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Historias de los vascos

De tipos y estereotipos La mirada de los otros

Muchos han sido los viajeros que a lo largo de la historia han dejado por escrito su impresión, no exenta de curiosidades, sobre los vascos y el país

Un reportaje de Marian Álvarez - Sábado, 3 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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‘Civitates Orbis Terrarum’, Colonia 1598.

‘Civitates Orbis Terrarum’, Colonia 1598.

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Los libros de viajes constituyen, según expresión de Ana Mª Freire, la forma literaria de la materia histórica. En sus distintas expresiones (diarios, apuntes, crónicas, memorias…) proporcionan numerosas noticias sobre las tierras visitadas y, convenientemente sometidas a un análisis crítico que elimine la subjetividad que las impregna, se convierten en una fuente de valor incalculable para el conocimiento del pasado. Acercarnos a los relatos, a los testimonios e impresiones de los viajeros extranjeros que, de paso o como destino final, visitaron el País de los Vascos, es el objetivo de este artículo.

Son viajeros de todo tipo y condición, que comienzan a dejar testimonios escritos en épocas medievales, para florecer en la Edad Moderna y explosionar en el siglo XIX. Voces y miradas ajenas, algunas de ellas teñidas de prejuicios ante pueblos que consideran inferiores, otras muchas plenas de curiosidad e interés casi científico, que buscan la fidelidad y objetividad del relato y otras, por último, que destilan admiración por el ambiente romántico y pintoresco que encuentran en esta tierra. De sus observaciones sobre el País recogeremos tan sólo aquellas que hacen referencia a sus habitantes, su carácter, su personalidad, sus costumbres… dejando para otra ocasión las descripciones del paisaje, la economía y, por supuesto, el idioma que, por diferente y extraño, fue el elemento que más llamó la atención de todos aquellos que nos visitaron.

Data del año 1140 el primero de estos relatos que, con una cierta extensión, se ocupa de los vascos. Se trata de una especie de guía del camino de Santiago, incluida en el Libro V del Codex Calixtinus, escrita por el clérigo francés Aymeric Picaud y su acompañante, la flamenca Girberga de Flandes. Producto posiblemente de una mala experiencia a su paso por estas tierras, son terribles y numerosos los descalificativos que nos dedica: de color negro, de aspecto innoble, malvados, perversos, pérfidos, desleales, lujuriosos, borrachos, agresivos, feroces y salvajes, desalmados y réprobos, impíos y rudos, crueles y pendencieros. Junto a esta retahíla, que continúa en parecidos términos, señalan, sin embargo, que en el campo de la guerra son de buena calidad, y para asaltar el campo o el combate, atrevidos. Surge así el primero de los estereotipos, la valentía y fortaleza de los hombres vascos, en el que incidirán viajeros posteriores añadiendo también nuevos rasgos, tales como un físico vigoroso, su amabilidad y afabilidad para con los forasteros y su carácter alegre. Pero será el médico Gaspar Stein, en el año 1610, quien introduzca otra característica que hará fortuna posteriormente: son ingeniosos, ilustrados, valientes, ágiles, defensores acérrimos de sus privilegios, diestros en el manejo de las armas, fáciles de atraer y sedientos de grandeza.

En efecto, el sentimiento de pertenencia a un pueblo y la conciencia de su singularidad se convertirá en otro de los aspectos más destacados y repetidos a partir de ahora en las descripciones de los viajeros, quienes reflejarán el amor de los vascos por su tierra y sus compatriotas, su carácter orgulloso y su empeño en la defensa de sus libertades.

Más instruidos y activos Respecto a los hombres de Vizcaya se dice comúnmente en España, como también en Francia, que prefieren robar a mendigar; no porque sean notables por robar, sino porque desprecian pedir. (…) en Madrid se tiene en general la idea de que los vizcaínos son más instruidos y activos que otros españoles; los vizcaínos se apoyan mucho unos a otros siempre que se encuentran fuera de su provincia, y promueven los intereses unos de otros (…) pero en cuanto los vizcaínos adquieren en Madrid alguna fortuna, abandonan el lugar y se retiran a sus amadas montañas, donde se construyen buenas casas y viven el resto de su vida con holgura y comodidad (Giuseppe Baretti, 1770).

…el más amable, más hospitalario y más preventivo del mundo cuando el extranjero es un visitante en paz, el vasco es un león excitado cuando la planta de un invasor profana su suelo libre, y apela a sus energías en defensa de su amada libertad que le fue trasmitida desde tiempo inmemorial (Sydney Crocker, 1839).

Las mujeres vascas, por su parte, merecieron muchas más páginas que los hombres. Prácticamente todos los viajeros que pasaron por el País les dedicaron su atención y prácticamente todos ellos también coincidieron en destacar los mismos extremos, mayoritariamente en tono elogioso, aunque no faltaron algunos, de moral quizás más rígida, como nuestro ya conocido Picaud, que las calificaron de impúdicas y de costumbres licenciosas.

