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Estibaliz Ortiz - Viernes, 12 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:37h

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Columnista Estibaliz Ortiz

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Han pasado ya cuarenta años, pero quien relata esta historia lo hace con pasión, plenamente convencida de que el tiempo solo cubre la memoria con suaves capas de olvido. En los pasillos de nuestras instituciones más veteranas hay más de uno y de una que recuerda lo que costaba abrir las arcas de aquella administración madrileña raquítica, maloliente e impermeable ajena a cualquier viento, por fuerte que fuera, llegado del norte, sur, este u oeste. No había nada de nada, ni siquiera promesas en aquellas comunicaciones oficiales que, de vez en cuando, alegraban el buzón, devolviendo su noble tarea a aquella caja tan enorme como inservible. Algunos se retiraron cansados de escuchar que un día llegaría el dinero prometido, la inversión necesaria, la dignidad de la función pública. Año tras año se repetía la secuencia, en el brindis navideño. La espera fue vana; el resultado, inexistente.

Con semejantes antecedentes, me pregunto qué podemos esperar de aquellos candidatos que apelan al centralismo más genuino como único garante de un futuro repleto de placeres inagotables. Solo se comprende desde la irresponsabilidad, el cinismo o el pleno desconocimiento de la historia más reciente. Es precisamente esta conducta la que alimenta el creciente desapego de la ciudadanía con sus representantes institucionales. Me sorprendo una y otra vez con la hueca verborrea de los ilustres custodios del raquitismo ideológico. Hace ya tiempo que alguien se llevó las pocas ideas que aún les quedaban y, en su huida, abandonó bajo su almohada un bote vacío. De ahí extraen argumentos y ocurrencias. Pero, en campaña, se perdona todo. Hasta que quien aspira a la reelección se presente ante sus potenciales electores con la conciencia tranquila y el trabajo bien hecho. Nosotros a lo nuestro, tiene gracia la cosa. Y qué es lo "vuestro" me pregunto con cierta frecuencia desde hace una semana. Estamos a lo que hay que estar. Y qué es a lo que hay que estar. A lo que estaban o a lo que estarán. No lo tengo claro. Y como yo, siete de cada diez personas. Es decir, el setenta por ciento de quienes son consultados una y otra vez no ve nada bueno en los últimos años. Y solo hay una explicación, que, aunque lo repitan una y mil veces, no están a lo que hay que estar.

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