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Tribuna abierta

Las Sociedades Anónimas Deportivas y la alienación humano-deportiva del hincha

Por Ignacio Villota Elejalde - Sábado, 14 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:03h

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HaCE bastante tiempo, serían los años 1987, 1988, 1989… me vi involucrado en el volcán que originó la irrupción de Jesús Gil en el mundo del fútbol, concretamente cuando alcanzó la presidencia del Atlético de Madrid. Las razones de mi presencia en el lío de Gil no vienen a cuento. Tal irrupción fue estruendosa: se vino con Paolo Futre, comprado con su dinero, debajo del brazo. Era Futre un jugador portugués de 21 años del Oporto recién campeón de Europa de clubes. Con esas credenciales, a Gil le costó muy poco hacerse con la presidencia del club en 1987. Su gestión está en las hemerotecas. Originó un torbellino financiero-deportivo en el seno del club de horizontes imprevisibles. Tuvo en la temporada 1987-88 tres entrenadores: Menotti, Ufarte y Briones. Fichó también a Andoni Goikoetxea y López Ufarte. Estaban ya otros grandes jugadores como Julio Salinas, Landaburu, Arteche, Quique Setién... Los desatinos fueron muchos. Destituyó a los entrenadores Menotti y Ufarte y comenzó una campaña de broncas y críticas contra varios jugadores. Por ejemplo, de Setién dijo que salía con mujeres “ostentóreas” y de Arteche, que se dedicaba más a sus zapaterías que al fútbol. Los jugadores se plantaron. Publicaron una nota en la prensa quejándose del trato irrespetuoso que les dispensaba y exigiendo uno humano. Tras esa actuación de los jugadores, las decisiones de Gil fueron drásticas: despidió a varios, al médico del club y a algún empleado. La eficacísima intervención de un gran abogado laboralista, profesor de la Complutense, Fernando Pérez Espinosa, llevó a Gil a los primeros fracasos procesales de su vida, que no a los últimos. Perdió todos los juicios ante Magistratura del Trabajo por despido improcedente, lo que el Supremo ratificó. Recuerdo que, en total, tuvo que hacer un desembolso de 750 millones de pesetas. Todo ello no impidió que siguiera una carrera delictiva que fue frenada por el gobierno cuando quiso hacerse con la presidencia de Ceuta y Melilla. Antes había fundado el GIL (Grupo Independiente Liberal), que se hizo con la alcaldía de Marbella, génesis de una de las mayores golfadas de la España contemporánea. Gil podría ser un personaje novelesco muy valioso para Julia Navarro, autora de Historia de un canalla, aunque en su caso con tintes grotesco-graciosos.

Con la Ley 10/1990 de SAD empezó el circo. Accedieron a la posesión de los clubes visionarios de las finanzas y el anecdotario de lo ocurrido desde los 90 es gracioso y dramático

Hincha, te pareces a ese currito de una multinacional, con mangu

En medio de los avatares del Atlético, un día pregunté a mi amigo Espinosa qué intentaría Gil con la inversión de Futre. Y me contestó que una cosa muy sencilla: hacerse con la propiedad del Atlético de Madrid una vez que saliera adelante la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas, que el mismo Gil y otros estaban propugnando.

