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Santiago Cervera, * Diputado del PP por Madrid - Miércoles, 10 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:38h
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Soy pepero y tuitero. Lo primero llegó como consecuencia de una procelosa historia ocurrida en Navarra hace años. Lo segundo me permite emplear un instrumento que al tiempo ayuda en la política y divierte. Estaba un día divagando por la red cuando me topé con el mismísimo Sabino Arana, de identidad @aranagoiri, que me interpelaba sobre algún asunto. Ahí empezó una relación curiosa, respetuosa y franca, en la que me veo de vez en cuando charlando con el émulo del vetusto fundador del nacionalismo vasco, hoy virtualmente reencarnado. En ocasiones me zumba cuando expongo asuntos de la CAV o Navarra, especialmente si muestro el pertinaz localismo de algunos de ellos. Huelga decir que son López y Basagoiti los principales destinatarios de la atención del contemporáneo Sabino. Yo le entro al trapo y procuro encerrarle en sus propias contradicciones. Le recuerdo aquellas cosas que escribió sobre la morfología del cráneo de vizcainos y castellanos, o lo de la nobleza de los bailes tradicionales. El bueno de Sabino sabe retirarse a tiempo y, si no lo hace, no me importa concluir la conversación en tablas y hasta la próxima. No es mal tuitero.
Disculpen la broma, pero resultaba inevitable citar la anécdota para contemplar la categoría. Más en serio, las preguntas que hoy cabe hacerse es si gran parte de los postulados que llevan inspirando la política vasca en las últimas décadas casan con el vértigo que se está viviendo en el mundo; o, si el tradicionalismo y el cierre de fronteras, intelectuales y políticas, son instrumentos de gobierno mejor que el aperturismo moderno y liberal. No es discutible que Euskadi lleva toda su existencia democrática proponiendo un modelo basado en la diferencia esencialista del resto de los españoles, algo que se constató el día en el que el Arzalluz diputado constituyente se negó a firmar la Carta Magna a pesar de las muchas concesiones que se habían hecho a las nacionalidades históricas. Desde entonces, lo que algunos han denominado el raca-raca identitario lleva mucho tiempo vigente, aunque se metamorfosea al compás de sucesivos comicios y cambios en las posiciones tácticas de los partidos. El último episodio de ésta tórpida secuencia histórica fue la entronización de López como el lehendakari amigo de la Constitución, escena a la postre frustrada al comprobarse que los socialistas son tales por encima de cualquier otra consideración. Basagoiti, un santo Job, mostró la puerta de salida cuando evidenció que no solo se ha de defender la constitución de palabra, sino especialmente desde la lealtad y los valores. Ahora queda por confiar en que las elecciones no se resuelvan mirado solo muga adentro, sino en la conciencia de lo que Euskadi es en España y puede significar en el mundo.
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