Los extranjeros que recorrieron el País hasta el siglo XVIII manifestaron en primer lugar su sorpresa por la peculiaridad de sus peinados y tocados. Se asombraron sobremanera con los ya muy conocidos tocados corniformes propios de las mujeres casadas, pero no olvidaron poner también el acento en el aspecto de las solteras, que llevaban la cabeza descubierta y rapada hasta la coronilla, dejando sólo algunas mechas en la frente y los laterales.

…las mozas con las cabezas rapadas, salvo algunos mechones que se dejan de cabello largo (León de Rosmithal, 1465).

Las doncellas no casadas van con la cabeza descubierta y llevan sobre la cabeza desnuda ánforas, vasijas y cualquier cosa no ligera… Inmediatamente después de casarse cubren su cabeza con un velo y la tapan, como con un casco, con una cinta de lienzo de color dorado que enrollan de manera que sobresale un poco sobre la frente a la manera de un cuerno. Es gente afable, elegante y alegre. Los hombres nunca van sin armas y menos aún sin arco y flecha, ni siquiera a la iglesia (Georg Braun, Civitates Orbis Terrarum, 1575).

A partir del siglo XVIII los visitantes foráneos registrarán el cambio de las modas y pasarán a elogiar ahora los cabellos de las jóvenes, peinados en largas trenzas y adornados con lazos de colores, un arreglo que contribuirá a aumentar, más si cabe, su belleza natural, otra de las cualidades ensalzada en todos los relatos que estudiamos. Hermosas, esbeltas, coquetas, altas, gráciles, alegres, de cutis fresco y tez lozana… serán expresiones repetidamente usadas en sus escritos para describir a las mujeres vascas.

Su fresca tez, sus ojos negros y fogosos, su hermosa cabellera, la plenitud y la proporción de su talla, la vivacidad de sus modales, todo ello es encantador para el forastero (Christian August Fischer, 1797).

De talla superior a la media, con hermosa figura, ojos negros, pelo trenzado hasta casi los pies, pañuelos de alegres colores coquetamente colocados en las cabezas, algunas tenían caras muy bellas, con una expresión viva e inteligente en el semblante (Alexander Slidell Mackenzie, 1834).

Con ser la belleza uno de los elementos recurrentes, habrá sin embargo otro aspecto que concitará, más si cabe, el interés y la atención de estos turistas en su caminar por el País. Será la laboriosidad y la capacidad de trabajo de la mujer vasca, a la que visionaron desempeñando los más duros oficios y labores, provocando su sorpresa y admiración.

Mujeres en la fragua En Bilbao ellas son ganapanes y mozos de cordel de la Villa, que cargan y descargan los navíos. Van descalzas de pie y pierna, y desnudos los brazos y por la robustez de los músculos que se las ven, se puede conjeturar la fuerza que alcanzan (…) sostienen y llevan sobre la cabeza fardos tan pesados, que son menester dos hombres regulares para ponérselos encima (William Bowles, 1775).

En ninguna parte he visto como aquí tantos trabajos y tan penosos ejecutados por mujeres. En la parte española labran frecuentemente, inclinadas sobre la agria laya, (…) en Bilbao llevan los más grandes pesos sobre la cabeza, en particular barras de hierro; hasta en la fragua las vi ocupadas con el martillo y el yunque (Wilhelm Von Humboldt, 1801).

Valientes y aguerridos los hombres, bellas y trabajadoras las mujeres. Alegres, todos ellos. Será ésta, la alegría, el gusto y la pasión por el baile y la fiesta como colofón de todas las actividades, otra de las características innumerables veces repetida en los libros de viajes. Fue Diego Cuelbis en 1599 el primero en mencionarla al describir a las mujeres que se le acercaron saltando a la morisca, con las castañuelas y el tamboril y serán, dos siglos más tarde, Fischer y Humboldt quienes nos ofrecerán una descripción más elaborada al darnos cuenta de las romerías a que asistieron a su paso por Bizkaia.

Una romería es una fiesta para todo Bilbao y es para el espectador no menos fiesta que para el bailarín, porque es general la pasión hacia esta diversión (Christian August Fischer, 1797).

En medio de esta laboriosidad, son los vascos el pueblo más animoso y expansivo que pueda verse, y al día de labor más fatigoso sigue a menudo música y baile (Wilhelm Von Humboldt, 1801).

Con la afición por la música y el baile y una curiosa cita de W. Bowles finalizan estas breves pinceladas que intentan resumir las descripciones de los tipos, tópicos y estereotipos más comunes en la literatura de viajes referidos a los vascos. Queda a nuestro criterio y particular reflexión dictaminar y valorar lo que de cierto, verdad y fundamento pudieran contener y lo que de ellos pudiéramos hoy todavía conservar.

Sea como fuere, me pareció que los ingleses y alemanes son sobrios en comparación de muchos vizcaínos que yo vi; y con todo eso, es cosa muy rara hallar un borracho (…). Yo creo proviene la diferencia de que los vizcaínos rara vez beben sin comer bien. Hombres y mujeres almuerzan, comen, meriendan y cenan; y si no fuese por los achaques que a veces resultan de esto, vivirían ociosos los pocos médicos que hay en Vizcaya (William Bowles, 1775).

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