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Independencia y transversalidad

Jorge Giménez Bech - Domingo, 16 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:39h

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Columnista Jorge Gimenez

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no estamos para la algarabía, el lío, la disputa y la polémica", amonestó Rajoy, la víspera de la Diada, a los catalanes que se disponían a inundar las calles de Barcelona para, casi trescientos años después de la abolición de las instituciones catalanas tras la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas, recordar al mundo -y a los gobernantes del Estado español en primer lugar- que una parte importantísima de la ciudadanía catalana desea dar una forma concreta en lo político-institucional a su identidad nacional.

Es obvio que los catalanes que el martes pasado se hicieron oír no tomaron en consideración la regañina del presidente español, y este, seguramente consciente de la magnitud del acto cívico que la víspera había calificado de "algarabía", se vio obligado, horas después, a manifestar su "respeto" por la marcha independentista, no sin aprovechar el viaje para pedir "prudencia" a la Generalitat, con la vista puesta en la reunión que el próximo día 20 mantendrá con Artur Mas para tratar de la propuesta catalana de pacto fiscal, que tan poco agrada en Madrid y demás recovecos de la España centrípeta.

Hoy, sosegados ya los ecos de una gozosa "algarabía" a la que se sumaron (es de suponer que tras considerables dudas) incluso señeros personajes del socialismo catalán y personalidades nacionalistas artífices, en su día, del actual estatus fiscal de Cataluña, tal vez convenga extraer de estos hechos los elementos más perdurables, porque no es en absoluto descartable que, como afirmó Lluis Llach, el 11 de septiembre sea, en efecto, "el primer día de una nueva época", pero no solo para Cataluña, sino para ese eterno "nasciturus" político que es aún esta medrosa y frágil Unión Europea. Y, cómo no, también para los vascos.

Porque, veamos: ¿es posible optar por la independencia desde una óptica no esencialista, no historicista, no antiespañola o antifrancesa, no meramente identitaria?; ¿cabe, en el juego político democrático e institucional que en esta parte del mundo sigue, afortunadamente, a los pronunciamientos populares, aceptar un "depende" a la pregunta "independencia sí o no"?; o más aún: ¿es la opción independentista la única asumible desde el punto de vista de un nacionalismo moderno y nítidamente europeo?

Pero, sobre todo: ¿es posible ofrecer a la ciudadanía vasca (a la catalana parece ser que sí) la posibilidad de que el debate en torno al autogobierno -independencia incluida- sea un factor transversal en la vida política, en lugar de una mugrienta trinchera en la que solo sea posible vencer o sucumbir?

En definitiva, ni la independencia es la panacea que algunos pretenden, ni el cataclismo con que otros intentan amedrentar a la ciudadanía soberana. Ninguna forma de organización institucional lo es en sí misma, salvo que se considere que la máxima aspiración del ser humano se reduce a poseer un determinado pasaporte, tanto si este lleva el cuño de un Estado nuevo o de uno viejo.

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