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El castellonense de Euskaltel-Euskadi muere a los 23 años tras chocar contra un coche y caer por un precipicio de 15 metros mientras entrenaba
Madariaga y Galdeano asisten hoy a su funeral en Onda
Alain Laiseka - Jueves, 20 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:38h
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Bilbao. "Ya sabe usted que le quería mucho", le susurró por teléfono un hilo de voz quebrada a Miguel Madariaga, que no supo qué decir ante eso y apenas dijo nada. ¡Qué iba a decir! Que lo sentía. Poco más. Madariaga no encontró la manera de explicarle al padre de Víctor Cabedo, un hombre roto al otro lado de la línea, lo mucho que le dolía ese dolor. Que la muerte de su hijo, 23 años y ciclista de Euskaltel-Euskadi, después de chocar de frente contra un coche y precipitarse por un barranco de la Serra d'Espada, cerquita de Onda, su pueblo en Castellón, era el golpe más duro que había recibido en 46 años vinculado al ciclismo. El vizcaino se dio un tiempo breve para repasar otras desgracias que le rondaron. Recordó aquel accidente de Sagasti en el 94 que le costó la carrera al vizcaino, fallecido años después en su casa de Mungia. O las caídas espeluznantes de Laiseka, Muniain y alguna más. Ninguna tuvo un final como este, irreversible. "A Víctor no le vamos a ver nunca más", cerró el debate del dolor Madariaga, desolado ante la tragedia más grande de la historia de Euskaltel-Euskadi. Ni qué decir del desgarro de la familia, la suya propia, pero también la ciclista.
Cabedo se dejó la vida en un barranco de la Serra d'Espada. Entrenaba por una carretera estrecha, la de toda la vida, cuando se topó de frente con un coche, lo golpeó y salió despedido. Cayó al vacío por el precipicio. Voló 15 metros golpeando todo a su paso. Piedras, arbustos y troncos. Hasta que se detuvo. Allí, en el fondo, lo encontraron los bomberos de Sogorbe sobre las 15.00 horas de la tarde. Para entonces, el ciclista ya estaba muerto. Rescataron el cuerpo sin vida en una camilla, lo subieron a la carretera desde la que había caído y fue trasladado al Instituto Anatómico Forense de Castellón, donde hoy se le realizará la autopsia.
La muerte de Cabedo tuvo un impacto demoledor en varios lugares, como el Mundial de Holanda donde Contador recibió la noticia con incredulidad y Josean Fernández Matxín, que le fichó de juveniles para su equipo de aficionados, recordó a un chaval bueno y honesto con el que siguió manteniendo la comunicación aunque ayer, turbia la mirada y la memoria, no recordase su última conversación.
Antes, la muerte del ciclista había atronado en el oído de Samuel Sánchez, que recibió la llamada de un corredor de la zona contándole lo sucedido y el fatal desenlace. Al asturiano le vino a la cabeza la persona callada, educada y correcta con la que había entablado una buena relación desde que, tras dejar el equipo aficionado de Matxín, fichó por el Seguros Bilbao de Xabier Artetxe y ganó el Memorial Valenciaga tras un ataque antológico en el descenso de San Miguel. Artetxe también se encogió ayer cuando se lo contaron y luego, al detenerse un poco y pensar, dibujó en el aire el rostro serio de Cabedo, el chico introvertido de las pocas palabras y una sola idea pedaleando en la mente. "Tenía muy claro que quería ser ciclista. Es lo único que le interesaba. Su mundo era la bicicleta", rescata el preparador, que describe a un ciclista metódico. Lo confirma Ion Izagirre, que compartió con él equipo en el Seguros Bilbao y no olvida los desayunos a los que bajaba con su mochila cargada de pan integral, cereales de avena o yogures especiales. "Era callado pero simpático. Y sí, se cuidaba mucho", dice el guipuzcoano, sobrecogido también cuando Madariaga fue anunciando a los corredores la muerte de su compañero.
De Onda a Balmaseda A Madariaga se lo contó Samuel y se quedó de una pieza. Rápidamente, se acordó de Dorleta Zorrilla, exciclista vizcaina que trabaja con la base en el Aula Pedagógica de la Fundación y novia de Cabedo. Se conocieron hace cuatro años en una concentración de la selección estatal y desde entonces están juntos. Así que a Madariaga no le costó convencer al chico para que se empadronara en Balmaseda, donde vive Dorleta, cuando después de una temporada fantástica en Orbea en 2011 -ganó una etapa en la Vuelta a Asturias y fue quinto en el Gran Premio Primavera- decidió subirle a Euskaltel-Euskadi.
El día que fue a firmar su contrato con Euskaltel, a Cabedo le acompañaba Dorleta, que le comentó a Madariaga lo mucho que le gustaría darle un toque femenino a la escuela de ciclismo de la Fundación. Miguel le llamó poco después para ofrecerle un sitio. Ayer, cuando descolgó el teléfono, escuchó la voz temblorosa de su jefe, que le contó con tiento algo de una accidente de Víctor y que estaba grave. Luego, supo la verdad.
Al saber de su muerte, Igor González de Galdeano, responsable del nuevo proyecto de Euskaltel en el que figuraba Cabedo, "un tipo de ciclista diferente, fuerte y alto", sacó la cabeza de entre los papeles que le desbordan por el tema de los puntos y todo eso, y habló de una tristeza inexplicable, de la peor noticia imaginable, de que, filosófico el alavés, "un día se apaga la luz y ya está". "Nada importa tanto como la vida", abundó Galdeano, que dejó todo el revuelo en torno al equipo en segundo plano, pospuso el viaje al Mundial que tenía previsto y hoy acudirá junto a Miguel Madariaga al funeral que se celebrará a las 18.00 horas en Onda.
La lista negra La de Cabedo, que iba a abrir una tienda de bicicletas en Onda, es la noticia más trágica en la historia de Euskaltel y engorda la lista de profesionales fallecidos en la carretera. Cepeda o Valentín Uriona forman parte de esa crónica negra, como, más reciente, Antonio Martín Velasco, Mariano Rojas, Sanroma, Isaac Gálvez o Ricardo Otxoa, que fue atropellado por un coche en febrero de 2001 cuando entrenaba con su hermano Javier, que sobrevivió milagrosamente al accidente. Como Horrillo en el Giro de 2009. El año pasado, la muerte sorprendió a Tondo en un garaje de Sierra Nevada. Ayer, le esperaba a Cabedo en un barranco de la Serra d'Espada.
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