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Piratas

Por José Serna Andrés - Martes, 6 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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LES falta un parche en el ojo, la pata de palo, el loro, el garfio, el pistolón, el sable y el bergantín, pero se consideran a punto de abrir el cofre del tesoro cuando han infectado cientos de miles de ordenadores en más de setenta países, ordenadores públicos y privados en hospitales, grandes empresas, ministerios, redes ferroviarias… El caso es abordar un tesoro, cercarlo, y pedir ingentes sumas de dinero. ¿Qué diferencia hay con esos otros piratas enganchados al garfio de la corrupción que pensaban que no se les iba a ver el parche y que han esquilmado galeones llenos de tesoros en ayuntamientos y administraciones públicas?

Lo que sucede es que el ataque virtual ha sido masivo, hospitales, ministerios , redes ferroviarias, empresas de mensajería y telefonía que, supuestamente, están blindadas, han sido atacadas. ¿Cuántos barcos han sido hundidos o no han tenido más remedio que entregar parte de sus tesoros? No lo sabemos porque las estadísticas en estos casos dicen, con Espronceda, que la luna en el mar riela. Si se paga, no se dice.

Siempre ha habido debate en torno a la piratería. Incluso en ocasiones se ha envuelto en un halo romántico que ha relativizado la cuestión moral en torno al robo y al saqueo, porque también se cuestiona si algunos de los barcos saqueados no vienen también de recoger un tesoro robado, o conseguido injustamente. La piratería, que es otra forma de definir la guerra a menor escala, siempre ha estado relacionada con la posesión de territorios, mercancías y las rutas del comercio. Interceptar una mercancía, robarla, saquear en tierra o en el mar, con bandera pirata o sin ella, es una constante en la historia humana. Ahora se hace virtual y se esconde la bandera.

En la historia de la piratería ha habido ensenadas, lugares alejados, protegidos, apropiados para acechar, atacar y esconderse. Lo que convierte en especial el ataque virtual de estas fechas es que no se trata de bergantines aislados que tratan de abrirse camino con escaramuzas burdas entre barbas largas y naves obsoletas. En estas fechas se han confabulado Drake, Morgan y Barbarroja, han librado una gran batalla o, lo que es más intrigante, quizá no han hecho más que realizar unas pruebas de fogueo para intentar comprobar los resultados del experimento.

Parece que las grandes empresas, y las grandes potencias, también algunas de las que han intervenido en el pirateo de datos y volcado sistemático de informaciones falsas en las redes para influir en los comicios de diversos países, se están preparando para defender sus puertos virtuales e, incluso, para atacar bergantines enemigos, pero la respuesta es, de nuevo, la de Espronceda: “¡Sentenciado estoy a muerte! / Yo me río: / no me abandone la suerte, / y al mismo que me condena / colgaré de alguna antena / quizá en su propio navío”.

¿Quién será más fuerte? Hoy es fácil alardear de que el robo y el pillaje legal es libertad. Las guaridas están escondidas en muchas partes, quizá también en estos lares. Parece que quienes vencen tienen patente de corso y quienes pierden se sienten proscritos.

No hay duda de que nos encontramos en una coyuntura fascinante. ¿Se trata solo de personas furtivas, vagabundas, aisladas, lobos solitarios, con grandes conocimientos informáticos o de flotas en guerra, de las potencias mundiales, que dirimen también desde este flanco los grandes intereses políticos o comerciales? ¿Seremos capaces de analizarlo desde un debate moral que tiene en cuenta a las víctimas, especialmente a las más débiles? ¿Seguirá, siendo atractivo para la imaginación el robo y el crimen? Porque siempre han estado unidos a pesar de que lo adornemos con frases esproncedianas: “Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad;/ mi ley, la fuerza y el viento;/ mi única patria, la mar”. El virus que infecta los ordenadores para robar o hacer daño es preocupante, pero el virus que afecta a las conciencias para justificar todo tipo de tropelías tiene peor solución.

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