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El próximo lehendakari también tendrá el reto de diseñar el país que deja a las generaciones futuras
igor camaño - Jueves, 11 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:37h
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Iñigo Urkullu, acompañado por concejales y miembros del PNV en Portugalete, sube por la 'cuesta de las maderas' mientras un operario arregla la escalera mecánica. (Foto: oskar martínez)
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bilbao. Hay días extremos que dan ganas, pero muchas ganas, de hacer el petate, reunir a la prole, coger carretera y manta, y no parar hasta estar muy lejos de aquí. Hasta llegar a un país serio. Hasta un país con futuro. Hasta un país en el que las cosas se hagan con fundamento.
Son esos días en que, por ejemplo, alguien confía la solución de la crisis a levantar casinos y puticlubes en las afueras de Madrid. O esos días que un consejero negocia, sabiendo que lo que hace es un despropósito que, por supuesto, ni gestionará ni pagará, ofrecer a sus er-tzainas unos buenos euros por servicios que no prestarán. Y el que venga detrás, que arree. O ese tipo de días en los que uno descubre que entre los profesores formados, experimentados, inquietos y vocacionales que educan a los universitarios sobran intrusos que han llegado a la institución por el sueldo, el horario y las vacaciones, no por su formación, inquietud, capacidad o vocación de formar. Y así salen luego los fenómenos que salen, y salimos, de la universidad. O de esos días en los que se junta una cuadrilla de jóvenes en el banco del parque, al de un rato se da el piro y deja el suelo adornado con paquetes de patatas vacíos, latas y colillas. O esos en los que un ayuntamiento vuelve a abrir la acera que cerró hace una semana. O días en los que un gobierno al que le quedan dos semanas decide sacar a concurso miles de euros para algo que no es prioritario ni podrá gestionar pero sí quizá adjudicar a algún amigote que, mandanga en mano, repartirá agradecido entre sus mentores. O días en los que Merkel o Lagarde piden más recortes porque con lo que se ha recortado no da ni para empezar. O esos días en los que la burocracia en una ventanilla noquea al más bregado. O esos en los que un mangui pega el palo a una amama, o a un chaval, o entra en un piso y se lleva los ahorros y las ilusiones de toda una vida, y la impotencia resulta insoportable. O esos en los que los mismos sindicatos que ponen pingando a la patronal por echar a los trabajadores despiden a sus cuadros con veinte días en lugar de 45. En días así da rabia no haber nacido en un país más serio (si es que por ahí hay algo así; que esa es otra: siempre se idealiza lo lejano y menosprecia lo propio). Y no por uno, sino por los que vienen, por los que ahora llevan pantalones cortos, dentro de nada vestirán largos y, a este paso, un día exclamarán: ¡pero qué mierda de país nos han dejado estos viejos! ¡Menuda herencia!
educación, sanidad... Quizá ahora sería una faena descomunal sacar a unos niños pequeños de su entorno y plantarles en otro desconocido, casi hostil, pero probablemente esos mismos críos, ya crecidos, agradecerían que sus padres tomaran un duro día la decisión de educarles en otro lugar. Más serio. Más profesional. Con más expectativas. Con más futuro. Alguien pedía en un vídeo (www.ezagutzendudalako.org) que el próximo lehendakari pensara en nuestros descendientes. No es mala. ¿Qué se le podría pedir al lehendakari para las próximas generaciones? Que consolide el tiempo de la paz y que nadie tenga que ver ni padecer lo que padecieron muchos antes. Demasiados. Que asegure una educación puntera, multilingüe, con valores e impartida por profesionales a quienes les gusta lo que hacen. Que mantenga o mejore el actual sistema sanitario, un ejemplo de asistencia universal de calidad. Que tome medidas para conciliar la vida familiar y la profesional para que los pequeños no pregunten quién es ese señor con bigote que llega por la noche, que resulta ser su aita, o esa señora rubia, que, mira por dónde, es su ama. Que no les pase eso, por Dios. Que cuide de la poca naturaleza que queda. Y de baserritarras y arrantzales. Que no se rinda al ladrillo ni al cemento. Que ponga muy difícil vivir del cuento público. Que sea inflexible con el fraude, tanto fiscal como en ayudas sociales, y flexible como un junco con quienes de verdad lo requieran. Que sea firme con los ladrones, golfos y maleantes que viven de lo ajeno. Que se atreva a apostar por nuevas oportunidades de futuro. Que haya vivienda para todos. Que dirija un país en el que los méritos profesionales pesen más que cualquier carné. Que cuide de los mayores y de todas las personas que lo necesiten. Que imponga unos impuestos justos y ajustados. Que mire y remire para que no se malgaste un euro público. Que convenza, o al menos lo intente, a todos los empresarios vascos que han abierto fábricas en lugares remotos para que las abran en Euskadi y den trabajo a los vascos, aunque la cuenta de beneficios sea menor. Que potencie el intercambio cultural y la formación internacional de los jóvenes. Que frene ese recurso fácil de tener que pagar por lo que es de todos. Que consiga que no dé lo mismo hacerlo bien que mal. Que tienda hacia un país, en definitiva, del que los pequeños de hoy y mayores de mañana estén orgullosos. Anda que no tendrá trabajo el próximo lehendakari.
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