DeiaDeia. Noticias de Bizkaia - Noticias de última hora de Bizkaia, Euskadi e internacionales. Deia. 40 urteDeia. 40 urte

Saltar al Contenido

Períodico de Deia
autor de 48 horas conmigo

“El dolor del infarto era el de una piedra de 200 kilos apretando el pecho”

Nadie hubiera pensado que un día de vacaciones podría acabar así, con un ataque al corazón con solo 41 años y con su vida pendiente de un hilo. Pero Álvaro Cabezón, con su existencia dada la vuelta como un calcetín, puede contarlo

Un reportaje de Concha Lago - Domingo, 29 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:04h

votos | ¡comenta!
Álvaro Cabezón aprendió, stras sufrir el infarto, a levantar el pie del acelerador.

Álvaro Cabezón aprendió, stras sufrir el infarto, a levantar el pie del acelerador. (Juan Lazkano)

Galería Noticia

EL 25 de junio de 2015 sufrí un infarto agudo de miocardio, a los 41 años de edad. Afortunadamente, pude solicitar ayuda médica y, en breve, llegó una ambulancia para asistirme. Según dice el informe de alta de Cruces, llegaron a las 13.07 horas. Desde ese momento, todo fue un suspiro. Mi arteria obstruida estaba abierta a las 14.41 horas y a las 15.30 horas mi mujer y mis padres me estaban visitando en la UCI, en turnos rigurosos de dos personas, eso sí. 143 minutos de atenciones”. Esta carta publicada en DEIA por Álvaro Cabezón el pasado mes de agosto fue el detonante de un libro emotivo y cargado de vitalidad, 48 horas conmigo, que ofrece el testimonio de este bilbaino de 42 años, que relata en primera persona el ataque al corazón que sufrió.

Acababa de entrar en la cuarentena, con buena facha, haciendo, como él dice, “medio ejercicio”, comiendo razonablemente, y sin embargo, el corazón le dio el susto más grande de su vida. Pesaba 76 kilos, ahora 72, tenía el colesterol un poco alto, pero sin pastilla, y una tensión de libro, 12-7. “Eso sí, llevaba una vida con bastante estrés. También jugaba en mi contra la genética y fumaba casi un paquete diario”, admite.

El punto de partida de este mal viaje se inició el 25 de junio de 2015, en una jornada vacacional. “Cuando me levanté ya no me encontraba bien. Era un día caluroso, de bochorno, y pensé que el malestar se debía al día tan pesado”, cuenta Cabezón. Estaba en Santurtzi con dos de los tres niños que tiene -dos mellizos de 14 años y una niña de 2- y había ido a recoger las notas de los mayores. “Empecé a encontrarme peor y llamé a mi mujer para que bajara a hacerse cargo de los críos. Yo pensé que tenía una gastroenteritis porque los niños habían estado malos esa noche. Notaba mareos, náuseas... Tenía ganas de vomitar, y sudores. Me metí en un bar. Y enseguida empezó el dolor en el pecho y la chica del bar llamó a la ambulancia. En cuestión de unos minutos ya me estaban atendiendo”. Afortunadamente había llegado ya su mujer porque trabaja muy cerca. “Nos vamos al hospital que te está dando un infarto -dijeron- y me llevaron en volandas a Cruces”.

... y la ambulancia voló Álvaro Cabezón recuerda con nitidez el dolor. “Era insoportable, no me dejaba respirar, la sensación era como si tuviese una piedra de 200 kilos apretando el pecho y tirando para bajo. Camino del hospital yo me acuerdo que repetía me duele mucho, me duele mucho... me daban morfina y no se quitaba el dolor”. “Al final lo que me ocurría es que se estaba muriendo el músculo cardiaco y cada minuto era vital”. La ambulancia voló. Tardó solo nueve minutos de Santurtzi a la puerta del hospital. Eso le salvó la vida porque en una hora estaba operado.

En un infarto, los protocolos de actuación son rígidos. Cada segundo es trascendental. “Cuando llegué a Cruces había un equipo esperando. Me llevaron por los pasillos a toda leche, mientras me iban quitando la ropa camino del quirófano y me iban poniendo tubos, vías... Por lo que dice el informe médico en veinte minutos estaba ya en el quirófano dormido”. Cuando despertó, el dolor se había esfumado.

Mientras el infarto se producía, él pensaba en sus niños. “Estaba preocupado porque los críos estuviesen atendidos y cuando llegó mi mujer me quedé más tranquilo. La sensación era de me duele, me duele ¿qué me está pasando? y cuando me dijeron que me estaba dando un infarto me quedé como aliviado porque pensé ahora ya me van a curar”. Una cosa tiene clara, su sensación de desconexión con el mundo material. “Un par de veces en la ambulancia sentí que me iba, y solo pensaba en las personas. No me preocupaba ni el trabajo, ni el coche o el piso. Solo la gente”. “Y no tenía miedo a morir, sino a dejarles. Cuando llegué al hospital pude ver a mi mujer, estaba desencajada. Y pensé no les puedo dejar aquí. Eso lo recuerdo con mucha claridad”.

