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Innovación: el arte de la nueva acción exterior desde las ciudades-región y otros espacios políticos y económicos

Por Jon Azua - Domingo, 18 de Septiembre de 2016 - Actualizado a las 06:04h

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EN un paralizante y perezoso contexto de ruido electoral, contaminado por la situación de desgobierno en el Estado español (así como en otros muchos lugares del mundo), escuchamos a determinados representantes incluir en sus discursos mediáticos mensajes, simples a la vez que desfasados, dirigidos a desanimar a los votantes con el traca-traca del “es momento de ocuparse de los problemas que preocupan a los ciudadanos y no por quimeras de autogobierno, soberanías o nuevos modelos de relación y decisión”, como si se tratara de cuestiones contradictorias o no relacionadas.

Lo dicen hoy, cuando las palabras dominantes en el mundo de la economía nos recuerdan de modo constante la necesaria internacionalización (países, empresas, talento, conocimiento y personas), la interdependencia, los procesos facilitadores y colaborativos, la microeconomía diferencial de aplicaciones de políticas y asignación de recursos, de tipologías diferenciadas de regiones especializadas y tejidos económicos dispares. En un mundo en que observamos grandes diferencias de resultados en función de las políticas, las decisiones y opciones políticas, sociales y económicas y las estrategias (capacidad de optar y elegir) de empresa y personas; diferencias que ponen de manifiesto la importancia de las organizaciones de que nos dotemos, por propia voluntad, para acometer el proyecto deseado. Esto también es innovación y creatividad.

Así, celebrada la Diada catalana con las críticas mediáticas y del Gobierno español (en funciones) a la “ensoñación trasnochada de quienes se remontan a 1600 para reinventar sistemas inviables y derrochan presupuestos públicos abriendo embajadas” (en pobre crítica a las oficinas de representación en el exterior, como si se tratara de un capricho y disparate solo permitido a la “inteligencia” de los Estados “mayores”); tras las intolerables y agresivas palabras de un ministro de Asuntos Exteriores español (también en funciones y que solo comparece en tertulias de su televisión subvencionada o en mítines electorales de su partido viajando al exterior, es decir, a Euskadi) que asocia nacionalismo, independencia y terrorismo, (todo un insulto a la inteligencia, descalificándose a sí mismo desde su prepotencia) y apela a la sacrosanta unidad española (esta sí heredada por matrimonio o conquista en el siglo XIII); nos encontramos con la fresca publicación de un libro con rigor e interés: La Paradiplomacia: las ciudades, las regiones y los Estados como nuevos jugadores (Editorial Oxford University Press).

Su autor, el doctor Rodrigo Tavares, ex responsable de Acción Exterior del gobierno subnacional de Sao Paulo, Brasil, miembro de prestigiosos centros académicos internacionales (Universidad de Naciones Unidas, Universidad de Harvard, Consejo asesor de la Competitividad en el World Economic Forum -en donde he tenido el privilegio de conocerle y compartir trabajo, como colega- y, en especial, en la publicación del Informe sobre la Competitividad de las Ciudades publicado en 2014…) ha dedicado sus últimos tres años a la preparación de este libro (por cierto, no como otro superministro español en funciones que ha tenido tiempo para compaginar sus funciones públicas -de supuesta dedicación plena y exclusiva- a escribir y publicar su libro para explicarnos por qué España solamente ha perdido 20.000 millones de euros en un pseudo rescate de su banca gracias a sus competencias y habilidades).

Tavares aporta un gran instrumento para comprender el verdadero rol de la llamada acción exterior en un mundo como el que vivimos, en el que los jugadores político-administrativos han dejado de ser, en exclusiva, los gobiernos de los Estados del pasado. Acuña en su título el término “Paradiplomacia” (utilizado por primera vez por Ivo Duchacek) para repasar las cientos de iniciativas de diferente contenido y rango que han tomado la práctica totalidad de ciudades, ciudades-región, naciones sin Estado, asociaciones y/o nuevas unidades y espacios en cuyos ámbitos de competencia y responsabilidad se realiza la nueva diplomacia, más allá de los en gran medida ineficaces ministerios de Exteriores y sus embajadas, distantes en un gran número de casos de la realidad política, económica y social.

Si el trepidante mundo globalizado en el que vivimos se ve caracterizado por nuevos actores de especial relevancia como las ciudades y las regiones, demandantes de un mayor protagonismo en la solución de las exigencias de sus ciudadanos, la reconfiguración de estados y regiones, la conformación de nuevos espacios compartidos (economía, tecnología, salud, turismo, desarrollo financiero, infraestructuras…) que han posibilitado no ya procesos imparables de mera descentralización administrativa, sino de verdadera reivindicación de un protagonismo político basado en el derecho y voluntad a decidir el diseño de su propio futuro, parecería inevitable (lo es en la práctica) la entrada en juego de nuevas figuras y formas de trabajo, nuevos representantes especializados, nuevos instrumentos que posibiliten el ejercicio pleno de las responsabilidades y competencias.