Y así fue. La Ley 10/1990 delineó lo que serían estas sociedades. Sería aplicable al fútbol y al baloncesto. En aquellos momentos, el fútbol español estaba inmerso en un caos económico, en el que gestiones con vocación de ruina habían sumido a los clubes en un desastre. Actuaciones desaprensivas habían llevado a casi todos los clubes de Primera y Segunda División a un agobio económico asfixiante. Los ex presidentes no eran responsables ni civil ni penalmente de sus desatinos deportivos y financieros. En la Ley se decidía que, excepto Real Madrid, Athletic, Barcelona y Osasuna -que en los cuatro años anteriores no habían tenido déficit-, todos los clubes de fútbol de Primera y Segunda División y los de la Liga ACB de baloncesto pasaran a ser sociedades anónimas. En el caso del fútbol, las deudas serían asumidas por la Liga de Fútbol Profesional y tendrían que emitir acciones por el valor de esas deudas. Fue el momento de inversores y logreros de todo tipo. Gil, supuesto faro luminoso del fútbol español, el mayor acreedor del Atlético de Madrid, se hizo con la mayoría de acciones del Atlético. Y empezó el circo. Accedieron a la posesión de los clubes verdaderos visionarios de las finanzas, españoles y extranjeros. El anecdotario de los hechos ocurridos desde los años 90 es gracioso y dramático. Un señor muy rico de A Coruña, utilizando a un listo testaferro, César Augusto Lendoiro, muy bien pagado por cierto, se hizo con Bebeto, Mauro Silva y muchos más jugadores, comprados a precios razonables, ganó una Liga, la Copa del centenariazo al Real Madrid y cubrió de gloria el firmamento futbolístico gallego. Fueron los días de las bufandas blanquiazules del Superdepor al viento. Cuando el dueño del Depor quiso hacer caja, vendió, vendió y vendió, el mercado, ya caro, no le brindó buenos sustitutos… y descendió a Segunda División. Los coruñeses hubieron de cambiar las bufandas por abrigos de invierno. El dueño había hecho su inversión para ganar dinero, mucho y en corto plazo, muy lejos de las intenciones de una ONG y de las ansias y deseos de los hinchas coruñeses. El caso del Valencia exigiría una tesis doctoral sobre cómo tomar el pelo a los socios de un club, a los contribuyentes valencianos, y a los inversores de Bankia. Lo del Málaga también es muy bueno. Llega un jeque árabe y ve que la plataforma social del club es muy válida para recalificar la Costa del Sol por tierra, mar y aire. La Junta de Andalucía no lo ve limpio, el jeque vende, se larga y los socios y aficionados del Málaga a esperar nuevos tiempos agarrados a sus bufandas. Y así hasta un número indeterminado de casos, como el peculiar de Piterman en el Alavés. ¿Que todos los grandes inversores de los clubes de fútbol de Europa son delincuentes? Fuera de mí ese pensamiento. Los grandes dueños de los clubes han sido y son personas y grupos financieros que han sabido entender las maravillosas oportunidades de negocio que brinda la manipulación de sentimientos y emotividades del hincha típico de los clubes. Muchas veces, el negocio no está en la venta y compra de jugadores ni en los ingresos de las televisiones sino, sencillamente, en las mil y una oportunidades que brinda el entramado financiero de los clubes para introducirse en muchos negocios, confesables o inconfesables. Siempre dentro de la legalidad, que esto quede claro, no tanto de la ética. Es decir, lo que está ocurriendo en estos momentos en España. Y, entonces, ese hincha, por ejemplo del Atlético de Madrid, desconocedor de estos temas o que mira hacia otro lado cuando venden a Kun Agüero, dice: “Hemos vendido al Kun y ahora tenemos que pensar a quién compramos”. Que no, hincha, tú te pareces a ese currito de una gran multinacional, con manguitos de funcionario del siglo XIX, que dice “este año hemos facturado 3.000 millones” y que se queda tan ancho y satisfecho. Los beneficios de las ventas de todos los Kun Agüero del fútbol mundial son para todos los Cerezo, Gil y demás propietarios de los clubes. Es su negocio. Nadie invierte en un club si no es para obtener grandes ganancias, directas o indirectas. Tú no eres más que un abonado de tu localidad en el campo, muy cara, como si lo fueras de la ópera. Pero, insisto, la manipulación de los sentimientos, de la fidelidad a unos colores, de la necesidad de olvidarse de los grandes problemas, de las emociones, de las historias idealizadas; lleva al hincha a insensateces verbales y fácticas, como medio arruinarse por ir a una final donde compite el club de sus amores.

Conclusión: si un día mi club, el Athletic, se convirtiera en algo parecido al Valencia u otros, seguiría, es posible, yendo a San Mamés, pero solamente a ver fútbol, siendo consciente de que con mi abono colaboraría al enriquecimiento de sus propietarios, y convencido de que ser hincha del Athletic, con la bufanda al aire, sería como ser hincha de El Corte Inglés o del BBVA, tan bilbaino él. Yo pido con fervor a la amatxu de Begoña que nunca llegue a creer que el Athletic es “una unidad de destino en lo universal”, como decía José Antonio Primo de Rivera de España y que el sentimiento Athletic sea el mínimo para que no quede ahogado ni sofocado mi sentido común.

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