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Tribuna abierta

Juego de pistas

Por José Serna Andrés - Sábado, 20 de Agosto de 2016 - Actualizado a las 06:02h

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ME gustan los juegos de pistas. Se fija un objetivo educativo, se eligen los símbolos acordes con tales objetivos y se preparan las actividades a realizar, también en coherencia con los objetivos programados, para que las personas implicadas interactúen, colaboren en equipo y, por supuesto, se diviertan. Detrás de todo ello se encuentra el cultivo de unos valores humanos. ¿Valores humanos? ¿Qué será eso?

Somos también homo ludens. Cuando los colectivos humanos no juegan o no celebran fiestas es posible que existan carencias sociales que terminarán eclosionando por algún lado, y no siempre como una manifestación de salud social. La violencia llega a su punto álgido en las guerras, que son enfermedades sociales muy peligrosas y llegan a un nivel tan alto de exterminio que se intenta maquillar la barbarie con estadísticas, banderas y aullidos enaltecedores de las patrias. Vehicular esas necesidades humanas a la dignidad de la actividad política democrática representa un ascenso de nivel para recuperar la esperanza y creer que otro mundo es posible, pero cuando una parte significativa de la ciudadanía denosta la actividad política y la asocia a la corrupción se sugieren otras vías de participación lúdica. Si, como en los juegos de pistas, tanto de ciudad como de naturaleza, se participa colaborativamente para alcanzar algún objetivo, no hay más que aplaudir tales iniciativas. Pero si se percibe que algo más que un grupo educativo, algo más que miles de personas, algo más que millones de personas de todas las edades están participando en una actividad lúdica podemos comenzar a hacernos preguntas con un cierto grado de inquietud.

¿A qué estamos jugando? Y si observamos a nuestro alrededor nos encontramos con el hecho de que se juega, vaya que se juega, en casas particulares, en calles, en jardines, en centros de trabajo, en cuarteles, en la naturaleza y en el lugar más insospechado. ¿A qué se juega? Pues eso, a Pokémon. Y no es que cazar bichitos virtuales vaya a alterar el equilibrio social, sino todo lo contrario. Es un factor de estabilidad. Ya hay algo por lo que interesarse en la vida, subir de nivel, estar al día, recibir estímulos en este mundo tan aburrido, hacer quedadas multitudinarias en lugares públicos por algo que merezca la pena, y hacer unas risas de todo ello. ¡Algunas corporaciones que condicionan la política económica de los países deben estar temblando...!

No importa que alguien mueva los hilos desde la trastienda. Si hay mucho dinero en torno a ello no importa, porque es legal y, además, se crean puestos de trabajo, que nos hacen mucha falta. Así que no debemos preocuparnos, la ciudadanía ya tiene su redil bien configurado. Que sean otras personas, otras empresas privadas, a poder ser, quienes ejerzan de guías en este universo virtual donde ya están localizadas millones de personas, y donde se visualiza lo que ni siquiera existe en la realidad no virtual. Ya no nos importa si el capitalismo ha finiquitado la historia, si el optimismo del concepto del buen salvaje sigue confiando en que hay un avance en la solución de algunos problemas humanos porque existen signos de que es posible eliminar el hambre en el mundo, o si el pesimismo del homo homini lupus nos convencerá de que es imposible eliminar las guerras y la violencia de la faz de la tierra.

Unos pocos millones de personas cazando Pokémons en las zonas opulentas de diferentes lugares del planeta no entrañan peligro alguno, a no ser que la caza se extienda a lugares que se encuentran en el límite de lo razonable, pero lo significativo es el hecho en sí mismo. Personas reales se ausentan de la realidad para convertirse en agentes de una virtualidad lúdica, pero totalmente vacía de objetivos, al menos objetivos conocidos. No hace falta establecer teorías de la conspiración para pensar que de aquí no puede salir algo bueno, además de un aumento en las ganancias de determinadas empresas.

Me apunto al juego de pistas educativo, ceñido a números reducidos, sin irrealidad virtual, con equipos humanos colaborativos. Recuerdo que en el último al que hice un seguimiento, un equipo terminó encontrando, como tesoro, chocolatinas con apariencia de monedas de oro. Decidieron compartirlas con los otros equipos que, por su parte, habían encontrado similares tesoros y habían decidido hacer lo mismo. Quizá es esto lo que parece menos real en un mundo como el nuestro, pero es la única posibilidad que tenemos para no huir a la guerra de las galaxias mientras aquí, a nuestro lado, tener un trabajo o llegar a fin de mes con un sueldo escaso es toda una aventura.

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