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Álvaro Baraibar - Jueves, 18 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:36h
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Álvaro Baraibar. (D.N.)
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La idea de una transición inacabada o de una segunda transición ha aparecido en el debate político vasco en otras ocasiones. Aznar habló hace ya unos años de la necesidad de una segunda transición con la mirada puesta en un nuevo intento de centralizar el Estado de las autonomías, al que desde sectores del centralismo español, tanto de izquierdas como de derechas, se comenzó a calificar como insosteniblemente caro. Ya en 1980 Federico Silva Muñoz publicó un libro titulado La transición inacabada, reclamando una estrecha vigilancia de la naciente España de las autonomías. Con el mismo título, pero referido a Euskadi, Carlos Garaikoetxea, desde un posicionamiento político evidentemente distinto, publicó otra obra en 2002 donde avanzaba la necesidad de superar el actual marco institucional, a todas luces insuficiente para el conjunto de las fueras abertzales. En la misma línea, más recientemente, Iñigo Urkullu ha regresado sobre esta idea al referirse a la necesidad de una segunda transición en Euskadi que aborde aquellos aspectos que eran imposibles en la segunda mitad de los años 70.
La Transición a la democracia en España ha gozado de un cierto halo positivo y ha sido contemplada incluso como un ejemplo de paso "pacífico" de un régimen dictatorial a uno de respeto de las libertades. Esa imagen positiva de la Transición ha hecho que el recurso, la figura, a la imagen que evoca una nueva transición, un cambio, en definitiva, resulte atractivo y sugerente: completar lo inacabado, cerrando de esta manera el círculo. Sin embargo, cada posición política ve algo bien diferente en esa imagen de una nueva transición aplicada al País Vasco. Porque en realidad es el recuerdo de las frustraciones vividas durante los años setenta y primeros ochenta, el choque de realidad entre lo deseado y lo posible en aquellos difíciles momentos, lo que ha alimentado -en unos y otros- esa idea de una transición que no llegó a terminar, que dejó aspectos pendientes a la espera de que llegaran tiempos mejores.
Es evidente que el hecho diferencial vasco no será en el futuro ese antinatural acuerdo entre PP y PSE con el único fin real de evitar que las fuerzas nacionalistas gobernaran la comunidad (o accedieran al gobierno, como ha ocurrido en Navarra, otro ejemplo de ese mismo hecho diferencial). Cualquier posible justificación de aquella excepcionalidad, por débil y peregrina que fuera, pertenece a ese violento pasado reciente. La nueva transición en Euskadi (que tiene como horizonte la próxima legislatura) exigirá, sin lugar a dudas, voluntad de entendimiento, de diálogo y de acercamiento entre diferentes para llegar a acuerdos y, sobre todo, para impulsar políticas reales y realistas que acometan los auténticos problemas de nuestra sociedad. Y semejante tarea precisará de liderazgos dispuestos a ello y capacitados para hacerlos efectivos.
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