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Por Javier Otazu Ojer - Jueves, 20 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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tODOS los días tomamos múltiples decisiones, desde que abrimos los ojos. La primera suele ser si podemos apurar el rato en la cama y dormir, aunque sea, cinco minutos más. Posteriormente, cuando nos levantamos, elegimos un lado (que suele ser el mismo, somos animales de costumbres) y así comienza la rutina diaria. Sí: muchas decisiones son repetidas un día sí y otro también, en especial todas aquellas que tienen que ver con nuestras necesidades fisiológicas. Pero también es cierto que si nos levantamos con más energía debido a que hemos descansado muy bien o tenemos un acontecimiento especial lo natural es esmerarnos más en el momento del aseo. Lo contrario ocurre en el caso de tener una mala noche.

En todo caso, el buen descanso se torna cada vez más importante. Estudios realizados en Estados Unidos relacionan la calidad del sueño con los salarios de las personas en sentido creciente, e incluso puede ocurrir que la calidad del descanso sea más importante que el nivel educativo para explicar la renta de una persona. En resumidas cuentas: una buena noche es una base de un buen día.

La teoría económica tradicional se limita a explicar nuestras decisiones económicas. Cuando decidimos comprar un bien o servicio, tenemos dos cosas en cuenta: nuestro presupuesto y nuestros gustos. Si no tenemos dinero para hacer la transacción económica o el producto no es de nuestro agrado no hay nada que hacer. Si se dan las dos condiciones previas se debe dar otra adicional: que el precio del producto sea inferior a lo que estamos dispuestos a pagar por él (es lo que en economía se denomina precio de reserva). Un buen vendedor o un buen entorno de venta logran que dicho precio de reserva aumente. Y desde luego, está bien que así sea: no estamos hablando de ninguna estafa. Hubo un tiempo en el que la profesión de vendedor se llegaba a relacionar con personas que eran unos liantes. Y esa idea está muy alejada de la realidad: si lo pensamos un poco, todos somos, en cierta manera, vendedores. ¿Acaso un trabajador no está vendiendo su tiempo y su esfuerzo a cambio de su salario?

Los intercambios no son solo de una cantidad de dinero por un producto, no. Estamos constantemente intercambiando tiempo, dinero, energía, bienes y servicios

Así, aquí es a donde deseaba llegar. Los intercambios no son solo de una cantidad de dinero por un producto, no. Estamos constantemente intercambiando tiempo, dinero, energía, bienes y servicios (los cuales, cada vez más, consisten en experiencias). Y tener esa valoración clara es prioritario para tomar decisiones que contribuyan a aumentar nuestra felicidad.

El salario recibido por una hora de trabajo depende, en teoría, del valor mercado. Una modelo que pasea durante una hora por la pasarela cobra más que un agricultor que está recogiendo espárragos. Antes de trabajar, el salario de ambos está prefijado de antemano. Sin embargo, una persona que se dedica al autoempleo no sabe lo que va a ganar a la hora. Si el agricultor es propietario del campo, lo que gane dependerá del precio de venta, del número de espárragos vendidos y de los costes que haya tenido que afrontar para realizar su trabajo. En este caso hay incertidumbre, pero hay situaciones más extremas. Por ejemplo, artistas o algunos tipos de investigación. Un escritor que prepare una obra con esmero puede pasar del cero al infinito si gana un premio de prestigio. Se supone que estas personas disfrutan de otros ingresos, ya que en caso contrario asumen un riesgo enorme.

Estos ejemplos enseñan que estos intercambios de tiempo por dinero, como tantas cosas en la vida, tienen cierta incertidumbre. No obstante, hay más. Cuando comemos un alimento poco recomendado, estamos intercambiando un goce actual por dinero presente y energía futura. Cuando hacemos deporte, estamos intercambiando tiempo y energía presente (y dinero en algunos casos) por bienestar presente y energía futura. Cuando vamos al cine, intercambiamos tiempo y dinero por entretenimiento. Cuando estudiamos, intercambiamos tiempo y esfuerzo por conocimiento y mejores perspectivas futuras. Es obvio que en todos los casos la clave es el tiempo, y que una buena estrategia es plantearnos, en la medida de lo posible, intercambios positivos. Es mejor disfrutar del trabajo, del estudio o del deporte que sufrir por realizar esas actividades.

No obstante, existen dos tipos de intercambios más, los cuales nos llevan a dos escenarios. Uno es muy malo, otro es muy bueno. El primero, el intercambio de favores. Lo vemos en las altas esferas, en las puertas giratorias, en la alta política. Es muy triste y preocupante para nuestra convivencia. Salvo casos extremos, todos los partidos prefieren votar en contra del bien común (caso de la reforma de las pensiones o recientemente de la situación de los estibadores) si no reciben favores a cambio. Nos queda el escenario bueno: el de las relaciones humanas o con nuestro entorno.

Una buena relación de amistad o un paseo al amanecer al lado del mar no piden nada a cambio.

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