Publicidad
Herramientas de Contenido
[Entrar | Registrarse]
Publicidad
xabier lapitz - Domingo, 16 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:38h
votos
comentarios
Vista:
a cualquier observador con ganas de entender lo que está sucediendo en Catalunya no le ha debido extrañar este éxito de la convocatoria realizada por la Assemblea Nacional Catalana. Por eso, los únicos que parecen haberse sorprendido han sido los mismos que han alimentado la hoguera.
Son los que manejan el discurso español del ordeno y mando, los que siguen entendiendo el Estado español como un territorio único que parte de manera radial desde la Plaza del Sol para llegar a los confines de la península. Evocan el imperio donde no se ponía el sol, y aún se lamen las heridas del desastre del 98, que no fue otra cosa que un alivio para los últimos pueblos colonizados hasta entonces. No hay entendimiento posible con ese sector español por mucho que Artur Mas se esfuerce en el Ritz madrileño en ser didáctico.
Pero si bien es fácil de entender esta demanda independentista, lo que se antoja mucho más difícil es darle respuesta institucional. O, al menos, una respuesta que satisfaga en su plenitud lo que las calles reclamaban el pasado martes en Barcelona. Más complicado aún cuando uno ha tocado fondo y necesita auxilio exterior para sobrevivir con cierta dignidad.
La pancarta hacía alusión a Catalunya, un nuevo Estado en Europa, pero como venía precedida de cierta ambigüedad calculada por quienes se iban sumando a la marcha, ya se encargaron primero la organización y después los participantes de dejarlo claro: "In-Inde-Independencia".
Se pueden hacer muchos juegos dialécticos sobre lo que significa ser un Estado y lo que supone el término independencia en una Europa cada vez más interdependiente. La semántica y la política no siempre caminan de la mano, y las definiciones acuñadas hace apenas unas décadas han quedado obsoletas para señalar realidades políticas cada vez más complejas.
Lo que no es discutible es que ha habido un desplazamiento del eje catalanista hacia el soberanismo y que este cada vez suma más gente. Si se da por buena la fórmula del Tribunal Supremo de Canadá para Quebec, podríamos estar muy cerca de asistir a esa "mayoría suficiente" que diera paso a una secesión reconocida internacionalmente.
Señalaba las dificultades de dar cauce institucional a esa demanda porque solo hay dos maneras de realizarlo: por las buenas, si España estuviera dispuesta a respetar el derecho de autodeterminación del pueblo catalán y aceptara un proceso de secesión acordado; o por las malas, sin acuerdo y con todo lo que una ruptura implica desde el punto de vista político y económico, el encaje en la Unión Europea, el reconocimiento internacional, etc.
Siendo realistas, es muy poco probable que la mayoría española acepte una mayoría catalana. Lo comprobamos con el lehendakari Ibarretxe cuando acudió al Congreso de los diputados con la legitimidad que le daba la propuesta aprobada en el Parlamento Vasco. Lo vimos después con el cepillado del Estatut y el recepillado del Tribunal Constitucional.
Colocados en esta tesitura, lo más probable es que a corto plazo este nuevo intento catalán de dotarse de sus propias estructuras estatales acabe con una complicada negociación sobre los equilibrios financieros entre el Estado español y Catalunya.
Es decir, que si las cosas no salen mal, obtendrán lo que en Euskadi ha sido la herramienta más importante de autogobierno: el Concierto económico.
Publicidad
Publicidad
Gracias por su comentario
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad