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juan ignacio pérez - Domingo, 16 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:38h
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Juan Ignacio Pérez, ex rector de la UPV y Catedrático de Biología Animal (Deia)
Vista:
el ejercicio de la política no goza de buena imagen. No solo tienen los políticos, en general, mala prensa; además, la política es vista con recelo creciente por parte de la ciudadanía. A esa percepción negativa contribuye la idea de que los políticos no se guían por principios, sino que su único interés es el de ocupar parcelas de poder a toda costa. Por ello, un posible gobierno de coalición en Euskadi, sea cual sea la combinación, correría el riesgo de ser percibido por amplios sectores sociales como una componenda, también en el caso de la fórmula que parece gozar de más respaldo social, la del pacto entre PNV y PSE. Para muchos, la suscripción de un pacto entre dos fuerzas que hasta el día anterior se han estado descalificando una a la otra con saña sería un ejercicio de cinismo político. Esa percepción resultaría muy dañina para la imagen de la política y para la credibilidad de los políticos. Y no olvidemos que la credibilidad de los líderes es ingrediente fundamental cuando necesitan ilusionar y movilizar a la ciudadanía.
Entramos así en el terreno de lo anímico y lo emocional, esferas que no deben despreciarse, ni contraponerse de manera radical al ejercicio de racionalidad que ha de inspirar la acción política. Pues bien, un posible gobierno de coalición PNV-PSE podría tener costes relacionados, precisamente, con esa esfera anímica a la que me refiero. ¿Cómo aceptaría la base social nacionalista ese pacto? Al respecto, no sirve la referencia de los ochenta; entonces, el trauma de la escisión facilitó sobremanera el acuerdo con un adversario con el que se habían producido entendimientos de gran trascendencia en el pasado. Pero el trauma reciente es otro ahora, y lo causó, precisamente, el PSE cuando decidió descartar al ganador de las elecciones como socio de gobierno. A nadie sorprenderá, por tanto, que tal y como señalan las encuestas, los votantes del PNV no se inclinen precisamente por la fórmula del gobierno de coalición.
Hay quien piensa que los militantes de los partidos aceptan sin rechistar lo que proponen las cúpulas. No es cierto, pero aunque lo fuese, una cosa es la afiliación y otra la base social. Un gobierno de coalición PNV-PSE podría tener efectos muy negativos para el PNV a medio plazo, en lo relativo a su rivalidad con la izquierda abertzale. Una parte significativa del electorado, si se ve defraudado por la política de pactos de su opción principal, bien podría optar más adelante por la abstención o por otra fuerza, y en este caso, la opción más lógica sería, precisamente, la izquierda abertzale. En otras palabras, ese gobierno de coalición podría tener costes muy altos para el PNV en el futuro cercano.
Si las encuestas no yerran demasiado y el PNV es, en efecto, el partido más votado el 21-O, se deberá enfrentar a un difícil dilema. Los resultados serán determinantes, y en este momento no se puede aventurar cuál será para él la mejor opción. Pero dudo que los argumentos que se barajen entonces vayan a diferir demasiado de los expuestos aquí anteayer, ayer y hoy. En el pasado ha habido gobiernos de coalición, pero eso no quiere decir que deba haberlos siempre. Como señalé en la primera parte de esta serie, muchos piensan que la coalición PNV-PSE es la única opción posible de gobierno; la ven como algo inevitable. Pero esa percepción de inevitabilidad, además de falsa, es peligrosa. Constituye, de hecho, una limitación muy severa para una sociedad que se reclama abierta, libre. Antes, la práctica terrorista, directa e indirectamente, contribuía a cerrar la sociedad, a hacer la política de mañana calcada de la de ayer, del todo previsible. Pero las cosas han cambiado y no hay razones para funcionar con esquemas del pasado. Otros países del mundo son gobernados sin el apoyo de mayorías absolutas. Quizás ha llegado ese momento para nosotros. La sociedad vasca sería, así, un poco más abierta.
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