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Neure kabuz

¿Hacia un nuevo orden internacional?

Por Jon Azua - Domingo, 8 de Enero de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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mientras tanto sus señorías (Congreso, Senado españoles) y el Gobierno inevitable del señor Rajoy (en palabras del PSOE en su apoyo de Investidura) disfrutan de unas vacaciones navideñas que se prolongarán durante todo el mes de enero, declarado inhábil, pese a aquel tan urgente presupuesto indispensable para “resolver los problemas reales de los españoles” duerme a la espera de tiempos mejores sirviendo de excusa al Gobierno para no aplicar las propuestas de la oposición, carentes de su correspondiente asignación económica, el recién terminado 2016 ha dejado un escenario mundial fuera de servicio, fuera de control, desordenado, según la traducción que concedamos al OUT of ORDER que el prestigioso presidente del Consejo de Asuntos Exteriores estadounidense, Richard N. Haass, sugiere.

La intensidad, gravedad y número de guerras y conflictos a lo largo del mundo se ha acrecentado y la confusión e incertidumbre aumentan día a día transmitiendo una sensación de fragilidad e impotencia aterradoras. Si bien 2016 no parece ser su origen, sí ha sido el marco para un elevado número de acontecimientos que parecerían cuestionar “aquellos principios tradicionales de un determinado Orden Internacional” en el que nos hemos movido en los últimos cuarenta años tras treinta de guerras en nuestro entorno occidental. El mencionado Richard N. Haass, en su último libro, A world in disarray: American foreign policy and the crisis of the old Order (Un mundo en desorden: La política exterior americana y la crisis del antiguo Orden. PenguinPress 2017) repasa un amplio número de episodios desde la Crisis de los Refugiados, la guerra en Siria, el ISIS y el terrorismo activo en curso, el irresoluble conflicto Israelí-Palestino, el rebrote bélico-gélido Estados Unidos-Rusia con otros relevantes episodios que, por decisión democrática, impacten en el puzle mundial (Brexit, elección de Trump en Estados Unidos, potenciales triunfos en Holanda y Francia de dirigentes anti-UE, entrada creciente de populismos y nuevos jugadores en la escena política, etc. o la nueva demanda antiglobalización, sin olvidar asuntos críticos como la salud y nuevos fenómenos epidemiológicos, cambio climático y desigualdades socioeconómicas…). Estos y otros destacados asuntos le llevan a reescribir su valoración del Orden Internacional (publicado con éxito hace unos años bajo el título World 1.0), que califica de World 2.0. Pretende llamarnos la atención sobre la necesaria reconstrucción de conceptos que la fuerza de la realidad ha transformado: Soberanía, Autonomía, Independencia, Autodeterminación, Estatalidad… para afrontar con éxito una nueva manera de convivir en un mundo interconectado en el que el poder unidireccional ha dejado de funcionar. Es, sugiere, el momento de introducir nuevas ideas y, sobre todo, un “soberanismo con obligaciones hacia los demás”. Elemento interesante que lejos de parecer algo ajeno a las necesidades y preocupaciones del día a día de los ciudadanos, condiciona o determina nuestras vidas.

Esta semana, tan solo tres posiciones muy distintas han concurrido en este espacio. Por un lado, mientras el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, declaraba su ya vieja y apolillada respuesta y posición sobre lo que ha llamado “el proceso o conflicto catalán”, indicando que está dispuesto a “hablar de todo salvo de soberanía, ya que esta solamente corresponde a todo el pueblo español y no es lo que nos preocupa hoy”, diferentes medios de comunicación “proclamaban” al presidente de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, “una de las mayores amenazas mundiales del 2017”, temerosos de cualquier proceso democrático que una región relevante en pleno espacio europeo aborde,de manera pacífica, autoorganizándose desde una desconexión negociada. No tan lejos, en Estados Unidos, a fuerza de tuits, el presidente electo Trump, amenazaba a las empresas estadounidenses con tasas y aranceles en caso de fabricar automóviles en México, su socio en el Nafta, Tratado de Libre Comercio, provocando la caída histórica (desde 1993, inicio del Nafta) del peso mexicano.

