Publicidad
[Entrar | Registrarse]
Publicidad
Marta hernández - Domingo, 13 de Enero de 2013 - Actualizado a las 11:34h
votos
comentarios
El actual propietario de la farmacia, Enrique Aramburu, en el museo. (Marta Hernández)
Vista:
La farmacia Aramburu de Plentzia cuenta con un museo que repasa la evolución de las medicinas: cuerno de ciervo, mosca cantárida y mucho más
EN la farmacia Aramburu de Plentzia conviven el presente y el pasado. A la par. Tan juntos como supone compartir una misma pared. A un lado está la vanguardia: el ordenador, la medicinas elaboradas con las últimas tecnologías... Al otro, se encuentran las máquinas de escribir, los recipientes para sanguijuelas, los morteros, los frascos con moscas cantáridas... La farmacia Aramburu cuenta con un museo que muestra la evolución que ha experimentado el medicamento en el último siglo. Desde aquel 5 de enero de 1888, es decir, hace 125 años, en el que Pedro Aramburu abrió por primera vez al público las puertas de su botica, hasta los tiempos más modernos. En dos habitaciones caben dos mundos. En solo unos metros se retrocede o se avanza en el tiempo. Ahora es el nieto de Pedro, Enrique el que está al frente de la farmacia y al que se le ocurrió que había que mostrar toda la historia que habían cobijado esas paredes de la calle Erribera, en pleno corazón del casco viejo de la villa plentziarra. "En el año 1988 celebramos el centenario de la farmacia y es cuando recopilamos la cantidad de material que teníamos e hicimos una exposición en el casino de Plentzia. Nos dimos cuenta de que había mucho material y de que con ello se podía contar la historia del medicamento: desde el cuerno de ciervo, las moscas cantáridas, productos naturales, hasta los antibióticos más sofisticados. Y luego, también los distintos utensilios: para dorar las píldoras, hacer el ungüento o los elixires…", señala Enrique Aramburu. Así que desde hace dos años, cuando se realizó la ampliación de la farmacia, Plentzia es la memoria del medicamento.
La exposición ocupa los espacios originales de la botica, del primitivo laboratorio y la antigua rebotica, lugar de tertulias a las que asistía entre otros intelectuales, Miguel de Unamuno, que fue compañero de instituto del abuelo de Enrique. En las vitrinas se muestran productos naturales, elixires, esencias... Hay un tarro con moscas cantáridas -de un color verde casi fluorescente- que se usaban para "las urticarias o algún tipo de problema en la piel", indica el actual propietario de la farmacia. "Seguimos conservando el ojo del boticario, que era donde estaban los productos tóxicos, es decir, cianuros, cicutas, morfina… todos los productos opiáceos. Se le llama el ojo del boticario porque el farmacéutico tenía que estar siempre con un ojo puesto aquí", explica Enrique. Además de los propios medicamentos, hay numerosos utensilios, como vasijas para sanguijuelas. "El médico las recetaba cuando había inflamaciones. Se ponían en el brazo porque se pensaba que al chupar la sangre bajaba la hinchazón, pero claro, bajaban las defensas, bajaba todo…", comenta Aramburu. También hay una vetusta báscula "en la que se ha pesado medio Plentzia" y aparatos más curiosos como escupideras, jeringas uretrales y vaginales, agujas de sutura, pildoreros... En uno de los armarios se puede descubrir una boquilla en la que se metía mentol para intentar dejar de fumar. Así que, las fórmulas para abandonar el tabaco ya existían a principios del siglo XX.
Diez años antes de la apertura de la farmacia se diseñó la tabla periódica de los elementos . "Entonces, a finales del siglo XIX, ya se podían empezar a formular cosas más complicadas: mezclar productos para hacer supositorios, cápsulas, ampollas... También por entonces empezaron a surgir los primeros laboratorios farmacéuticos en Alemania y Suiza", explica Enrique. Es por ello que el museo también alberga ese tipo de medicamentos que ya suponían un gran avance para la época.
"En las farmacias de pueblo, el farmacéutico titular analizaba las aguas de consumo, las leches, los vinos… entonces toda botica tenía que tener su laboratorio". Y la exposición también tiene su pequeño lugar de análisis donde se guardan microscopios, ureómetros, aglutinoscopios, estufas para cultivo, balanzas de precisión, alambiques, y muchos más instrumentos.
"Esto no es el final de nada, es el principio de todo. Hay mucho material por clasificar. Cuando me jubile meteré más horas", asegura Enrique, el tercero en la saga de los farmacéuticos Aramburu, que continúan dos de sus hijos.
Publicidad
Publicidad
Gracias por su comentario
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad