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Por Txema Villate - Viernes, 17 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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Columnista Txema Villate

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HE de reconocer que de los Objetivos del Milenio (ODM) que se firmaron en las Naciones Unidas en el año 2000, solo me ha quedado en la mente que los países ricos financiaban una serie de proyectos de las ONG para eliminar la pobreza, el hambre y algunas enfermedades de los países menos desarrollados. Lamentablemente, ese era todo mi conocimiento y preocupación... hasta que hace unos meses he tenido la oportunidad de incorporarme al Consejo de Gobierno de Unesco Etxea y he podido conocer los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la Agenda 2030 que, a partir de enero de 2016, han sustituido a los anteriores.

Lo que ha llamado mi atención de los ODS es la concepción de estos nuevos objetivos, que no tienen nada que ver con continuar con la ayuda de los países ricos a los pobres. Se plantean como un reto para toda la humanidad en el que todos estamos implicados porque estamos hablando de la sostenibilidad del planeta y de todas las personas que vivimos en él. Son 17 objetivos, tienen carácter mundial y son universalmente aplicables tomando en cuenta las diferentes realidades, capacidades y niveles de desarrollo locales, regionales y nacionales y respetando las políticas y prioridades de cada uno de ellos.

Por ejemplo, en el ámbito de la “energía asequible y no contaminante” para los países de bajos ingresos, el objetivo sería incrementar el acceso a los servicios energéticos, mientras que, para los países con ingresos altos, el objetivo sería reducir el consumo per cápita de energía, todo ello en un continuo que pasa por la eficiencia energética y el aumento del suministro de las energías renovables.

No es nuevo este concepto de desarrollo sostenible, entendido como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades, siendo fundamental armonizar tres elementos centrales: el crecimiento económico, la inclusión social y la protección ambiental.

Lo que es nuevo para mí es el planteamiento de una agenda a escala mundial para afrontar este reto, definido a través de esos 17 objetivos. Estos se pueden agrupar en torno a las personas (pobreza, hambre, salud, educación e igualdad de género), al planeta (agua, consumo responsable, cambio climático, vida submarina y ecosistemas terrestres), a la prosperidad (energía no contaminante, trabajo y crecimiento económico, industria/innovación e infraestructura, desigualdades y ciudades sostenibles), y a la paz y la justicia. El último objetivo propone una Alianza Mundial por el Desarrollo Sostenible que movilice a los gobiernos en todos sus niveles, al ámbito privado, a la sociedad civil y a todas y cada una de las personas que habitamos este planeta y que con nuestras acciones contribuimos, o no, a su Desarrollo Sostenible.

No soy consciente de que alguna vez se haya planteado un reto semejante que pueda comprometer a toda la humanidad en un proyecto común, con una visión y unos objetivos que favorezcan el progreso económico, que aborden las necesidades sociales en todas sus dimensiones y que, a la vez que luchamos contra el cambio climático, promuevan la protección del medio ambiente. Suena a utopía, pero el primer paso está ya dado. En septiembre de 2015, se aprobó en Naciones Unidas y el 1 de enero de 2016 entró en vigor.

Este reto nos llama a sentirnos parte de una comunidad que trasciende de nuestros entornos y fronteras naturales o artificiales y de los intereses cortoplacistas para actuar de forma solidaria a largo plazo, lo que implica corresponsabilidad e interdependencia de nuestros recursos, políticas, procesos, productos, consumo… en fin, de cada una de nuestras actuaciones a nivel individual, político o empresarial.

Para las administraciones, en sus diferentes niveles, requiere una coherencia en la elaboración de sus políticas que tiene que ser liderada por su máximo responsable. En nuestro caso, el propio lehendakari Iñigo Urkullu presentó el año pasado en una Jornada sobre los ODS el Marco de Referencia para la Coherencia de Políticas para el Desarrollo en el País Vasco. Además, el marco de planificación estratégica del nuevo gobierno de la XI legislatura, Euskadi 2020, estructura sus 15 planes estratégicos en torno a las 5P del desarrollo sostenible: People, Planet, Prosperity, Peace y Partnership.

Para el mundo empresarial, sujeto a tantas metodologías, herramientas y modelos que fomentan la competitividad, los ODS pueden servir también de marco de referencia para su planificación estratégica, analizando cómo sus actividades, incluyendo toda la cadena de suministro, tienen relación con los 17 objetivos, estableciendo estrategias y metas encaminadas a contribuir a su consecución. Este planteamiento puede ser un buen elemento de reflexión cuando se quiere abordar cómo poner en marcha la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) o las nuevas tendencias relacionadas con el shared value: generar valor económico de tal manera que también se produce valor para la sociedad, al orientarse a solucionar sus desafíos. Una aproximación shared value conecta el éxito empresarial con el progreso social.

Si los ODS cuestionan a las administraciones y a las empresas, no podemos olvidar que también nos apelan a todos y todas, tanto en nuestro quehacer profesional como a nivel individual o familiar. Cómo consumimos, cómo nos desplazamos, cómo utilizamos los recursos que tenemos a nuestro alcance, comida, agua, electricidad, ropa, medicinas… cómo reciclamos, cómo compartimos…, en fin, cuántas cosas podemos hacer para contribuir a esta alianza mundial, que también va con nosotros.

Finalmente, si los analizamos desde el punto de vista de la innovación, nos encontramos con el Objetivo 9: “Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y fomentar la innovación”. En él se plantean, entre otras, una serie de metas relacionadas con el aumento de la investigación científica, la mejora de la capacidad tecnológica y el fomento de la innovación como elementos críticos para la prosperidad de la humanidad, objetivo que tiene un sesgo claro hacia la innovación tecnológica.

Sin embargo, desde mi punto de vista, el conjunto de los 17 objetivos plantean un reto para toda la humanidad y una alianza para su consecución que involucran a la administración, a los agentes científico-tecnológicos, a las empresas y organizaciones de todo tipo y a la sociedad en general (la cuádruple hélice de la innovación); puede ser considerado como el mayor proceso de innovación social jamás imaginado ni, por supuesto, abordado.

En Innobasque nos gusta citar a John Kao, autor del libro Innovation Nation que define la innovación para las ciudades, regiones y naciones como “el proceso por el cual construyen continuamente su mejor futuro deseado”. En línea con su propuesta, podríamos considerar que la innovación para nuestro planeta se puede definir como la “Alianza mundial por el desarrollo sostenible” representando los 17 objetivos el mejor futuro deseado para la humanidad. Este es mi sueño.

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