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Tribuna abierta

Amistad y juego de cartas

Por José Ramón Scheifler - Lunes, 13 de Julio de 2015 - Actualizado a las 06:04h

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LA amistad es entre dos. Por eso todas las amistades de una misma persona son distintas e intransferibles. La amistad no se define; se experimenta y se siente. Puede surgir casual u ocasionalmente, pero sólo es auténtica ocasión aquella que dispara la confianza mutua absolutamente gratuita. La predisposición a la amistad sólo se revela en el chispazo entre dos almas. La amistad es uno de los más preciosos dones de la vida. La satisfacción serena que produce y el impulso de esperanza que alimenta es uno de los pilares más firmes que sostiene el sentido de la vida. Un amigo vale por lo menos dos vidas. La amistad es para siempre. A veces. el amor descansa en la amistad como la ola en la arena.

No es frecuente la amistad entre dos artistas de la pluma. Pero se dio no hace mucho y he disfrutado, he sufrido, he vivido, como un parásito, los aromas y colores, las palabras y silencios, las sonrisas y esperanzas, los temores y las lágrimas que aún desprende ese singular juego de cartas, 268, a las que hay que añadir los extractos, a veces largos, de otras 74, que no desmerecen en absoluto de las anteriores.

Stefan Zweig llevaba ya casi treinta años como autor universalmente conocido de obras literarias que subyugaban a sus lectores por la belleza fluida y serena de su prosa, la luz que irradian sus imágenes sobre los análisis profundos, psicológicos y humanos de sus personajes, y el relieve de sus reconstrucciones de los ambientes históricos y paisajes, cuando una carta, en septiembre de 1927, abre un surco nuevo en su vida y suena de forma inédita una nota en su corazón.

Nacido de familia acomodada, en el lugar apropiado de la cultura, la Viena imperial de Francisco José, casado con la aristocrática y escritora Friderike von Winternitz, ha recorrido ya medio mundo y toda la intelectualidad de su tiempo ha sido huésped en su casa de Salzburgo. Tiene 46 años; poco nuevo hay para él. Y aquella carta, con su formulismo de rigor, parece una más de agradecimiento por unas palabras amables sobre un libro y su autor. Pero no.

Y pocos tan distintos. Trece años más joven, Joseph Roth nació en un pueblecito de la Galitzia Oriental en la frontera con Austria y Rusia. En él se habla yiddish, polaco, ucranio, ruso, alemán y hebreo. Roth es de familia muy humilde; al cuidado de su madre y de su hermano, su infancia ha sido muy triste y llena de privaciones. Su extraordinario talento le abre la puerta a la universidad y sus primeros puestos, pero la I Guerra Mundial le corta los estudios. Lo que ha visto en la guerra y sus consecuencias marcan su vida -el recurso al alcohol- y sus escritos.

No necesita aprender a escribir. La creatividad literaria le es innata. Las ideas, las imágenes, las historias humanas… le bullen dentro y urgen a una formulación artística como a los mejores. Cuando después de la guerra se empadrona en Viena, lo hace como periodista. Colabora en diarios de Viena, Berlín, Colonia y, por fin, en el Frankfurter Zeitung. Sus artículos de actualidad política y social, originales, agudos y de peso, son pagados y leídos como los mejores. Pero él es escritor: en cinco años publica siete novelas y un número muy considerable de relatos más cortos a intervalos breves, además de los artículos. Ya Zweig, en su contestación, exige de él “algo consumado”. Es el tiempo, enero de 1928, en que Roth ha llegado “al punto en que puedo vivir aburguesadamente y del todo absorbido por la necesidad de escribir y escribir”. Sin embargo, cuando escribe estas líneas ya ha comenzado, sin saberlo, su calvario.

Porque el enemigo lo lleva dentro. Roth es un revoltijo explosivo de todos los genes de sus ancestros: incontrolable con el alcohol (sostiene que “aun bajo sus efectos, su esplendorosa cualidad, está en sus cabales”) y con el dinero (cuando gana bien, gasta y regala mucho más de lo que tiene), lleva una vida acelerada y cara. Incapaz, desde sus 18 años, de residir en una vivienda, va de hotel en hotel -escribe en el bar- y de ciudad en ciudad, de Alemania a Polonia, a Suiza e Italia, a Francia y Siberia. Algo que su joven y encantadora esposa (1922), Friedi, vienesa judía de origen muy humilde, no soporta física ni psicológicamente. Debe ser ingresada en una clínica mental y cada informe médico es peor al anterior. “La palabra tormento ha adquirido un contenido atroz, y ni por un instante me abandona el sentimiento de estar rodeado de la desgracia”. Todos los aspectos de su vida, desde su soledad hasta el económico quedan afectados profundamente.

La amistad, esa satisfacción serena que se siente entre dos personas, va más allá de las diferencias entre ambas, incluso de la situación en que esa amistad se desarrolla

“Si me permite un consejo fruto de la experiencia…, es mejor ser olvidado

Estos dos personajes tan distintos, aun como escritores, inician y mantienen, por carta y en la vida, una amistad muy singular durante algo más de los diez años últimos de sus vidas: 1927-1939 (1942), los mismos que me hicieron persona.

