cayuco de sus amores. "Esto es una maravilla", dice, "es un barco de lo más marinero, muy seguro y aguanta muy bien; a remo se puede ir a cualquier sitio". Tiene seis metros de eslora, cincuenta centímetros de manga y 70 de puntal, pero la característica que más destaca Josean es el material empleado para su construcción. "Es un tronco vaciado de madera de balsa o algo parecido, muy esponjoso, que no pesa nada, sólo 70 kilos", explica. Su navegabilidad aumenta gracias al patín que lleva adosado a una de las bandas y a una vela de ocho metros cuadrados. Con él ha conseguido llamar la atención de muchos bermeanos cada vez que lo saca al mar. "Es un barco sacasonrisas, un barco simpático, porque la gente cuando lo ve, primero pone cara de extrañeza y luego se ríe". Es lo que sucedería cuando Josean participó en la conmemoración de la tragedia que provocó una galerna en Bermeo en 1912. "Ese día disfruté mucho porque llevaba un año sin poder sacarlo por culpa de una ciática que me tuvo seis meses como un inválido, así que no me bajé del cayuco en dos semanas", recuerda.

Estancia en Izaro

Pescar y cocinar

Uno de esos días reconoce que se "calentó" la cabeza y se fue a Izaro a vivir como un Robinson Crusoe. Se aprovisionó de víveres y enfiló la isla, no sin algún problema de navegación. "La ida fue un poco complicada porque me falló una pieza que sujeta el patín y me tuve que tirar al agua", recuerda. Salvada esa primera incidencia, tuvo la inesperada ayuda de unos chicos de Mundaka, "que me ayudaron a subir la embarcación a tierra". Montó el campamento con el velamen del cayuco y allí estuvo siete días. No era la primera vez que se transformaba en un Robinson Crusoe. "Lo he hecho muchas veces", dice. ¿Y qué hizo durante todos esos días? "Pues nada, pescar y cocinar", responde. Se limitó a coger lapas, algún pulpo y poco más porque las condiciones climatológicas no le permitieron disponer del cayuco para poder pescar en el mar. Además de autoabastecerse para sobrevivir y de "desconectar de la prima de riesgo y la televisión", también tuvo tiempo para "encontrarse" a sí mismo. "Yo no me aburro solo", señala, "ni en Izaro ni en ningún sitio porque tengo un mundo interior". En su currículum de aventuras en solitario recuerda los seis meses que estuvo viviendo junto al río Gallego, en Huesca, mientras se sacaba el título de monitor de piragua en aguas bravas. "Yo recomendaría a todo el mundo que tuviera una experiencia de este tipo, aunque solo fuera una noche por ahí; luego verán que se disfruta más de la ducha y del sofá de casa".

De Izaro tuvo que salir antes de lo que él hubiera deseado por culpa de las condiciones del mar. "Mi intención era quedarme diez días, pero las previsiones eran malas, así que una semana después de estar allí decidí desmontar el campamento", cuenta. Lo hizo de forma un poco precipitada, aunque, esta vez sin ayuda. Aun así, pudo con todo. "Me di una buena paliza, pero pude meter yo solo el cayuco en el agua". Y remó a base de fuerza y técnica la milla que le separaba de Bermeo.

Desde el mismo momento que llegó a puerto ya se puso a pensar en la siguiente aventura con el cayuco. "Ahora lo voy a preparar bien y a pintarlo, que ya necesita", explica, "y en otoño o primavera lo sacaré a la ría de Gernika con la idea de montar algún campamento por algún lugar durante unos días". Pero su gran proyecto estaría enfocado hacia la temporada estival. Josean tiene la intención de ir navegando con el cayuco hasta Donostia el próximo verano. "Me gustaría hacer una travesía por la costa aprovechando los vientos dominantes y parando en los puertos o en las playas". Para ello deberá entrenarse un poco más porque todavía no le ha cogido el truco a la navegación a vela. "Es un poco complicado para uno solo, pero todo es cuestión de tiempo", explica.

Taller

Carpintero de ribera

Mientras cuida y vigila el cayuco, "como si fuera una obra de arte", Josean trata de seguir manteniendo el taller que tiene en unas naves industriales de Bermeo con encargos, bien de reparaciones o de artesanía. "Yo soy un enfermo del remo, de la madera y de los barquitos pequeños", confiesa. Esa afición le llevó a participar en la construcción de un ballenero en Bermeo, por cuyo trabajo el Gobierno vasco le dio el título de carpintero de ribera. Aprendió mucho, pero también vio que era "un trabajo muy duro". "Estás todo el día con posturas muy raras, de rodillas, de riñones", dice. Aun así, disfrutó, aprendió técnicas que ahora le sirven para reparar los botes de madera que surcan aún Urdaibai. "Sigue habiendo mucha afición a los barcos de madera", dice. Entre arreglo y arreglo Josean no deja de pensar en Izaro, donde se iría a vivir como en su día lo hicieron los franciscanos, lejos de mundo.

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