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Tribuna abierta

Economía de los afectos

Por Joseba Eceolaza - Miércoles, 26 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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DICE acertadamente Edurne Portela que ha existido, en lo referido a la violencia reciente que hemos padecido, una tendencia a la economía de los afectos. Primero miramos quién es la víctima y luego decidimos la intensidad de nuestra solidaridad. Ha existido, y desgraciadamente sigue existiendo, una valoración asimétrica del dolor. Nos sentimos cerca del dolor de los nuestros y somos unos perfectos matizadores cuando el dolor es de los otros.

Contraponemos unas épocas con otras y unas víctimas con otras como si así pudiéramos solventar de un plumazo el asunto de la ceguera moral que hemos padecido. Nos cuesta no caer en el relativismo moral, nos cuesta no contextualizar un asesinato y, lo que es peor, nos cuesta no contraponer unas víctimas con otras, como si así estas se compensaran. Como si ante nuestra insensibilidad nos calmara que “los otros” también agredieran a los nuestros. Siempre hay un “lo que ellos han hecho es peor” que nos calma y reconcilia, sin advertir que así la zanja de la crueldad va haciéndose todavía más evidente. Y esto es algo que debemos quebrar, porque amenaza nuestra moralidad, porque resulta terrible pensar que el asesinato resulta menos espantoso si sabemos que hay maldad también en el otro.

El debate sobre las víctimas, desgraciadamente, sigue estando excesivamente politizado y eso dificulta el acercamiento y la reconciliación éticamente madura. Ana Beltrán nos acusó a quienes habíamos redactado la Ley de reparación a víctimas de violencia policial de equiparar a víctimas y verdugos. Una locura decir eso, sobre todo porque en la exposición de motivos precisamente lo que hacíamos era definir una línea éticamente clara.

A cuento del homenaje a Miguel Ángel Blanco, se ha enconado el debate. El PP, ciego y cruel cuando se trata de las víctimas del franquismo, intenta patrimonializar la solidaridad hacia las víctimas del terrorismo como si no hubiera habido militantes del PSOE, de CC.OO., magistrados, policías sin afiliación política o civiles que pasaban por allí asesinados. Y, sobre todo, y lo peor, confunde la razón política con la solidaridad hacia quienes fueron asesinados.

El debate sobre las víctimas, desgraciadamente, sigue estando excesivamente politizado y eso dificulta el acercamiento y la reconciliación, nos cuesta no caer en el relativismo moral, no contraponer unas víctimas con otras

Singularizar la historia En todo caso, en esto del recuerdo suele ser habitual, y muchas veces positivo, personalizar en la figura de una persona el recuerdo ante unos hechos que queremos tener en cuenta. Y por ello, Miguel Ángel Blanco y todo lo que rodeó a su cruel asesinato, es una buena forma de transmisión ética del relato, sobre todo por varios motivos. En primer lugar, cómo se produjo su asesinato lo hace singular y especialmente inhumano; en segundo lugar, la movilización social ante semejante barbaridad fue inédita, original y masiva; en tercer lugar, supuso un punto de inflexión en el desprestigio social de la violencia; y en cuarto lugar, para muchos fue un choque brutal contra una realidad que hasta entonces nos resistíamos a ver.

En el caso de la memoria histórica ha sido muy habitual y muy pedagógico singularizar la historia del sufrimiento. Lo hemos hecho con las 13 rosas, con Federico García Lorca, con Camino Oscoz y, sobre todo, con Maravillas Lamberto, la joven de Larraga de 14 años violada y asesinada junto con su padre Vicentón, militante de la UGT.

Por eso singularizar la historia tiene la virtud de empatizar con la tragedia, de entenderla mejor, de ponernos en el lugar de una persona que fue acosada, vejada y finalmente asesinada por sus ideas. Y eso no tiene porqué invisibilizar otros hechos, ni generar una jerarquía entre las víctimas del terrorismo (como aparentemente pretende el PP).

Más allá de una moral compasiva Por lo tanto, a mi juicio el problema de fondo no es tanto personalizar el drama del tiro en la nuca en una persona, sino el relativismo moral con el que miramos a esto de la solidaridad humana. Matizar, excusar o contraponer realidades sufrientes creo que nos insensibiliza, nos aleja de esos ojos que han sufrido y esperan de nosotros y nosotras un gesto de acercamiento. El uso de la violencia crea sujetos violentos que miran con desprecio al que piensa diferente. Por eso, la única forma de reconciliarnos con un pasado que se está cerrando es tratar de construir una ética universal, que es más que una moral compasiva, porque mira al pasado no sólo para relatar una historia, sino también para juzgarla y superarla con honestidad, mirando a las víctimas con empatía.

Dos ejemplos, aparentemente de signo opuesto, han arrojado algo de luz en la senda de la reparación y la reconciliación. Chema Herzog, del PP de Euskadi, dijo en 2013 que “la convivencia se basa en el cese del agravio, porque el agravio lleva al rencor, y el rencor a la venganza (..). Si queremos convivencia, tenemos que tener clara la idea de justicia y reparación. Todas las personas tienen que bajarse de su eterna reclamación”. El alcalde de Renteria, Julen Mendoza (Bildu) dijo hace poco en un acto junto con víctimas de ETA: “Si no hemos acompañado correctamente, pido perdón por ello en nombre del Ayuntamiento y en el mío propio”.

Ojalá ese ejemplo vaya cundiendo, porque tirarnos a la cara continuamente unas víctimas y otras sólo hará que la tarea de la reconciliación sea menos productiva, menos cercana, más frustrante.

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