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Por Ángel lÓpez, Jefe de programación de Onda Vasca - Sábado, 6 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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Athletic, quo vadis? Anda el personal cariacontecido con el deambular del equipo. No se habla de otra cosa. Hasta las conversaciones vespertinas en el parque han cambiado los debates sobre naderías infantiles por el bucle envenenado en el que se ha metido el subcampeón de Europa League y Copa. Es curioso lo que cunden las charlas sobre el club de los líos. Todos aportan sus conjeturas o conocen a alguien que conoce a un menda que sabe de buena tinta que toda la culpa del galimatías es de este o aquel.
Todos tenemos algo que decir. Se apuntan a la especulación los desconsolados que sienten en carne propia el dolor por la indecente imagen que se está dando y también añaden sus hipótesis aquellos oportunistas que abonados al contamina que algo queda lanzan las teorías más insospechadas sobre el origen del mal.
Hay barra libre para zumbar al Athletic. Le tenían ganas. Algunos aprovechan la coyuntura para hacer demagogia: "Que gasten menos en el nuevo San Mamés y atiendan a necesidades más urgentes". Otros necesitan crear chivos expiatorios sobre los que descargar la ira: que si Llorente es un desagradecido, que ya veremos si tiene la misma suerte cuando vaya a un grande, que si la plantilla le está haciendo la cama al incómodo Bielsa, que si el argentino tiene las horas contadas y Valverde espera agazapado su oportunidad, que si Urrutia se está quemando a lo bonzo cuando tendría que cortar la hemorragia. Ocupar puestos de descenso es el menor de los problemas. Es mucho más doloroso ver al equipo hecho trizas tras un rosario de episodios que han borrado del recuerdo el extraordinario trabajo realizado meses atrás.
Lo inexplicable es como un éxito tan grande ha derivado cuatro meses después en un desengaño de la misma envergadura ¿Cómo se puede pasar tan pronto de acaparar las portadas por sus gestas a abrir la página de sucesos, de atemorizar a los rivales a ser el foco de los chistes? De la gloria al infierno en poco más de cien días.
El aficionado no encuentra explicaciones convincentes. Obviamente no estábamos preparados para gestionar tanta excelencia, pero la marcha de un jugador y la futura salida de otro no son razones suficientes para desmantelar un proyecto. Las confusas apariciones de los que más tienen que decir en el asunto tampoco despejan las dudas. Bielsa no aguanta excusas infantiles y las denuncia en privado y en público. Llorente pasea su apatía por Lezama y luego se sincera en los medios amigos clamando comprensión. Ya lo decía Garcia Márquez, la ingratitud humana no tiene límite. Urrutia se mantiene firme e inflexible, tratando de pensar en la sostenibilidad de la institución aunque por el camino se le enquisten renovaciones cantadas.
Tan poco tiempo transcurrido desde la última final y parece que haya pasado un siglo desde que sus hazañas tiñeran de rojo y blanco el corazón de Bizkaia. Fue tan grande la comunión en el pasado reciente que ahora no podemos soportar el doloroso presente, una sucesión de acontecimientos que nos han conducido a esta peligrosa espiral.
Informar con objetividad se hace difícil cuando el cronista se siente además afectado como aficionado. Por eso molestan las confabulaciones de vestuario y las cazas de brujas que las complementan. No estamos enrabietados solo por el mal juego o la clasificación. Empezamos a estar hartos de comportamientos infantiles y de la cizaña con la que están tratando al Athletic. Se equivocan los que en Madrid defienden a toda costa a Llorente, icono, "por guapo", de la selección española. Yerran también los que aquí pretenden demonizarlo por haber decidido abandonarnos.
Como está cantado él, Bielsa y alguno más se marcharán cuando llegue el momento. Otros ocuparán su lugar. Pero los que nos quedamos continuaremos arropando al Athletic, disfrutando con sus éxitos y lamentando sus fracasos. Es deporte y cuando sales a competir todo puede pasar. Lo único imperdonable es que los jugadores no actúen con la profesionalidad que se les supone y que la afición de la espalda al equipo. Los futbolistas, entrenadores y los presidentes tienen un paso efímero por el club, la afición siempre estará ahí. Si hay algo que me preocupa es la desafección que pueda provocar este caos. Una herida abierta de mal presagio. Las vías de agua están haciendo zozobrar el barco por un mar de fondo que golpea desde el verano. Yo no reconozco al equipo, ni a una afición que, si se deja llevar por las vísceras, corre el riesgo de volverse vulgar. Necesitamos un salvavidas ya. A ver quién le pone el cascabel al gato.
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