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El Athletic no asimila su inferioridad numérica y deja escapar un encuentro que tuvo bajo control
josé l. artetxe - Domingo, 21 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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El Athletic maltrató al Valencia hasta el descanso, pero se hundió tras la roja a Herrera. (Zigor Alkorta)
Vista:
VALENCIA: Guaita; Barragán, Víctor Ruiz, Rami, Mathieu (Min. 77, Banega), Gago, Tino Costa, Jonas (Min. 61, Valdez), Bernat (Min. 73, Guardado), Viera y Soldado.
ATHLETIC: Iraizoz; Iraola, Ekiza, Amorebieta, Iñigo Perez (Min. 86, San José); Iturraspe, De Marcos, Herrera; Susaeta, Muniain (Min. 64, Ibai) y Aduriz (Min. 71, Aurtenetxe).
Goles: 0-1: Min. 18, Aduriz; 1-1: Min. 26, Soldado, de penalti; 1-2: Min. 30, Aduriz; 2-2: Min. 88, Tino Costa; 3-2: Min. 89, Valdez
Árbitro: Undiano Mallenco, del colegio navarro. Amonestó con tarjeta amarilla a Barragán (Min. 58), Soldado (Min.71) y Valdez (Min. 90), por parte del Valencia. Y del Athletic, expulsó con roja directa a Herrera (Min. 67) y amonestó a Ekiza (Min. 25) y De Marcos (Min. 79).
Incidencias: Media entrada en Mestalla.
Derrota cruel, no por inmerecida sino porque se gestó tras desperdiciar una ocasión ideal para haberse afianzado en la Liga. El Athletic tuvo en su mano dar un paso firme e iniciar definitivamente el despegue en la clasificación, pero arruinó una notable puesta en escena al permitir que el Valencia remontase con dos goles en los cinco últimos minutos. No cabe duda de que el análisis de lo ocurrido señala con el dedo a Ander Herrera, quien protagonizó una chiquillada inadmisible y dejó a los suyos en inferioridad cumplida la hora de encuentro. En adelante, se asistió a una ofensiva total del anfitrión que ni siquiera el acierto de Gorka Iraizoz pudo frustrar. Metido muy atrás, sin opción a réplica, fiándolo todo a la fortuna, el equipo de Marcelo Bielsa terminó cediendo al empuje desordenado e impetuoso de un Valencia cuyas limitaciones afloraron nítidas hasta el descanso, período en que se impuso el buen fútbol rojiblanco, certificado en la obtención de dos goles.
Todos los cálculos se fueron por el desagüe de forma lamentable. De antemano se preveía que las probabilidades de éxito pasaban por tomar la iniciativa y así se demostró. El Athletic tuvo personalidad, se aplicó, sumó juego y profundidad en las dosis precisas para adelantarse dos veces en el marcador y doblegar además en el plano anímico a un Valencia con serios problemas en la contención y con la pelota. Sin embargo, logrado lo más difícil, después de haber orientado el encuentro por los derroteros soñados, todo se fue al traste a partir de la estúpida reacción de Herrera. Bielsa trató de recomponer una estructura dañada y fue en balde. Sus jugadores regalaron demasiados espacios y ya no quisieron saber nada de la pelota. Hasta la conclusión todo discurrió en dirección a la portería de un Iraizoz que tuvo que multiplicarse. La angustiosa dinámica desembocó en un revés que escuece.
El partido tuvo dos partes muy diferentes, perteneciendo la definitiva por completo al Valencia, que a base de amor propio sometió a una presión excesiva a un equipo acobardado, que renunció a manejar el esférico en cuanto el árbitro exhibió la cartulina roja. Quiso vivir de las rentas el Athletic, a base de acumular personal debajo del larguero y su impericia en este tipo de propuesta resultó palmaria. El Valencia echó el resto para apaciguar a una grada soliviantada y con esto tuvo suficiente para voltear un resultado que durante una hora sonrío al equipo que mejores cosas hizo sobre la hierba de Mestalla. Los partidos duran lo que duran y el sentido de la responsabilidad posee tanto o más valor que otros argumentos futbolísticos. Por otra parte, aunque jugar con diez sea un inconveniente de peso, existen fórmulas para paliar dicha desventaja siempre que se mantenga la entereza, claro.
INICIATIVA Y REMATE Tal y como se llegó al 3-2, cuesta reparar en el lado positivo del choque, pero es de justicia ponderar que en la primera mitad el Athletic hizo exactamente lo que debía, lo que se esperaba dentro de esa expectativa optimista nacida de su actuación ante Osasuna: salió a buscar el partido. Esa intención resultó fatal para el Valencia, que se sintió incómodo, a disgusto, incapaz de disimular sus carencias ante una idea que se caracteriza por la constancia y la decisión. Hubo errores, desajustes, momentos en que cualquier cosa pudo pasar, pero los rojiblancos no se desviaron de ese guion que les obliga a dotar de un cariz ofensivo cada turno de posesión. Se desplegaron, abrieron el terreno, se buscaron entre sí para enlazar y fueron rompiendo las costuras de un rival que no supo poner freno a semejante afán.
La correcta actitud colectiva, tanta agresividad y ambición, halló en la formidable actuación de Aritz Aduriz su razón de ser. El delantero ofreció un recital a costa de la pareja de centrales. Visto lo visto nadie diría que hasta el pasado verano los tres se entrenaban juntos, el ariete les ganó todas y cada una de las disputas en el área y sus alrededores. Y lo más importante, anotó dos goles, con la particularidad de que alojó en la red el primer remate de que dispuso. No es la primera ni la segunda vez que lo hace.
Amorebieta pudo marcar en el primer córner de Iñigo Pérez y Soldado respondió con una puntera que repelió la madera. Rami exigió a Iraizoz a la salida de otro córner y a esto siguió un impecable zurdazo de Aduriz. El asunto estaba abierto, más aún cuando Undiano castigó con penalti una mano de Ekiza. Lo malo fue que el árbitro, segundos después, sufrió un súbito ataque de ceguera y no marcó los once metros cuando Víctor Ruiz repelió una volea de Aduriz con un brazo. Fue la mayor aportación de Undiano al resultado final, que no la única, pues no cabe obviar su permisividad con el grado de violencia con que los chés exteriorizaron la impotencia que les embargó en amplias fases.
Aduriz siguió a lo suyo y tras un fallido salto de Amorebieta, alojó en la red otro córner. El Athletic, que hasta entonces había enseñado sus credenciales con altibajos, se soltó el pelo y ofreció entonces su mejor repertorio. La pelota corrió fácil entre sus botas, su dinamismo sólo podía augurar un final feliz, parecía haberse reencontrado, jugaba fácil y por fin lejos de San Mamés. De Marcos tuvo el tercero tras la mejor combinación y el propio Aduriz estuvo en un tris de repetir con la zurda desde la frontal. El asunto estaba bajo control. Herrera, Muniain, Susaeta y compañía tocaban, intercambiaban posiciones, eran inalcanzables para los chicos de Pellegrino. Todo sucedía en terreno local, el Valencia boqueaba, desorientado, a merced de un fútbol tan sencillo como abrumador.
Tras el descanso, pareció que el Athletic adoptaba una disposición más reservona, el Valencia dio un paso adelante, pero nada había prever lo que vendría luego. Desde luego, nadie estaba en la mente de Herrera y tampoco en la del resto, que se dejó arrastrar hacia una inercia inquietante y a la postre pagó carísimo su evidente déficit de empaque.
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