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Historias de los vascos

La evacuación de los niños del sanatorio de Gorliz en 1937

La Guerra Civil supuso un doloroso punto y seguido en la enfermedad de los niños ingresados en Gorliz, que fueron evacuados por el Gobierno vasco a sanatorios de Francia

Un reportaje de Iñaki Goiogana - Sábado, 10 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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Recibimiento en Bilbao a los niños evacuados de Gorliz. En el centro, con los ojos cerrados, el alcalde Areilza. Fotos: Sabino Arana Fundazioa

Recibimiento en Bilbao a los niños evacuados de Gorliz. En el centro, con los ojos cerrados, el alcalde Areilza. Fotos: Sabino Arana Fundazioa

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LA tuberculosis, una enfermedad antigua, adquirió caracteres de epidemia en el siglo XIX debido a la masificación que implicó la revolución industrial. La falta de higiene en las ciudades multiplicó los efectos de la enfermedad. Para hacernos una idea de su incidencia entre nosotros basta decir que en nuestro caso, para Bilbao, una ciudad de unos 80.000 habitantes, en el período entre 1878 y 1888 se ha calculado que hubo unos 6.000 casos de tuberculosis, con una de las tasas de defunción infantil más altas de Europa.

Aunque desde 1882, gracias a los descubrimientos de Robert Koch, era conocido el denominado bacilo de Koch, la bacteria que producía la enfermedad, el arsenal terapéutico contra ella era escaso: sol, aire libre, alimentación y unas cuantas técnicas quirúrgicas de carácter corrector.

Sin embargo, en la lucha contra la enfermedad, algunos investigadores pudieron observar en pueblos pesqueros del canal de la Mancha cómo los jóvenes con escrofulosis sanaban cuando se incorporaban a sus tareas pesqueras en la mar. Para estas formas osteoarticulares y escrofulosas de la enfermedad se crearon los sanatorios marinos, en los que la acción terapéutica se basaba en la asociación de varios factores: la helioterapia reforzada por la reverberación marina a las que se añadía la mayor riqueza en iodo de la atmósfera junto a las playas. Toda esta acción ecológica se completaba en los sanatorios marinos con el efecto de los ejercicios de rehabilitación, las tablas de gimnasia, el masaje, los baños en agua de mar y otras técnicas que una incipiente terapéutica física ponía al servicio del enfermo.

La tuberculosis y Gorliz Enrique de Areilza, personalidad médica de la Bizkaia de la época, tras visitar los pueblos pesqueros de la provincia, también se apercibió de los efectos benéficos del mar en los enfermos de tuberculosis y solicitó a la Diputación la construcción de un centro similar a los que se estaban estableciendo en Europa.

De este modo, el sanatorio de Gorliz nació con unas intenciones muy definidas: ser un centro de tratamiento de las formas osteoarticulares tuberculosas infantiles, el mal de Pott o tuberculosis vertebral, el tumor blanco o tuberculosis de rodilla, entre las formas tuberculosas, así como otras afecciones de diversa etiología como las malformaciones vertebrales de causa no tuberculosa, el raquitismo y también las formas llamadas entonces escrofulosas, que hoy sabemos que correspondían a tuberculosis ganglionares.

El sanatorio de Gorliz surgió de la acción de Enrique de Areilza y de Luis de Salazar, presidente de la Diputación, pero su iniciativa transcendió a toda la población. Luis Larrinaga Maurologoitia fue quien materializó las ideas de Areilza y quien dirigió el centro desde su fundación en 1919 hasta 1937.

La guerra La guerra civil desde sus comienzos mostró cuán mortal y destructora podía llegar a ser una guerra moderna, una guerra industrial. Mostró también que la muerte y la destrucción no se limitaban al frente; utilizando la aviación, tenía la capacidad de llegar más allá de los frentes, y a menudo llegaba. Para enfrentarse a los miedos creados por los bombardeos de ciudades y pueblos sin protección, el Gobierno vasco procedió a evacuar a quienes no estaban llamados a filas, sobre todo, niños, mujeres y ancianos.

Los franquistas iniciaron la ofensiva contra Bizkaia el 31 de marzo con el bombardeo de Durango. A finales de mayo, el 29, iniciaron los combates para ocupar Peña Lemona. Lo lograron el 5 de junio, tras duras luchas y tras cambiar de mano la cumbre en varias ocasiones. Entonces, el frente se estacionó entre Mungia y Peña Lemona, con el Cinturón de Hierro casi a la vista de los sublevados, muy cerca, pues, del sanatorio de Gorliz.

Evacuación Pocos días antes, el 31 de mayo de 1937, Alfredo Espinosa, consejero de Sanidad, remitió un telegrama a la delegación de Baiona instando la búsqueda de un edificio adecuado para albergar a los niños de Gorliz y a sus acompañantes. En principio, unos 350 niños y 50 mayores.

La evacuación, como todas las que hasta entonces se llevaron a cabo, se anunció en la prensa y se realizó solicitando el expreso permiso de los padres. Fue deseo del Gobierno vasco que los niños en el exilio recibieran la misma atención médica que en Gorliz y es por eso que se trasladó a Francia gran parte del material médico y de otro tipo. Desde material de rayos X hasta ropa infantil. El de Gorliz fue el único hospital evacuado en su totalidad.

La evacuación se hizo en dos viajes. La primera expedición partió al anochecer del día 10 de junio en el yate Goizeko Izarra, renombrado como Warrior y abanderado en el Reino Unido para evitar complicaciones con la marina franquista. En total, formaban la expedición 139 niños, 6 hermanas de la Caridad, 14 auxiliares y el consejero Alfredo Espinosa.

