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Me he dado cuenta de que por esta zona balcánica se abren muchas puertas si hablas de fútbol
guillermo nagore - Lunes, 15 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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La periodista Erika Jara se despide del Adriático a la altura de la localidad croata de Gradac. (G.N.)
Vista:
DESPUÉS de casi 800 kilómetros siguiendo la estela del Adriático, desde el día en que entré en Venecia hasta los más de 500 kilómetros por la costa croata, dejo atrás las incomparables estampas marítimas para adentrarme en otros estampas no menos espectaculares, los montes y bosques bosnios, aunque por motivo de sobra conocidos estos todavía no se pueden transitar con la tranquilidad a la que a uno le gustaría. Las miles y miles de minas antipersona diseminadas por la geografía bosnia no hacen recomendable abandonar el asfalto de la carretera. Y no deja de ser irónico el hecho de llegar a la frontera del país más castigado en la reciente guerra de los Balcanes el mismo día en que se otorgó a la Unión Europea el premio Nobel de la Paz, esa institución que cerró los ojos de forma ruin mientras se cometían auténticos genocidios en pleno corazón de Europa. Quizá tenga que preguntar, y mucho, a los bosnios qué piensan del galardón, Aunque quizá sea mejor que no lo haga.
Los últimos quince días por la costa dálmata han contado con una compañía de excepción, la periodista Erika Jara, que se ha sumado al camino con la intención de entrar en Bosnia, aunque al final los imponderables médicos de mi parada durante diez días en Zadar para solucionar el problema del meñique le han impedido hacerlo y Erika se ha tenido que volver a Cisjordania, en donde reside gran parte del año, en la misma frontera del país de Meho Kodro. Y es que me he dado cuenta de que por esta zona se abren muchas puertas si hablas de fútbol. Un tal Modric me ha dado pie a varias conversaciones en Croacia, espero que Kodro me salve de alguna por tierras bosnias y Savo Milosevic será mi tema de conversación en la nación serbia.
El periplo por la costa ha mantenido los mismos paisajes que semanas anteriores, aunque ya con el otoño metiéndose por medio y pequeños pueblos turísticos recogiendo las ganancias, y los negocios, de la temporada veraniega. It's winter, it's winter, ha sido la frase más socorrida al tratar de buscar garitos para dormir o sitios para comer, una tarea que se ha complicado con la llegada de octubre y que está haciendo que la intendencia se complique de forma considerable, aunque parece ser que eso va a ser una anécdota al lado de lo que me espera por Bosnia y Serbia con etapas inasumibles de 60 kilómetros que tendré que salvar con el estudio exhaustivo de líneas de autobuses que me permitan tener que coger uno para dormir a cubierto y volver al día siguiente al lugar exacto en el que dejé el camino.
De momento, y con solo 24 horas en Bosnia-Herzegovina, impresionan las estelas con flores a lo largo de las cunetas. Y los cementerios. Y por primera vez, no se tratan de víctimas de accidentes de tráfico, sino de otro tipo de accidentes, como creo que muy bien saben los flamantes galardonados con el Nobel de la Paz, esos que consiguieron que a la vieja Europa se le conociera durante la guerra balcánica como La Bella Durmiente. O igual es que no pasó nada y la Merkel dice que la guerra fortaleció el euro, que todo puede ser.
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