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Tribuna abierta

La nación, primera condición

Por Luis María Martínez Garate - Miércoles, 7 de Diciembre de 2016 - Actualizado a las 06:02h

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RESULTA interesante observar cómo se construyen los discursos que se autocalifican de revolucionarios, transformadores, rompedores incluso, sin poner nunca en cuestión el marco territorial (político, jurídico, administrativo), en el que se desarrollan los conflictos. Y este marco viene impuesto por el poder coercitivo de unos estados que nunca se han construido mediante “procesos democráticos” sino mediante la violencia física más ilegítima: conquistas, ocupaciones, aniquilación de grupos e instituciones, genocidios...

Estos discursos olvidan que la aceptación del marco no es aséptica. Que implica tal cantidad de injusticias, situaciones de desigualdad, dominio y explotación que frente a ellas palidecen las contradicciones internas con que justifican sus posiciones. Su participación en estos conflictos internos es lo que habitualmente presentan como prueba máxima de defensa de los ideales que proclaman: igualdad, libertad, democracia... Esta aceptación acrítica expresa una parte de lo que Michael Billing denominó como “nacionalismo banal”. Sólo una parte, ya que, como constata Joan F. Mira, “la fuerza de la territorialidad es enorme (...) basta con que la gente llegue a percibir la existencia de simples divisiones administrativas que afectan a su territorio para que estas divisiones comiencen a crear conciencia de identidad”. Es decir, los marcos impuestos “crean identidad” y, más allá, incluso determinan los circuitos simbólicos, lingüísticos, culturales, económicos, etc. con los que se erige la realidad social.

En nuestro entorno más cercano, tenemos el proceso catalán hacia la independencia. Al margen de sus aciertos y errores y de la capacidad para ser culminado con éxito, se ha demostrado con claridad que constituye la única vía para conseguir un cambio efectivo, una ruptura política y social para Cataluña. Y, como consecuencia, para España. Es la única transformación que aterra de verdad al conjunto del establishment del Estado español, del régimen.

Un impensable social La mayoría de la sociedad española se percibe a sí misma de modo unitario y monolítico. No admite, de hecho, ningún tipo de pluralismo lingüístico, cultural o social. Este dato corresponde a la herencia de la ideología imperial recibida y transmitida desde el siglo XIX a su cultura política. Esto lleva implícito el absoluto rechazo a cualquier planteamiento confederal en la estructuración política de su Estado. Ni tan siquiera levemente federal. Su reforma en este sentido no será un imposible metafísico pero sí, sin duda, un impensable social.

Por eso sorprenden las recientes declaraciones de un destacado líder del PSC, Xavier Sabaté (exconsejero de Gobernación de la Generalitat con Pasqual Maragall), en las que afirma: “La opción de la independencia es más inviable que la reforma constitucional”. Es sabido que el PSC no quiere la independencia de Cataluña, pero esta afirmación eleva su opinión contraria a categoría universal. Y esto que expresa una personalidad del PSC es extensible, con todos los matices que se quiera, a lo que se conoce en Cataluña como el mundo de los comunes: Barcelona en Comú (Ada Colau) En Comú Podem (Xavier Domènech), Catalunya Sí Que es Pot (Lluís Rabell) y, por supuesto, a Podemos. Presentan como prioritaria, y única posible, la reforma a nivel del Estado español por encima de la independencia de Cataluña, que menosprecian como una simple (¿y deleznable?) voluntad identitaria. Es sintomático que sólo aceptarían un referéndum en el caso de que fuera “pactado” con el gobierno del Estado español. Es evidente la coincidencia de este planteamiento en el que se sacraliza la territorialidad del Estado, con todo lo que, como se ha dicho antes, lleva anexa de generación de identidad y de imposición de circuitos de interés creados y mantenidos con esmero y disimulo por las oligarquías que rigen los destinos de dicho Estado.

Ya lo decía Marx Estos discursos de apariencia rupturista son, en realidad, continuistas y defensores del secular statu quo de los sectores dirigentes del Estado español desde el siglo XVI. Ya lo decía Karl Marx en su Carta a Sigfrido Meyer y August Vogt, el 9 de abril de 1870: “El objetivo más importante de la Asociación Internacional de los obreros es acelerar la revolución social en Inglaterra. Y el único medio de lograrlo es hacer a Irlanda independiente… La tarea especial del Consejo Central de Londres es despertar en la clase obrera inglesa la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ella una cuestión abstracta de justicia o filantropía (A question of abstract justice or humanitarian sentiment) sino la primera condición de su propia emancipación social (The first condition of thear owen social emancipation)”.