Elegir un modelo u otro es más relevante de lo que parece y el desarrollo y bienestar de regiones y personas viene condicionado, también, por la política, el tipo de gobernanza de que se dote

Es precisamente este amplio y nuevo entorno el que describe el libro de Tavares, que aborda la realidad y no el deseo proteccionista de determinados cuerpos de élite empeñados en perpetuarse en un modelo superado. No es ya el simple caso de una Unión Europea que en su propia transformación traslada sus relaciones exteriores esenciales a estructuras supraestatales o regionales o subnacionales, dejando a los Estados miembro una acción residual. No es que el acuerdo de un ministro de Exteriores en materia de cooperación o de empleo o de bienestar social o de educación o de infraestructuras o de turismo, por citar algunos ámbitos de actuación, sea poco menos que una declaración retórica, sin la voluntad y la capacidad real de actuar, desde sus competencias, que en realidad corresponden a nuevos jugadores, considerados por ellos como menores. Es la realidad económica. Las empresas no optan por invertir en un país, sino en una región, estado-provincia o ciudad. Es tiempo de entender otra manera de analizar la realidad.

Como muy bien recoge el autor, introduciendo las esencias de esta nueva o vieja paradiplomacia en palabras de la ex presidenta de Letonia, Varia Vike-Freiberga, “no importa lo alejado que se esté o lo pequeño que se sea, no importan las limitaciones competenciales y no importa que tan rico o pobre se sea, toda región tiene al menos una única y singular joya que podrá compartir con los demás”. O, por citar solo a una destacada voz del ámbito de la economía global, Ivo Daalder, presidente del Consejo de asuntos globales de Chicago: “Las ciudades son cada vez más globales y dirigen el mundo de los negocios y las relaciones-económicas, políticas, sociales y culturales. Han dejado de ser simplemente lugares en los que vivir. Han emergido como líderes de la nueva fase global”.

Pero esta paradiplomacia no se limita a ciudades-región, sino que es cada vez mayor el número de relevantes jugadores que tienen una voluntad política diferente, aspirando a la paradiplomacia soberana. No es una causa, sino la consecuencia del status quo, si bien no todos los que se dotan de estructuras para la internacionalización y las relaciones exteriores tienen ambiciones independentistas o deseos de configurar entes políticos diferenciados. El término “protodiplomacia” se ha venido aplicando a aquellos que sí manifiestan un deseo de nuevos modelos de relación con otros estados, voluntad de soberanía o independencia -los ya clásicos, entre los que destacan, Quebec, Euskadi, Catalunya, Flandes, Baviera, Valonia, Escocia, Tatarstan, Transnistria, Puntlandia, Somalilandia…- y avanza a la cabeza de vanguardistas formas que suponen todo un proceso de innovación en este complejo y amplio espacio de las relaciones internacionales.

¿Qué lleva a condicionar el modelo y tipo de relaciones exteriores de nuevo cuño? La diáspora, la identidad y la lengua, una cultura diferenciada, la posición y entorno geoeconómico, el tipo de tejido económico, su nivel de desarrollo, el poder político institucional del que se dispone y, por supuesto, la respuesta que los Estados miembro dan a los intentos de desarrollo de la propia paradiplomacia. Así, como en otros muchos casos, los gobiernos unionistas que desprecian estos movimientos y se empeñan en acaparar en solitario todo aquello que huele a exterior, pese a sus supuestos éxitos temporales (judicializar la realidad, prohibir, controlar, vetar, etc., toda iniciativa de quienes no hacen acción exterior en abstracto, sino vinculada a su propia realidad y necesidades) terminan derrotados por la ineficiencia, la burocracia y la incongruencia. Se asemejan de esta forma a aquellas empresas y personas que siguen instaladas en discursos vacíos de la internacionalización, limitándose a fórmulas de manuales clásicos ya superados, en lugar de acometer los cambios que la realidad dinámica, región a región, espacio a espacio, demandan.

Qué duda cabe de que lejos de desprestigiar planteamientos paradiplomáticos o protodiplomaticos, son muchas las tareas pendientes. Cambiar el modus operandi siempre genera resistencia y son muchas las dificultades que han de superarse. Es evidente que, sin modificar mentalidades, actitudes y sistemas, resulta incómodo abordar la irrupción de todo un mundo de nuevos jugadores en este ámbito y se tiende a lo fácil, a la vez que ineficiente, conflictivo y de escaso valor para quien se ve implicado en el asunto: centralizar toda iniciativa, visita, salida al exterior de un alto cargo (desde concejal a ministro o presidente). Porque la diplomacia empresarial y económica va por delante y los líos entre los equipos interinstitucionales suelen ser lamentables, pero existen y se dan en todos los ámbitos. La solución no pasa por prohibir o eliminar a los otros, sino por regular pautas colaborativas e informativas y, en su caso, dotarse de estrategias e infraestructuras compartidas. La imposición, como en prácticamente cualquier idea o política pública, resulta vana y termina, tras un gran deterioro, superada por la fuerza y realidad de los hechos.

En todo caso, bienvenido este extraordinario trabajo de Rodrigo Tavares. Un mundo en continuo contacto y relación de interdependencia no ya multilateral y/o multisectorial, sino necesitado de aplicar sus recomendaciones de innovación e internacionalización, exige repensar sus instrumentos de relación, construir nuevos espacios de cooperación y nuevas actitudes y liderazgos.

Elegir un modelo u otro es más relevante de lo que parece y el desarrollo y bienestar de regiones y personas viene condicionado, también, por la política, el tipo de gobernanza e instituciones de que se dote y, por supuesto, de su aspiración y vocación de futuro.

Para recorrer un mundo globalizado e internacionalizado, necesitamos -más que nunca- innovar en nuestros instrumentos de internacionalización. Al igual que miles y miles de entes menores, en nuestro caso, Euskadi y sus instituciones han de abordar, sin complejos, desde su legítima competencia, el amplio recorrido de la protodiplomacia comentada. Simplemente, innovación imprescindible.

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