La segunda expedición partió a las 6 de la mañana del día 13, también en el hermoso yate Goizeko Izarra o Warrior. Esta vez partieron 131 niños y 13 monjas, de los cuales 25 procedían del Sanatorio Marítimo de Plen-tzia. Aprovechó este viaje para salir al extranjero el director del sanatorio, doctor Luis Larrinaga. En ambos viajes, desde el puerto de arribada, Baiona, en ambulancias, los niños fueron trasladados a Saint Christau. No le resultó fácil al Gobierno vasco dar con un lugar apropiado para albergar a estos niños. Los responsables municipales de Iparralde y Francia, temerosos de la tuberculosis, pusieron trabas a la acogida en sus pueblos a los pequeños evacuados de Gorliz. Pero, finalmente, a pesar de los impedimentos municipales y de la oposición del prefecto de Pau, los niños fueron llevados a Saint Christau, hermosa estación balnearia con capacidad global superior al número de niños evacuados, y en la cual se gozaba de un amplio parque y jardines de recreo. Clima de media montaña, húmedo, nada frío y, ante todo, sedante y calmoso. Alimentación sana, variada y abundante.

Berck-Plage El traslado de los niños a Saint Christau no hizo disminuir las presiones del prefecto de Pau. Ocurrió todo lo contrario, y el departamento de Sanidad del Gobierno vasco se vio obligado a buscar un nuevo centro sanitario para acoger a los pequeños evacuados. La solución se halló en la costa del canal de la Mancha, en Berck-Plage. Un lugar especialmente apropiado, pues Berck-Plage fue el lugar donde se establecieron los primeros sanatorios contra la tuberculosis osteoarticular y escrofulosa, siendo sus centros sanitarios de fama mundial. Además, los métodos que se utilizaban en Berck-Plage eran muy similares a los que se aplicaban en Gorliz.

El traslado de los niños y niñas de Saint Christau a Berck-Plage se realizó en dos viajes por carretera. El 14 de julio partieron de Saint Christau 25 niños, los más enfermos, con sus acompañantes, los restantes 140 partieron días más tarde, el 3 de agosto.

Regreso El franquismo utilizó para la polémica propagandística las evacuaciones de población infantil llevadas a cabo por el Gobierno vasco. En torno a estos niños se desarrolló una campaña de propaganda muy intensa, sobre todo en torno a los niños evacuados a la URSS y a los pequeños trasladados a Francia desde Gorliz.

Dentro de esta campaña y casi a la par de la ocupación de Bilbao por los sublevados, la Diputación franquista de Bizkaia emprendió la tarea de repatriar a los niños evacuados. Con este fin, realizando la Cruz Roja Internacional labores de intermediación, autoridades del Gobierno vasco y franquistas mantuvieron varias entrevistas. Estas se tornaron muy difíciles por los intentos de las nuevas autoridades de presentar peticiones paternas de repatriación que resultaron falsas y por la desconfianza del Gobierno vasco sobre los documentos que presentaban los franquistas.Aunque estas dificultades supusieron la retirada de la Cruz Roja de las negociaciones, las entrevistas prosiguieron hasta el acuerdo final, al que se llegó el 7 de agosto.

El 9 de agosto, el doctor Bilbao, en representación del Gobierno de Euzkadi, y el cónsul francés en Zaragoza, señor Tur, firmaron el acuerdo definitivo por el que 108 niños, todas las hermanas de la Caridad y muchas de las auxiliares tomarían el camino de regreso a casa. Con los niños retornó gran parte del material médico y no médico evacuado. Ese mismo día 9 cruzaron los niños la muga acompañados del comandante Troncoso y de Antonio Maseda, delegado especial para la Protección y Repatriación de la Infancia. En Bilbao les recibió José María de Areilza, primer alcalde franquista de la ciudad e hijo del doctor Areilza. Desde Bilbao, los niños fueron trasladados a Gorliz para seguir con su tratamiento.

De los 165 niños que quedaron en Francia, 37 fueron repatriados a principios de 1938 valiéndose de una petición hecha por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Otro grupo crecido de niños, formado por 76 en número, regresó el 30 de agosto de 1939. El resto permaneció en Francia, primero en Berck-Plage hasta el verano de 1939, y, más tarde, junto a sus padres y en refugios del Gobierno vasco. Diez niños tuberculosos evacuados de Gorliz fallecieron en el exilio debido a la gravedad de sus dolencias.

Conclusión En la guerra, en general, como en la evacuación de los niños del sanatorio de Gorliz, en particular, se enfrentaron dos formas de ser, la democrática frente a la fascista. Ante el Gobierno vasco que hizo públicas sus intenciones de evacuar a los niños y solicitó expresamente el consentimiento a los padres, las autoridades franquistas falsificaron solicitudes de progenitores para su utilización partidista. Ante la labor de ayuda a la población necesitada se opuso la propaganda de guerra.

Pero las marrullerías franquistas no se limitaron a las falsas solicitudes paternas. El consejero Espinosa también fue objeto de traición cuando el 21 de junio volvía de Iparraldede atender a los evacuados a Santander para reunirse con sus compañeros de Gobierno y el piloto del avión en el que regresaba lo entregó en la playa de Zarautz a los sublevados. Espinosa, un digno sucesor del doctor Areilza, cayó frente al pelotón de ejecución.

En paralelo, pero en el otro extremo, José María de Areilza,alcalde Bilbao e hijo del doctor Areilza, en un discurso pronunciado el 8 de julio de 1937, afirmó que Bilbao había sido “conquistado por las armas”, y añadía que había“caído vencida para siempre esa horrible pesadilla siniestra y atroz que se llamaba Euzkadi y que era una resultante del socialismo prietista de un lado, y de la imbecilidad vizcaitarra por otro”. Fascismo en estado puro frente a democracia. No se hizo excepción con los niños.

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