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La colección propia del Museo Guggenheim Bilbao ha recibido el respaldo del público y de expertos mundiales y se ha revalorizado por cuatro, según un reciente informe de Christie's
Maite Redondo - Domingo, 30 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 10:56h
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La araña gigante ‘Mamá’, de la artista Louise Bourgeois, una de las adquisiciones del Guggenheim, ha tenido una gran aceptación entre el público vasco. (AFP)
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CUANDO en diciembre de 1991 el Gobierno vasco, la Diputación de Bizkaia y la Fundación Solomon R. Guggenheim firmaron el acuerdo para lo que es hoy el el Guggenheim Bilbao, muchas voces clamaron al cielo pensando que sería un desastre, que ése sería el principio del fin de la cultura en Euskadi. Se equivocaron. El 19 de octubre de 1997 se abrían las puertas del edificio de Frank Gehry y, desde entonces, el museo se erige como referente cultural y artístico a nivel mundial.
El Guggenheim Bilbao cumple sus primeros quince años de vida. DEIA, como medio de comunicación y como miembro corporativo del museo, se suma a esta importante efeméride del titán de titanio y desde hoy, y durante los cuatro fines de semana próximos, analizará los aspectos que le han convertido en uno de nuestros símbolos más visibles de la modernidad y del progreso.
Arte y vanguardia
Más de 14 millones de visitas, 100 exposiciones de gran nivel artístico, 124 obras de la colección propia, de las que un 25% fueron creadas por artistas vascos... El museo ha configurado una colección singular, con personalidad propia, que además sirve como complemento a los fondos de las restantes colecciones Guggenheim. Desde 1996, cuando se adquirieron las primeras piezas, la Diputación de Bizkaia y el Gobierno vasco, a través de la Sociedad Tenedora, han invertido 103 millones de euros para formar una colección, que según la última tasación que realizó la casa Christie's de Londres el pasado mes de junio, está valorada en 443 millones de euros, cuatro veces el importe de la inversión inicial. Los fondos propios del museo incluyen ya 13 obras cuyo valor de mercado superaría ya los 10 millones de dólares: Rothko, Twombly, Kooning, Warhol y Rauschenberg, además de la instalación La materia del tiempo, de Serra. Concretamente, la de mayor valor es Sin título, de Mark Rothko, que fue adquirida por 3,5 millones de dólares, y su valor actual alcanza los 81 millones. La que ha experimentado un mayor incremento en su valor ha sido Puppy, de Jeff Koons, adquirida por 1,2 millones de dólares y tasada en la actualidad en 48,5 millones.
Pero no sería justo hablar solo de resultados económicos. Los fondos de la colección del Guggenheim han recibido el respaldo del público local y el reconocimiento internacional. Francisco Calvo Serrador, crítico de arte, profesor de la Universidad Complutense y exdirector del Prado, confiesa que "cuando el museo abrió por primera vez sus puertas, manifesté públicamente mi desasosiego ante lo que entonces podría conjeturarse como una espectacular carcasa sin colección propia, una carrocería sin motor. Evidentemente, tengo que reconocer que eso no ha sido así. Históricamente, los museos han abierto al público después de haber formado una colección, como fue, por ejemplo, el caso del Prado. Pero el Guggenheim planteaba un modelo revolucionario como era abrir un museo en red a nivel internacional, que en pocos años ha conseguido crear una relevante colección propia. Si no la tienes, entonces sí te conviertes en una franquicia más que en un museo en red. Pero este no ha sido el caso del Guggenheim Bilbao porque en estos 15 años, ha conseguido crear una colección propia, consistente, y en algunos aspectos casí excepcional".
Calvo Serraller ha escrito el prólogo del libro La Colección del museo Guggenheim, en el que 40 historiadores, críticos de arte, conservadores y otros expertos de reconocido prestigio reflexionan sobre las obras que constituyen el corpus artístico del Guggenheim Bilbao. Para Calvo Serraller, "el museo ha tomado una decisión muy valiente, que hoy en día casi nadie se atreve todavía a tomar. La tendencia de los museos de arte contemporáneo es a rellenar huecos de lo que no tienen, aunque las obras que se compren sean mediocres o poco representativas. Una de las cosas que me parece más sobresaliente del museo es que ha roto con esta inercia. Por ejemplo, no han decidido comprar un Serra, han hecho la Capilla Sixtina de Richard Serra. La sala Arcelor es una obra maestra, como jamás a nadie se la he ocurrido hacer y si se les ha ocurrido, no se han atrevido. Es como si le pidieran a Miguel Ángel un cuadro cuando le podríamos pedir la Capilla Sixtina".
Este experto en arte califica de profético los rasgos "con los que se ha configurado la colección". "Al principio, fueron muy criticados y, sin embargo, se ha demostrado que han acertado. Ahora la mayoría de los museos se establecen en red, entre ellos el Louvre". Según explicó en su día el director general del Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte, a la hora de adquirir las obras se siguieron cuatro líneas de actuación. El primero de estos criterios es la presencia de conjuntos representativos de determinados artistas. Destacan Sin título 1952-53, de Mark Rothko, la escultura de Josep Beuys, Rayo iluminando un venado, 1958-85 o el ciclo de nueve óleos de Cy Twombly, titulado Nueve discursos sobre Cómodo, (1963). Otra de las líneas de adquisición se ha centrado en reunir conjuntos de un mismo artista que puedan ser analizados o considerados como retrospectivas de sus trayectorias creativas, como son las obras de Anselm Kiefer, Jorge Oteiza o Eduardo Chillida.
También se han adquirido obras creadas específicamente para el museo, estableciendo un diálogo con la arquitectura del edificio de Frank Gehry, como el conjunto escultórico La materia del tiempo, de Richard Serra, la reflexión más completa de este artista sobre la naturaleza de la escultura y su relación con el espacio. O la instalación realizada específicamente para Bilbao, en 1997, por Jenny Holzer, la intervención artística encargada para el X aniversario del museo en 2007 a Daniel Buren, que trascendiendo los límites físicos del edificio tomó como soporte la estructura del puente de la Salve.
"Son líneas que deben marcar un museo bien gestionado. El Guggenheim ha comprado una importante colección, quizás la más completa, de arte vasco. Un museo no puede obviar el arte de su localidad. Es un principio fundamental y no lo ha ignorado en absoluto. Ha adquirido arte no solo de las últimas generaciones, sino de grandes maestros del arte vasco. Es difícil encontrar en este aspecto una laguna que resulte insoportable. Además, se ha comprado arte español con criterio y se ha dado una visión también cosmopolita, porque si no, sería un museo imposible ", concluye Calvo Serraller.
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