Su dolencia le ha cambiado la vida para siempre. Y ha aprendido que lo importante son las personas. “Porque al final, el estrés, en un porcentaje altísimo, te lo provocan las cosas, no las personas. El ansia de esta sociedad de conseguir, de tener más y siempre con prisa...”

espada de damocles 48 horas conmigo es la historia de una superación personal y de cómo vivir sin temor esa espada de Damocles sobre la cabeza. El infarto ha supuesto una segunda oportunidad. “Ahora me lo estoy tomando de otra manera, eso sí con mucha ayuda psicológica. Los esfuerzos son más comedidos. La principal secuela de estos once meses han sido muchísimas pesadillas, no referentes al episodio cardiaco, pero sí referidas a pérdida de salud y a pérdida de personas”, rememora.

Sobre todo ha aprendido a frenar. Después de esa experiencia traumática, permaneció nueve meses de baja y todavía no se ha incorporado al 100% a su trabajo de logística, una actividad un poco estresante. “El objetivo principal es hacer las cosas de una en una. Ya no planifico”.

Uno de los aspectos de los que se siente más orgulloso en este proceso es de haber abandonado el tabaco. Once meses sin cigarrillos. “Cuido más mi alimentación, sobre todo las grasas saturadas. Hago ejercicio físico todos los días una hora, haga el tiempo que haga, y caiga quien caiga. En esta última época se ha metido en el gimnasio y se dedica a andar y hacer bici. Pero eso no evita contratiempos ni pequeñas recaídas como la que tuvo hace poco, que le obligó a volver al hospital porque sentía dolores en el pecho. “Las pruebas dijeron que era ansiedad”, explica Cabezón. “Al final, el estrés es difícil de evitar pero ya he levantado el pie del acelerador”, proclama.

héroes anónimos Tras su salida del hospital -donde estuvo seis días- necesitaba soltar lastre personal y agradecer lo que los sanitarios habían hecho por él. Por eso 48 horas conmigo quiere homenajear a todos esos seres anónimos que le salvaron la vida. “Desde el enfermero que me atiborró con medicinas en la ambulancia instruido por el médico, el conductor de la ambulancia, todas las personas con uniformes de distintos colores que me llevaron en volandas al quirófano, hasta el hombre vestido de verde que se ocupó de liberarme de una presión en el pecho totalmente insoportable. Después, 48 horas en la UCI y tres días en planta en los que fui atendido de maravilla por un gran grupo de profesionales”.

Y el libro, editado por Bubok y que se vende por internet, sirve de estímulo a aquellos que se sientan acorralados por un diagnóstico que nadie desea escuchar nunca. “He recibido muchas reacciones e impresiones de gente que lo ha leído. Además tengo una relación fantástica con los profesionales de la unidad de rehabilitación cardiaca del hospital de Basurto”. El objetivo del libro no es la venta sino difundir un mensaje de esperanza y “hacer un llamamiento para que la gente se cuide y se olvide de muchas chorradas. Cuando ves que alguien tiene una enfermedad grave, dices eso sí que es jodido y no lo que me pasa a mí, pero como no estás enfermo, a los cinco minutos se te olvida. Ahora, sin embargo, como la cardiopatía es una enfermedad para toda la vida, valoro las cosas de otra manera”.

En sus deseos de ayudar, comparte experiencias en alguna conferencia impulsada por Osakidetza, y ha obtenido el certificado de Paciente Experto de la Sociedad Española de Cardiología y de la Fundación Española del Corazón. “Es una manera de concienciar de que hay que cuidarse todos los días y no una vez a la semana comiendo una ensalada”. El mensaje es que la gente no baje la guardia. “Todos somos candidatos a un infarto, que nadie crea que hay que ser obeso y tener más de 60 años”.

Sus 48 horas en la UCI fueron una búsqueda en su interior. “Los fármacos te dejan muy aturdido, estás escuchando continuamente el pitido de las máquinas, el ruido de la gente entrando y saliendo, las visitas son muy cortas... es fastidiado. Pero ese proceso lo convertí en momentos de pensamiento. Fueron 48 horas sin poder moverte, monitorizado entero... No tienes nada que te conecte con la realidad y, sin embargo, no pasa nada. Fueron 48 horas conmigo”, sentencia. Una invitación a vivir la vida, a ir con más prudencia, y a valorar lo que de verdad importa.

votos | ¡comenta!

Herramientas de Contenido

COMENTARIOS: Condiciones de uso

  • No están permitidos los comentarios no acordes a la temática o que atenten contra el derecho al honor e intimidad de terceros, puedan resultar injuriosos, calumniadores, infrinjan cualquier normativa o derecho de terceros.
  • El usuario es el único responsable de sus comentarios.
  • Deia se reserva el derecho a eliminarlos.

Más sobre Euskadi

ir a Euskadi »

Últimas Noticias Multimedia

  • © Editorial Iparraguirre, S.A.
  • Camino de Capuchinos, 6, 5ºC Bilbao
  • Tel 944 599 100, Fax 944 599 120