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Por Ángel lÓpez - Sábado, 22 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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APENAS queda huella del bronceado que traje del sur. Tardará más en abandonarme una reflexión que también vino de esas latitudes: las amenazas que se ciernen sobre el Athletic.
Talentos en fuga seducidos por el tío Gilito, un mercado acotado que lleva a fichas desmedidas y, lo que faltaba, el club en medio de unas elecciones. Son circunstancias sangrantes, pero hay un riesgo más implacable: la globalización. El fútbol se propaga como un virus inclemente con una señal que puede llevar a cualquier lugar un partido del Barça o del Madrid. Da lo mismo estar en Zimbabwe o en Trespaderne. A lo mejor les faltan otros servicios, pero el fútbol llega con la misma inmediatez que aquí, poniendo un listón demasiado alto a los proyectos locales. Si se añade el bombardeo de información que de este tipo de equipos se proyecta en los espacios deportivos y el protagonismo de sus estrellas en los anuncios televisivos, cualquier intento de fidelizar a los niños en otros colores choca con el inmenso poder de los grandes.
Hay tal sobreinformación de lo superlativo que invalida la proyección de los menos poderosos. El protagonismo de las estrellas rutilantes cautiva a los mas jóvenes y nos salpica porque complica la supervivencia, tal y como la entendemos hoy, de una filosofía tan vedada como la nuestra. La historia del Athletic se ha sostenido por elementos sentimentales. No digo que a las nuevas generaciones no les seduzca el pasado de palmarés lustroso, pero sospecho que se entusiasman más rápido con los trofeos que consiguen otros.
Los riesgos a los que se enfrenta el club los viví en Almería. Contagiados del éxito logrado por España en la Eurocopa todos los chiringuitos habían desterrado el toro de Osborne por una invasión de artículos con el escudo de la Roja. Ni sé los argumentos que empleé para no comprar a mis hijos una camiseta con la imagen de Iniesta.
Es tal el poder de estas campañas que los niños terminan confundiendo sus preferencias. De hecho tuve que sortear las preguntas de mis hijos sobre por qué yo apoyaba a Italia y no a España. Había otra aún más complicada: ¿Por qué somos del Athletic si nunca gana las finales? Y eso que ellos son unos privilegiados: han visto tres en tres años.
Tenían tela las preguntitas, pero son lógicas. Yo pienso como el adulto que hace un balance sobresaliente de la temporada; ellos son niños, no entienden las derrotas dulces. Aún deberían pervivir los ecos del extraordinario curso pasado. Ser subcampeones de dos torneos en un mismo año es un éxito inmenso, pero no lo ven así. Sobre ellos, una generación fascinada por lo inmediato, recae el compromiso de sustentar la afición, así que tendremos que esforzarnos en aclararles el mensaje.
Intentar explicarles que ser fiel a un equipo puede ser más bonito que los títulos que celebran otras aficiones no es fácil. Un ideario heredado que tendremos que trasladar con la misma eficacia que obtuvieron nuestros padres antes de que el poder mediático de los galácticos les arrastren a sus fauces.
Cada vez que veo una camiseta azulgrana en la ikastola me pongo como una hidra. Respeto la libertad de culto futbolístico pero no deja de incomodarme. Asumo la culpa, este verano mis hijos han tarareado mas el Sube la mano y grita gol que el Altza Gaztiak. Ahí tenemos otra pista. Lo elemental es que las nuevas generaciones vean que se pueden conseguir objetivos con el Athletic y entiendan que ser partícipes de esos momentos también es estimulante. Convencerles de que en tiempo de dificultades debe salvaguardarse la lealtad a unos colores y mantener una fidelidad de corazón al escudo. Aviva mis temores el anuncio de la disolución de Abertzale Sur después de treinta años de ánimos incondicionales. Asegurar el relevo en la grada tal y como la entendemos hoy es la auténtica encrucijada para el club.
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