Es curioso que hasta en los discursos rupturistas que surgen en el Estado, en su teorización y su práctica, siempre está presente un nacionalismo banal, implícito. Una españolidad incuestionable

Es evidente la coincidencia de este planteamiento

La negativa a reconocer los hechos nacionales del actual Estado español implica una solidaridad interclasista nacional-colonial que se opone a la liberación de las naciones sometidas a su Estado por intereses muy variados, pero entre los que el beneficio económico de las élites extractivas españolas no es el menor.

Parafraseando a Lenin -“La frase revolucionaria sobre la guerra revolucionaria ha causado la pérdida de la revolución” (Pravda, número 31, febrero 1918)-, estos “rupturistas de la frase” no se percatan (¿no tienen el menor interés?) de que la resolución democrática de los conflictos nacionales lleva implícita la autodeterminación de las naciones sometidas. Y que por autodeterminación se debe entender su independencia, sin condiciones. Al oponerse con mayor o menor intensidad, lo único que hacen es colaborar en un sistema de dominación y explotación que, si bien favorece principalmente a las citadas élites extractivas, también deja caer sus migajas al pueblo llano. Los beneficios de la explotación de las colonias por parte de Gran Bretaña en el siglo XIX redundaban en el conjunto de su sistema social con beneficios incluso para los sectores más desfavorecidos de la metrópoli.

Crisis “de régimen”, no de Estado En este sentido resulta claro el mensaje de Podemos. En un librito que recoge un diálogo entre Iñigo Errejón y Chantal Mouffe -Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, (Chantal Mouffe e Iñigo Errejón, Barcelona 2015. Edit. Icaria)- aparece un par de veces la idea expresada por Errejón de que “no hablamos, sin embargo, y es fundamental apuntarlo para no errar el diagnóstico, de situaciones de crisis de Estado, sino de crisis de régimen…”. Esto equivale a decir que los conflictos que se plantean en el Estado español son internos, “de régimen”. No estructurales, internacionales, “de Estado”.

A lo largo del diálogo entre ambos se incide en múltiples ocasiones sobre conceptos como “pueblo”, “país”, “fuerza patriótica”, “acuerdo patriótico”… siempre referidos, implícita o explícitamente, a España como nación. No se percibe reflexión alguna (ni de casualidad) a los hechos nacionales catalán o vasconavarro. Tan solo aparece una referencia genérica a la “plurinacionalidad” y al “derecho a decidir”, sin concreción teórica ni práctica alguna.

En una reseña de este libro publicada en La Vanguardia y firmada por Félix Riera el pasado 22 de octubre -Democracia sin pueblo, el juicio final- se afirma: “Zizek pondrá aún más luz al observar que el problema estriba en que nunca se amasa el suficiente capital de rabia transformadora y de ahí que resulte necesario tomar prestadas otras iras, o asociarse con ellas, nacionales o culturales”. Según este planteamiento, las “iras nacionales o culturales” no constituyen el meollo del conflicto. Lo “nacional” aparece como algo externo, añadido, superficial al conflicto que suponen “real”. Pero ¿cuál es este conflicto “real”? Como afirma Errejón, el conflicto nacional es “interno”, de “segundo orden”. Olvidan que lo que colocan como marginal es lo que representa, de verdad, el conflicto “estructural”, “de Estado” y con impronta internacional. Las iras que presentan como “ajenas” a los conflictos “reales” resultan ser las de fondo, las decisivas.

Tanto en su teorización como en su práctica siempre está presente un nacionalismo banal, implícito. Una españolidad incuestionable. El marco de los conflictos, las luchas, etc., es siempre una realidad estatal, nunca discutida y con un nacionalismo hegemónico, el español. Cuando es precisamente su existencia, unidad y poder, lo que permite mantener incólume un sistema retardatario, totalitario, en el que prevalecen siempre los intereses de las élites extractivas.

Estos son los límites de unos discursos que se pretenden rupturistas pero que son, en realidad, aspirantes más a la gestión del Estado, a la defensa de un statu quo imperial en el que entre los dominados se encuentra Catalunya y, por supuesto, nosotros.

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