Atendiendo a Haass, los Estados (“aún del pasado”) tienen derecho a ejercer su soberanía (“como deberían tenerlo otras naciones o pueblos sin Estado o que no deseen formar parte de otros”) junto con la contrapartida de la “obligación”. Es decir, ha de velar por las consecuencias que provocan en terceros. Estados Unidos puede violentar o denunciar un Acuerdo Internacional de Libre Comercio (de la misma manera que en su día fue libre para promoverlo y firmarlo), pero no puede hacerlo sin los acuerdos necesarios para llevarlo a cabo y, mucho menos, sin asumir la corresponsabilidad y obligaciones que para con México, en este caso, conlleva; España puede mantener “su soberanía nacional”, pero no puede hacerlo sin la obligación de facilitar a Catalunya, si así lo desea, decidir negociar su salida o modificación de las condiciones actuales en un marco que no considera adecuado a su voluntad de futuro y, por supuesto, no parece razonable eche en cara al vicepresidente Junqueras que elabore un documento de promoción de inversión extranjera con los escenarios de deuda y financiación vigentes acudiendo a fondos de estabilización España-Catalunya que conforman el marco actual. Ya tendría Catalunya, al final del pacto de salida, un nuevo escenario en el que no deba pagar la cuantiosa parte de la deuda española y sea el momento de diseñar su propia financiación.

En esta línea, 2016 nos ha aportado algunos datos de interés: el 52% de los británicos decidieron, en libertad, apoyar el Brexit. En palabras de su primera ministra, TheresaMay, “no querían salir de la Unión Europea sino, sobre todo, construir un modelo y alianzas diferentes, desde sus propias preferencias y decisiones”. “Es nuestra gran oportunidad para repensar lo que en verdad queremos acordar con terceros a lo largo del mundo, tanto en el Reino Unido, como en y con Europa y con otros compañeros de viaje”. Parece razonable esperar que la nueva decisión no prevista por el gobierno conservador británico, les lleve a reformular una novedosa estrategia, tan compleja para el reino Unido (y para cada una de sus “piezas esenciales”, Escocia, Irlanda, Gales, Irlanda del Norte), como para la propia UE y cada uno de sus Estados Miembro (que, dicho sea de paso, tampoco tenían, ni tienen, una estrategia al respecto). Así mismo, el 57% de los estadounidenses quieren que su País se ocupe de problemas y políticas internas y se retire de su rol dirigente del mundo, en especial, en materia de defensa, evitando su intervención en países y conflictos que consideran ajenos. Tanto el presidente electo, Trump, como el candidato demócrata Sanders, asumieron esta bandera y, además, la trasladaron al terreno económico y, en especial, al ámbito de la producción: “Fabricar América, fabricando en América”. Trump “ha animado” a Ford y a General Motors a “volver a casa” a fabricar sus coches con un coste laboral por automóvil a 2.425 dólares contra los 970 dólares que les supone en México, país-socio en su Nafta que le exporta 250.000 millones de dólares al año y junto con el que ha construido uno de los más potentes corredores clusterizados de la industria de la automoción desde el Estado de México hasta Texas-Illinois en un referente geoindustrial mundial. ¿Será la forma que el señor Trumentiende le pagarán los mexicanos el Muro de su frontera o lo reinvertirá en formación y capacitación de su poca cualificada mano de obra? (un reciente Informe del Centro de Investigación del automóvil y la Cámara de Comercio Estados Unidos-Alemania, señala cómo el 69% de las 3.000 empresas subsidiarias alemanas implantadas en Estados Unidos considera que el nivel de formación de los trabajadores americanos es muy deficiente). Traer nuestras empresas a casa para fabricar en casa es una aspiración de todos. Pero, si no obedecen a razones de competitividad real y no se genera el espacio adecuado para ello, lejos de generar riqueza y valor para el País, se termina destrozando tejido empresarial sostenible garante del bienestar y prosperidad del espacio implicado. Soberanía, aquí también, es competitividad: aprender a competir y colaborar al mismo tiempo generando valor compartido. Ventajas y obligaciones recíprocas.

Un nuevo mundo global reclama un nuevo Orden Internacional en el que los nuevos jugadores ni se limitan a los de antes, ni han de someterse a las mismas reglas del juego, ni pueden someterse a voluntades y decisiones unilaterales. La fuerza de la estabilidad dominante del pasado no puede condenar a otros a someterse a decisiones unilaterales, ya sean de altos contenidos democráticos (autogobierno, independencia, soberanía…) o de asociación y alianzas comerciales o de la simple construcción de una infraestructura ferroviaria que te conecta con el resto de tus vecinos y al mundo.

Sin duda, 2016 ha provocado nuevas preguntas y debates. 2017 puede y debe suponer un avance para construir ese nuevo World 2.0/Mundo 2.0

En ese debate, soberanía, soberanía compartida, autogobierno, estatalidad e independencia están sobre la mesa. Mucho más que filosofía, principios y conceptos. También, sobre todo, identidad, pertenencia, competitividad, economía, prosperidad.

Un apasionante 2017.

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