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Períodico de Deia
Arantzazu reunió un importante plantel de artistas

Una basílica de valientes

 

n.v.c. - Lunes, 17 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:38h

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Iñaki Beristain en la sacristía de Arantzazu, donde exponen las obras presentadas a concurso.

Iñaki Beristain en la sacristía de Arantzazu, donde exponen las obras presentadas a concurso. (Foto: r. plaza)

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OÑATI. El santuario de Arantzazu fue "un lugar lleno de valentías", indica Rodrigo Muñoz, hijo del artista Lucio Muñoz. Desde el propio edificio, hasta la decoración, con los polémicos apóstoles de Oteiza e incluso la primera propuesta de Carlos Pascual, que fue censurada por la Iglesia.

"La basílica es una obra absolutamente singular, es el primer edificio religioso realmente moderno que se construye después de la Guerra Civil", apunta Miguel Ángel Alonso, arquitecto y profesor. "Se hace dentro de un espíritu de integración de todas las artes", prosigue Alonso, "los arquitectos crearon un ámbito donde otros artistas se pudieron desarrollar". Es conocido el papel de Arantzazu como catalizador de los mejores artistas vascos del momento: Oteiza, Chillida, Basterretxea, Álvarez de Eulate. Sáenz de Oiza y Laorga diseñaron un edificio que inspiró a muchos coetáneos suyos y que, además, admitió la participación de muchos artistas, entre ellos el propio Lucio Muñoz.

El pintor comentó en varias ocasiones a su hijo que "era algo muy de agradecer y poco habitual que los arquitectos concedieran tanta importancia a la pintura". El arquitecto Alonso asegura que "hubo una actitud generosa por ambas partes, porque también los artistas tenían una especial preocupación por que su obra quedara integrada en el conjunto".

"La arquitectura necesitaba una colaboración de ese estilo (abstracto), comprometida con el tiempo", explica el escultor Julio López Hernández, amigo de Lucio Muñoz y su ayudante en la confección del ábside. "Había una inclinación a aceptar ese desafío", remata. "La apuesta por esta solución abstracta fue muy arriesgada", indica Alonso, "fue una obra que rompió muchos esquemas". "Tanto en la iglesia como en la sociedad, les costó muchísimo asimilar ese proceso de abstracción que no suponía una pérdida de identidad, sino una búsqueda de una identidad que no estuviera basada en una figuración folclórica o decimonónica".

El arquitecto insiste en que "esa actitud corresponde al momento histórico, en los años 50, en el cual había esa voluntad colectiva de transformar las claves culturales buscando la modernización en todos los niveles". "En aquella época se hizo una gran apuesta por el arte de vanguardia", certifica Rodrigo, "y eso es totalmente aplaudible a quien les corresponde: a los frailes".

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