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Tribuna abierta

De excursiones y sarcófagos

Por José Serna Andrés - Sábado, 7 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:03h

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DESDE hace diez años hay excursiones organizadas a un lugar llamado Chernóbil. Quienes lo visitan no pueden acceder a una zona de exclusión de treinta kilómetros y, como elemento preventivo, llevan un aparato medidor de radiaciones. ¡Menuda excursión! También hay otra excursión, en sentido inverso, que parte de esa zona hasta Euskadi, donde decenas de niños y niñas comparten vida familiar durante dos meses de verano. No conocieron los hechos fundamentales de esa historia de manera directa, pero saben de sus consecuencias. Y aquí hay familias sensibles que se interesan.

Hace treinta años habló la muerte y el sufrimiento en Chernóbil. Una prueba de seguridad en la central demostró que no hay seguridad posible. Un accidente surge cuando menos se espera y las consecuencias no suelen ser las esperadas. A menudo establecemos debates en torno a la peligrosidad de las centrales nucleares, somos capaces de medir la radiación, pero el medidor del sufrimiento humano se calcula en torno a números -cuatro mil fallecimientos, seiscientas mil personas afectadas- y esas cifras se comparan con otras catástrofes, mientras los seguros, cuando existen, clasifican el dolor en euros. ¿Es humano?

Cuando niños y niñas de Chernóbil pasan el verano en Euskadi podríamos preguntarnos por qué lo hacen. El accidente se produjo hace muchísimos años. Todavía no habían nacido. Por lo visto, la calidad del aire y de los alimentos no es la misma desde la tragedia, a pesar de los años y aunque no vivan en la zona de exclusión. Pero entonces miramos hacia otra parte y no nos preguntamos qué está fallando.

Dicen los documentos desclasificados que hubo muchas equivocaciones, que no se tomaron las previsiones suficientes. ¿Cómo explicar esto a las víctimas? Por lo visto, hay mucho más que el control de la radioactividad en una zona concreta. Eso lo saben las personas que protagonizan actos conmemorativos y vigilias en Slavutish, cerca de Chernóbil, o en Kiev, la capital ucraniana. También desde Bielorrusia y Rusia, que sufrieron las consecuencias de la tragedia. Y lo han conmemorado aparte, con guerra y nuevas fronteras, para acrecentar así el sufrimiento de las víctimas. Si el objetivo de las conmemoraciones es que llegue aire limpio también a los corazones y al concepto ético de las decisiones profesionales y políticas… lo tenemos muy difícil.

En Chernóbil hubo muchos fallos tanto técnicos como de las autoridades soviéticas en Ucrania. El pueblo ucraniano, además de la guerra actual, tiene esta mochila de horror sobre sus espaldas. Desde un análisis frío, cuando las heridas están abiertas después de treinta años, se dice que hoy se puede obtener una cantidad casi ilimitada de energía con la fusión y fisión nuclear y que es más respetuosa con el medio ambiente que otras energías. Se admite, eso sí, que los residuos son peligrosos, pero se indica que se pueden gestionar, y se reconoce que, aunque el riesgo de accidentes no es grande, cuando el percance se produce, las consecuencias para la salud se extienden en el tiempo y en el espacio de una forma exponencial. Se han tomado muchas medidas y se han estudiado a fondo las consecuencias técnicas, pero la pobreza aumenta en la zona. La situación médica y psicológica de las más de trescientas mil personas desplazadas se puede encerrar en nuevas estadísticas, pero cada familia y cada persona tienen su historia de dolor a cuestas. En un tiempo récord se construyó un féretro para enterrar la radiación, muchas personas perdieron la salud y la vida para construir el sarcófago protector. Como han de pasar muchísimos años para que la zona se recupere, se está terminando de construir un nuevo sarcófago que debe controlar la expansión de la radiación al menos durante cien años, con mejores materiales, con mayor seguridad, sin tantos “accidentes laborales” ¿De qué nos quejamos?

Dicen que cuando la alquimia buscaba la piedra filosofal terminó aprendiendo física atómica e ingeniería nuclear. De ahí puede nacer la medicina nuclear, la central de energía y el arma nuclear. Como el índice de humanidad e inhumanidad corre por nuestras venas sin que se note la contaminación de la conciencia, seguimos ocultando el aparato que detecte qué dosis de humanidad es necesaria para que algunas personas de este mundo alivien, al menos, el sufrimiento.

Y, por cierto, siguen siendo válidos los testimonios de aquellas personas que continúan haciendo excursiones a Chernóbil y nos cuentan sus experiencias, como los de quienes acogen a niños y niñas de la zona.

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