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por José L. Artetxe - Viernes, 5 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:38h
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FErnando Llorente, que volvió a saltar al terrero de juego mediada la segunda mitad en sustitución de Aduriz, cae cuando trataba de controlar un balón (O.Martínez)
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ENCUESTA: ¿Qué le está pasando al Athletic?
ES duro volver a perder, pero resulta desolador cuando la derrota se produce en un partido que es de ganar. Europa ha dejado de tener encanto para el Athletic y lo peor es que quizás en cuestión de pocas semanas el Athletic tenga que despedirse de una competición absolutamente asequible, al menos en lo que a la fase vigente se refiere. Si el Hapoel Kiryat era un enemigo de tercera fila, el Sparta de Praga justo alcanza a figurar un peldaño por encima, no pasa de ser de segundo nivel. Ponderada la benevolencia del bombo, no queda sino reprochar al equipo rojiblanco su errática trayectoria en la competición. El resultado de anoche, sumado al empate cosechado frente a los israelíes, compromete demasiado sus opciones y confirma que la depresión se ha instalado en las filas rojiblancas y amenaza con quedarse un rato más.
Ya no se trata de que el equipo ande espeso y sea muy frágil, es que hasta la fortuna le ha abandonado. Como si estuviera pagando una penitencia por la mala cabeza de bastantes de sus integrantes, el animoso grupo de checos que tuvo enfrente le cobró un gol merced a un error grueso del portero, otro como consecuencia de un rebote y un tercero en estrecha colaboración con un árbitro de cuarta fila que, emulando al difunto Guruzeta, vio penalti en una falta (imperdonable el exceso de confianza de Castillo) cometida metro y medio fuera del área. Este cúmulo de contratiempos no justifica sin embargo el descalabro porque noventa minutos dan mucho de sí y en este caso sirvieron para reflejar que el Athletic es incapaz de hacer su trabajo con un mínimo de constancia y sentido común.
Cierto es que hubo fases alentadoras, donde el balón corrió mejor que otras veces, hubo varios despliegues interesantes y hasta se registraron más llegadas. Markel Susaeta parecía enchufado, Óscar de Marcos aportaba, Ander Iturraspe la sacaba bien de atrás, pero todo ese esfuerzo fue baldío porque respondió a impulsos, careció de continuidad y tampoco sirvió para ganar el control del juego.
El Athletic, en un sublime ejercicio de quiero y no puedo, concedió al Sparta márgenes para mantenerse en la pelea, algo que podría haber evitado a nada que la concentración no se hubiese perdido con tanta frecuencia. Quedó demostrado que ligar tres pases, porque se hizo a ratos, era suficiente para presentarse arriba, donde también es verdad que el déficit de serenidad y precisión fue patente. Esto es lógico en un colectivo presionado, pero subsanable si no se pierden los papeles con apagones de luz increíbles que denotan nerviosismo y falta de personalidad.
Todo se fue al garete porque esas facilidades, con malas entregas y estatismo de varios jugadores, se combinaron con el infortunio, como queda señalado, pero la reiteración de fallos absurdos sigue condicionando la puesta en escena de un colectivo que necesita recuperar la confianza. Y los errores empiezan en la propia disposición decidida por Marcelo Bielsa. No se trata de cargar las tintas contra ningún jugador en concreto, pues son unos cuantos los que no están acertados, pero insistir con Iker Muniain como enlace por la franja central entre la zaga y la delantera es un experimento que ha fracasado en media docena de partidos. El navarro s un futbolista de piñón fijo, que si jugase de lateral intentaría hacer lo mismo que muestra ahora, que es lo mismo que hacía cuando ocupaba una posición más próxima al área. No hace tanto que Bielsa puso el acento en el asunto de la posesión, ¿qué posesión si el balón no dura ni dos segundos a la altura del círculo central?
De nuevo tuvo que recurrir el técnico a colocar a De Marcos en el lateral. Es la enésima ocasión en que se decanta por esta variante sobre la marcha. Y lo peor es que funciona mejor que las alternativas que escoge para iniciar cada partido, antes con Iñigo Pérez y ahora con Xabi Castillo, quien tampoco contó con ayuda alguna de Ibai Gómez ni de Ismael López, ambos intercambiables por su nula aportación, o Muniain, el interior más cercano.
Aritz Aduriz se tiene que desesperar ante la total ausencia de servicios aprovechables. Por enésima vez también, Fernando Llorente dispuso de su rato y corroboró que no está para casi nada. No obstante, quizás era el día propicio para quedarse con los dos. Había que remontar tres goles y una fórmula de juego más directo ante la poca inspiración para mover la bola por abajo se antojaba un remedio, aunque fuese a la desesperada. Pero ni Bielsa cree que sus dos puntas sean compatibles, pese a que lo defendiera. Si retiró al primero porque ya no había nada que hacer y el domingo hay otro partido, se entiende el relevo. Volvió Ander Herrera, que puso su toque, pero duró poco. Llega con retraso a su cita con el Athletic y, además, aquello estaba sentenciado.
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