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El cambio digital

Drones, algoritmos y su regulación

Por Alex Rayón - Domingo, 12 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:05h

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El progreso tecnológico ha abaratado su fabricación en los últimos años.

El progreso tecnológico ha abaratado su fabricación en los últimos años. (Foto: DEIA)

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en los últimos meses, hemos podido leer varias noticias de incidentes registrados en aeropuertos por la presencia de drones. En ciudades europeas como París o Londres ha habido algún caso aislado, pero en el aeropuerto de Los Ángeles, desde 2014, han sido 42 los incidentes. Estas aeronaves pilotadas por control remoto o de manera autónoma, pueden provocar serios peligros, dado que el aterrizaje y despegue son las dos fases críticas de un vuelo, donde la concentración del piloto debe ser máxima.

Más allá de estas noticias, conviene hacer una reflexión sobre estos dispositivos. Existen desde el siglo XIX, pero se han popularizado en los últimos años gracias a que el progreso tecnológico ha abaratado su fabricación, y por lo tanto, “democratizado” su consumo. Sus usos son múltiples. Muskiz lo quiere usar para la gestión de su herencia minera. La Ertzaintza está probando su uso para labores de seguridad, tráfico y rescates.

A nivel mundial, la tendencia a un uso creciente también parece clara. En EE.UU., las pasadas Navidades, se vendieron 400.000 unidades, un 20% de todos los vendidos en el mundo. En el mundo empresarial, y aplicado a la logística especialmente, su uso parece realmente prometedor. Amazon tiene ya un prototipo híbrido de un avión y un helicóptero con el que quiere llegar a volar distancias largas a un coste muy bajo. Con un fin social, se está empleando para el envío de medicamentos y vacunas a lugares remotos de África, Asia y América Latina. Pero también son responsables de otros usos con intenciones bien distintas. El mismo día del incidente en Loiu, saltó la noticia de la muerte del líder talibán mulá Mansur a cargo de un dron.

El presidente Obama es consciente, así, de los peligros que entrañan. Para ello, el gobierno americano ha sacado dos regulaciones: 1) Un reglamento para garantizar un uso seguro de los drones con propósitos de ocio; 2) Obligación de inscribir el dron en un registro público siempre y cuando tenga un peso entre 250 gramos y 25 KGs. Esto permitiría trazar y atribuir responsabilidades en caso de cualquier eventualidad (imagínense estos dispositivos en manos de grupos terroristas). Algo similar a lo que ya hacemos cuando adquirimos un coche.

En el estado, ahora mismo, la normativa introduce que una infracción como la de Loiu puede acarrear una sanción de hasta 250.000 €. El límite de altura máxima es de 120 metros, y tienen prohibido volar dentro de espacios aéreos controlados y en distancias de 15 kilómetros a la redonda de los aeropuertos. Lo que persiguen estas regulaciones no es otra cosa que poner cierto control.

Pero creo que esto no es suficiente. Una aeronave, o un vehículo en general, pilotado por control remoto o de manera autónoma, lleva un software o programa informático que regula su funcionamiento. En el caso de los autónomos, estamos hablando de un conjunto de reglas de funcionamiento programadas por una persona, con unas intenciones concretas. Intenciones que, de momento, se escapan al escrutinio público. Estamos hablando de vehículos que tienen unas implicaciones humanas y de seguridad realmente importantes. Y como tal, cuando menos, debiéramos endurecer algo más la regulación. Los drones, y sus algoritmos que les hacen funcionar, no solo debieran estar registrados en algún lugar para facilitar su trazabilidad, sino también poder atribuir responsabilidades y poder fiscalizar con carácter público su funcionamiento.

Y es que la seguridad es cosa de todos.

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