Singular, sí, pues a raíz del primer intercambio de cartas, el deseo de encontrarse y conocerse se repite durante dos años, pues los continuos viajes de cada uno se lo impiden: “No sé qué malditos obstáculos me alejan siempre de verle” (R). “Me escribe usted con una grata cordialidad y estoy profundamente convencido de que una conversación nos acercaría aún más” (Z). Y, como anticipo, Zweig le hace esta confesión que, lector desde muy joven de casi todas sus obras, yo no habría podido ni sospechar: “Empecé a escribir de joven por ambición, por un instinto de juego intelectual e, independientemente de como era yo, nunca pensé en convertirlo en profesión. Luego, después de la guerra, se produjo una amplia difusión de mis libros, una difusión realmente mundial, que me conturbó más que me hizo feliz: no tengo la aptitud ni la vocación ni las ganas de dármelas de pontifex maximus et harupex litterarius; me agobia, me atormenta y me desasosiega cargarme de obligaciones, me repugna el aluvión de correspondencia…; me asusta la idea, después de treinta años de literatura, de tener que ser un escritor fértil y versátil durante veinte años más… Después del último libro de narrativa, todos (los editores) querían uno más; los contuve. Después del Volpone, todos los teatros querían que escribiera esto y lo otro; no me moví…; en una palabra, no soporto la notoriedad y de nada me arrepiento tanto como de haber escrito con mi nombre… Sólo desde el anonimato se ve realmente el mundo… Comprenderá, pues, que en verdad sólo lo humano atraiga toda mi curiosidad; he conocido sobradamente la literatura bajo todas las formas y deformidades del éxito, y se acabó. Si me permite un consejo fruto de la experiencia…, es mejor ser olvidado que convertirse en una marca; mejor ser menos leído y celebrado, ¡pero libre!”.

Por fin, el 13 de mayo de 1929, Stefan escribe desde Salzburgo a su esposa: “hoy viene a comer Joseph Roth: muy agradable, inteligente e interesante…”. Pero, de aquel encuentro tan esperado… ¡nada! ¿De qué hablaron? ¿Cómo se miraron a los ojos por primera vez? ¿Fue un apretón de manos o un abrazo cálido? Sólo Roth, desde París: “Desde que estuve en su casa poseo una mesura y una prudencia que le agradezco. Fue muy bueno verle y espero que también lo fuera para usted. Es usted diferente a como me lo había imaginado; posee una sabiduría que yo antes no había percibido, así como belleza y naturalidad. No olvidaré la lluvia en la noche; usted es para mí una parte de la noche y de la lluvia, la parte humana de ellas, en el total y pleno sentido del término… Por si usted no lo sabía, pero lo sabe sin duda: puede contar conmigo”. Y, enseguida, desde Versalles: “Después de haberle visto siento una inmensa necesidad de seguirle viendo inmediatamente…”. ¿Puede haber una descripción más bella y exacta de esta amistad? Sí ¡la envuelta en 268 cartas!

Esta amistad pasa también a Friderike -“tu confesor es una adorable pesadilla”, le escribe Stefan- y ella le contesta: “lo que me escribes de Roth me alegra y entristece a la vez. Me alegra que este hombre para mí tan querido también lo sea para ti…”. Lo que le entristece es que “no puedo ayudar a ese hombre espléndido”. Pero sí le ayudó, incluso con dinero, como Stefan, y se ayudaron mutuamente. “Es una figura de El Bosco y por ello siempre divertido, y la vida tiene otro sabor cuando él está cerca”.

A lo largo de este amistoso diálogo epistolar, aparte de su propia relación, no hay tema de actualidad que no hayan debatido, mostrando a veces sus discrepancias. La cuestión literaria propia o ajena, sus juicios sobre los autores alemanes, desde Thomas Mann a Rilke; el judaísmo: antisionistas los dos, abogan por la asimilación a su europeísmo, como remedio contra el antisemitismo, si bien no coinciden en lo que “debe quedar del judaísmo”; la política, el nacional-socialismo, ante el que Roth es más clarividente y activo que Zweig. Casi desde su aparición, considera a Alemania el “suicidio de un cadáver”, y lucha frenéticamente en sus artículos contra los nuevos déspotas y asesinos. A Zweig no le cabe en la cabeza que Alemania pueda caer tan bajo y espera manifiestos en contra que no ven la luz.

En consecuencia, ya en 1932, Roth se exilia y vive pobremente en Suiza, Holanda, Polonia, Sudáfrica y sobre todo en París. A Zweig le convencen los hechos: en 1934, la policía registra su casa de Salzburgo en busca de armas, hiriendo gravemente su integridad personal. Cierra la casa, rompe con Austria y, salvando lo que puede de sus bienes, marcha a Londres, después a Nueva York y por fin a Brasil. No obstante, mantienen su correspondencia hasta 1938. La última, “Querido Joseph Roth, Londres, 17.12.1938, … su silencio es demasiado llamativo, largo y opresivo para que me lo pueda explicar sin más por un exceso de ocupación. Con toda cordialidad y que (¡pese a todo!) el año que viene no sea peor que el último”, no obtiene respuesta. En mayo de 1939, Joseph Roth moría en una tabernucha de París.

“Amigo mío (a Romain Rolland), en este momento (27.5.1939) acabo de recibir un telegrama…: mi viejo y querido amigo, Joseph Roth ha muerto en París… Lo he querido como a un hermano. Perdone que no continúe, Stefan Zweig”. Al día siguiente, The Sunday Times publicó la necrológica de su amigo. Acaba así: “Joseph Roth ha sido uno de los realmente grandes escritores de nuestros días… Su conciencia artística era tan inexorable como apasionado y tierno era su corazón. Una generación entera pierde con él un gran ejemplo, y sus amigos, a un amigo extraordinario”. El 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig, la víspera de su suicidio, escribe a Friderike, su primera esposa: “(…) recuerda siempre al bueno de Joseph Roth”.

La amistad, aun con crisis, es para siempre y vale dos vidas.

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