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JUan Ignacio Pérez - Lunes, 29 de Octubre de 2012 - Actualizado a las 05:40h
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Juan Ignacio Pérez, ex rector de la UPV y Catedrático de Biología Animal (David de Haro)
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El 60% de los votos emitidos el pasado 21 de octubre fue a parar a formaciones nacionalistas vascas, lo que permitió que el 64% de los parlamentarios elegidos pertenezcan a esas formaciones. Esos porcentajes, sin embargo, pueden conducir a un cierto espejismo, porque junto con estos datos, conviene tener presente que, con relación al censo, el 37% de los ciudadanos votó a esas candidaturas, el 25% lo hizo a otras, y el 38% se abstuvo. Y, por cierto, esas cifras no se alejan demasiado de las correspondientes medias históricas de la serie autonómica: 37%, 28% y 35%, respectivamente.
Aunque los procesos electorales y sus variaciones tienen más complejidad que la que reflejan unos datos tan sintéticos, los anteriores sí parecen indicar que una parte del electorado que tradicionalmente opta por partidos constitucionalistas ha decidido abstenerse en estas elecciones. Y tampoco hay que descartar que una parte, -seguramente pequeña-, del electorado del PSE y del PP haya decidido votar en este caso a candidaturas abertzales.
La primera razón que se puede esgrimir para explicar esa abstención diferencial o ese hipotético cambio de voto, es la crisis o, mejor dicho, la incapacidad de los gobiernos español y vasco para hacer frente a sus efectos. Eso ha sido importante, porque esa incapacidad contrasta con la experiencia habida en el País Vasco durante las décadas anteriores; los votantes recuerdan que los gobiernos liderados por el PNV desarrollaron políticas que, tras la destrucción de parte importante del tejido industrial, han propiciado las mejores condiciones de vida de nuestra historia. A ese respecto, resulta significativo que el espantajo del "separatismo" no haya sido eficaz a la hora de movilizar las bases electorales de socialistas y populares. La prioridad, también para ese electorado, era la de hacer frente a la crisis y sus consecuencias y, absteniéndose, han depositado su confianza en quien consideraban más válido para esa tarea.
Pero no todo se reduce a los efectos de la crisis. El pacto que suscribieron los partidos constitucionalistas en 2009 ha acabado pasando factura, también, a sus protagonistas. El electorado del PP quizás ha estado cómodo con esa fórmula. Pero una parte significativa del electorado del PSE nunca lo ha entendido, y no ha aceptado que el afán por ocupar el gobierno pesase en su día más que el tradicional rechazo de los electores socialistas a la derecha. Ese rechazo ha aflorado sistemáticamente en los estudios demoscópicos realizados durante la legislatura que ahora termina, y ha acabado siendo determinante.
Importa tener lo anterior en cuenta, porque el electorado no nacionalista que se ha abstenido o que, incluso, ha dirigido su voto a candidaturas abertzales, fácilmente puede cambiar de opción en próximas convocatorias. Por ello es bueno ser conscientes de la verdadera representatividad de cada cual, porque a la postre, es una pequeña fracción del electorado la que, decidiendo ir a votar o modificando su voto, decide mayorías y gobiernos. Durante estos tres años y medio, PP y PSE han ignorado su representatividad real al configurar un gobierno y desarrollar políticas ajenas a la realidad social vasca.
Hoy las cosas son diferentes, porque, para empezar, en el parlamento están representadas, -ahora sí-, las cuatro grandes sensibilidades políticas de Euskadi. Es lógico que el gobierno entrante trate de desarrollar políticas lo más acordes posibles con su programa, pero sin ignorar la dimensión real y naturaleza de sus apoyos. Del mismo modo, sería bueno que PSE y PP no pierdan de vista que Euskadi no es constitucionalista, aunque tampoco sea lo contrario.
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