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Tribuna abierta

Al carajo la fantasía

Por José Serna Andrés - Jueves, 2 de Julio de 2015 - Actualizado a las 06:07h

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COMO hace ya muchos años, uno tiene la oportunidad de participar en campamentos de verano en el entorno de la naturaleza. Se trata de buscar la desprotección para protegerse. Dejar a un lado las construcciones estables, los teléfonos, el smartphone, la conexión wifi, la ducha de agua caliente, la nevera familiar, la seguridad. Y no se trata de ejercicios forzados de supervivencia ante las cámaras en los que se exalta la competitividad y si es necesario se engaña para seguir adelante.

Tras un papeleo inmisericorde con planes de evacuación, tratamiento de aguas, evaluación de riesgos, titulaciones, medidas de seguridad establecidas por confederaciones hidrográficas que tienen en mente otros problemas de mucho mayor calado, y planificaciones educativas, que son las que menos se tienen en cuenta porque promueven valores pero de los que no se cotizan en el mercado…, decenas de bandas de jóvenes preñados de utopía plantan sus tiendas en el santo suelo junto a cientos, quizá miles, de chicos y chicas de nuestros territorios para vivir aventuras reales en las que la fantasía sigue estando presente en una pañoleta scout o en una mente demasiado despierta como para cambiar el ritmo de lo que es la vida cotidiana políticamente correcta. Por supuesto que no es oro todo lo que reluce. Por supuesto que habrá equipos educativos que no salten en condiciones esa valla de los valores, pero el listón está colocado a punto y la carrera ha comenzado.

A veces se desarrollan marcos simbólicos en los que los campamentos se convierten en poblados indios o pasan la página del tiempo ininterrumpidamente dando pie a la afirmación de que la fantasía es el grado superior de la imaginación. Como la fantasía viola las reglas de la realidad, puede ser la más auténtica realidad, como dice Piaget. No en vano muchas personas conservan aún en sus mochilas viejas los cancioneros arrugados porque cayeron al suelo junto a las leñas del fuego de campamento. Y a otras personas les ha quedado grabada a fuego la experiencia del campamento volante en el que hubo que superar, sin disimulos ni engaños, circunstancias adversas que tuvieron algo que ver con la educación del carácter y el afán de aventura y superación de obstáculos.

Vivimos un aplayamiento de la cultura, donde se da todo tipo de facilidades y se educa para quedarse en la butaca con el derecho a ejercer la libertad de cambiar de canal con el solo movimiento de un dedo o atiborrarse de juegos y series para demostrar que se está al día en las conversaciones. No hay más pantalla de la realidad que la del smartphone, pero si se prescinde, al menos durante un tiempo, de la realidad virtual y se socializa la imaginación en actividades lúdicas y cooperativas, quizá se contribuya a crear realidades distintas. Repetimos a menudo que mucha gente pequeña haciendo cosas pequeñas cambia el mundo. Pero, en realidad, ¿quién quiere cambiar el mundo?

Esa fantasía del campamento de verano es algo más que una válvula de escape a otra realidad, y más que una anécdota de verano, especialmente para aquellas asociaciones para las que tal actividad no es un excepción, sino una parte más de un proceso que se desarrolla durante todo el año y cubre, al menos, la franja de edad de los ocho a los dieciocho años. Se trata de una denuncia. El tiempo libre es también un tiempo liberador, es una alternativa a la pasividad, a mejorar la propia vida y la de otras personas. Se trata de una fantasía activa, no de una imaginación pasiva, ejercida en el videojuego donde todo se puede sin moverse del asiento, sino de una imaginación activa que no debilita ni mantiene a la persona en un estado de somnolencia virtual.

Un campamento ha de planificarse por anticipado, con unas actividades que responden a una intencionalidad, y ha de concebirse con el mismo empeño con el que se planifica cualquier otra actividad creativa. Pero la imaginación, que tiene la facultad de reproducir las causas y soluciones de los problemas reales, a veces no encuentra remedio a otro problema real que queda pendiente de solución en el caso que nos ocupa. Ese voluntariado utópico que no es remunerado, que en este momento necesita un cupo de doscientas horas en el curso que le capacita para obtener la imprescindible titulación en el monitorado, en un plazo no demasiado lejano va a necesitar muchas más horas para homologar el título, en adelante vinculado a un concepto de la formación profesional más vinculado al acceso al campo laboral que al asociacionismo y el voluntariado. Quizá sea esa cruda realidad la que, en pocos años, dé al traste con tanta fantasía.

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