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El sacacorchos

Del aleluya al rock puro

Por Jon Mujika - Viernes, 21 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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Columnista Jon Mujika

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UBICADO en un templo religioso del siglo XVII (la que fuera iglesia de la Merced), Bilborock es hoy en día un espacio de vanguardia, donde el aleluya ha dado paso al rock puro, donde los oficios religiosos fueron sustituidos por piezas de teatro, donde la Biblia ya no es el único libro que se lee. “Allende la Puente” (con ese nombre se conoció a Bilbao La Vieja hasta el siglo XVIII) se produjo la transformación hace ya veinte años y el resultado ha sido espectacular: un éxito como un templo, dicho sea sin segundas y con el mayor de los respetos.

Dos décadas después, es la juventud la que se ha adueñado de aquellos muros, como la vegetación envuelve un sinfín de templos asiáticos, perdidos en la selva. Es la fe de los jóvenes, la fe en la diversión y en un mundo dinámico, la que impera. No una fe ciega sino apoyada en la creatividad. Es una ley de vida, como lo recordó el Ché Guevara en aquel legendario discurso, cuando dijo algo así como “la juventud tiene que crear. Una juventud que no crea es una anomalía”. Ahí están los jóvenes, creyendo en la vida y creándose una nueva, recreándosela. También lo dijo Mark Twain, cuando peinaba barbas canas: “It is better to be a young June-bug than an old bird of paradise”, lo que traducido viene a ser algo así como “Es mejor ser un escarabajo joven que una vieja ave del paraíso”. Tanta verdad encierra esa sentencia del siglo XIX en el siglo XXI que Flickr, la organización de fotografías digitales y red social, utiliza esa misma cita para algunas de sus portadas. Ya sé, ya, que la juventud no es sino una cuestión de calendario pero se ha impuesto como una virtud en este tiempo.

Son ahora esos jóvenes, nocherniegos por naturaleza, quienes celebran el esperado despertar de la madrugada entre aquellos muros. Es oírles celebrarlo y cobrar la certeza de que la juventud es una religión a la que uno siempre acaba convirtiéndose. Nosotros, los mayores, que tantas pocas cosas celebramos y con el ánimo casi siempre tan alicaído...

Habría que ponerlas en los platillos de la balanza de la vida, pero tengo la sensación de que las iniciativas de la juventud valen tanto como la experiencia de nosotros, los viejos. Así nos ven, aunque nos duela y haya un barniz de injusticia en esa generalización. Celebrémoslo con ellos y tal vez, con algo de fortuna, en algo nos contagien. Sería una hermosa epidemia.

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