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La revolución de la inteligencia

Por Gerardo del Cerro Santamaría - Sábado, 29 de Julio de 2017 - Actualizado a las 08:12h

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RECUERDAN el famoso artículo del historiador Francis Fukuyama, publicado en 1989, en el que postulaba El fin de la Historia? Fukuyama proclamaba por entonces el triunfo universal de la democracia liberal y los valores occidentales, en un momento, el del hundimiento de la Unión Soviética, en que el principal enemigo ideológico del llamado “mundo libre” estaba desapareciendo de forma vertiginosa sin que la mayoría de observadores y analistas fuese capaz de predecirlo o siquiera atisbarlo. Sabemos hoy que la hegemonía liberal que preconizaba Fukuyama ha quedado en entredicho con el surgimiento de la multipolaridad global, con China y Rusia a la cabeza de las alternativas sociopolíticas a Occidente, y con la amenaza del mundo yihadista, en constante y violenta oposición a la modernidad cultural y política heredera, con variantes y reconstrucciones, de la Ilustración.

Como confirmación de que la Historia no tiene fin, en estos años ha aparecido en el horizonte un enemigo distinto del liberalismo y la democracia, y no es otro que la revolución de la inteligencia que traen consigo los fascinantes avances en biociencia, bioingeniería y tecnologías de la información de las últimas dos décadas. Un ejemplo ya clásico es la Inteligencia Artificial (IA), la capacitación de las máquinas para percibir el entorno y realizar acciones que maximicen sus posibilidades de éxito en tareas de aprendizaje y resolución de problemas. Aunque la vieja promesa de la IA de crear máquinas tan sofisticadas y potentes como el cerebro humano no se ha cumplido todavía, en los últimos años los avances han sido asombrosos: aprendizaje automático, potentes algoritmos, gigantesca capacidad de procesamiento y Big Data han llevado a plantear la posibilidad de crear máquinas capaces de automejora recursiva y con ello a una verdadera revolución de la inteligencia en dispositivos no humanos, aptos para competir con -y quizá crear y controlar- el cerebro biológico, al decir de Ray Kurzweil y otros optimistas irredentos acerca del poder de la ciencia y la tecnología.

El reto a la tradición liberal y a la democracia parece servido, aunque queda por materializarse su alcance real. Pero los daños a la libertad individual y a la privacidad los estamos sufriendo ya. Se diría que la biociencia nos lleva a la conclusión de que el individuo es meramente una ficción útil, un ensamblaje de algoritmos bioquímicos, y el libre albedrío queda severamente limitado porque las opciones entre las que podemos elegir son decididas por los algoritmos de los sistemas estadísticos públicos, por Google o por Amazon. Michel Foucault no se ocupó específicamente de la IA, pero supo ver hace cincuenta años los riesgos del capitalismo de la vigilancia alimentando los aparatos del Estado moderno. Y en su conocido debate televisado con Noam Chomsky, Foucault defendía la idea de que la naturaleza humana no existe sino que es un ensamblaje biopolítico.

La biopolítica de Foucault es precursora del paisaje al que parece abocarnos la biociencia contemporánea, en el que la naturaleza humana empezaría a estar científicamente construida de un modo fundamental. Si progresivamente nuestras capacidades humanas, nuestra libertad para decidir y nuestras aspiraciones para imaginar y recordar quedan determinadas por Big Data, y si además la ciencia y la tecnología, en su trayectoria imparable de descubrimientos, son capaces de recrear el cerebro humano en algún momento del futuro cercano, la cuestión fundamental que se plantea es si Homo Sapiens está llegando al final de su evolución. Este es el argumento del historiador Yuval Noah Harari, en su libro Homo Deus, que es recomendable leer después de disfrutar de su también fascinante Sapiens.

El optimismo de Harari respecto al poder de las tecnologías de la información y la biociencia contribuye a dotar al libro de ciertos tonos épicos. Se nos dibuja una distopía futura en la que la humanidad es producto de una radical fractura (que yo denomino bioscience divide), donde el poder y los beneficios de la revolución de la inteligencia son monopolizados por una élite muy minoritaria. Los contornos de esta narrativa no son nuevos, aunque los elementos que la componen lo sean. Es la historia de la relación entre el avance material humano, el capitalismo y el humanismo. Capitalismo y humanismo (génesis del liberalismo moderno) han discurrido unidos a partir de las revoluciones gemelas del siglo XVIII. Lo que Harari plantea seriamente es la posibilidad de que ambos se separen en el siglo XXI y que en distintos países, o incluso en todo el mundo, se desarrollen economías altamente sofisticadas, eficientes y gobernadas por criterios científicos sin que los gobernantes vean necesario implantar criterios liberales y democráticos en la gestión del poder.

En verdad, esta no es una preocupación novedosa. En Técnica y civilización (1934), el filósofo y urbanista estadounidense Lewis Mumford proporcionaba una lectura crítica del papel de la ciencia y la tecnología en las sociedades humanas y planteaba que los impactos de las máquinas desde la Revolución Industrial no habían sido asimilados por los humanos debido a una falta de comprensión de sus formas de apropiación, con lo que se producía una situación de instrumentalización de la máquina para propósitos espurios con consecuencias negativas para el desarrollo de la humanidad. Otro argumento similar al de Harari, en otro contexto, es el planteado por Dani Rodrik: la potencial separación entre capitalismo y humanismo vendría dada por el trilema de que la integración económica global solo pueda darse de forma efectiva a costa de la democracia o la soberanía nacional. Que investigadores diferentes en campos dispares alcancen similares pronósticos alimenta la relevancia y el poder explicativo de sus conjeturas.

La revolución de la inteligencia y el advenimiento de Homo Deus que Harari proclama han de ser interpretados como una advertencia: los principales productos del siglo XXI serán cuerpos, cerebros y mentes y la distancia entre aquellos que sepan cómo diseñar y construir cuerpos y cerebros y aquellos que lo ignoren será mayor que la distancia cognitiva entre Sapiens y Neanderthalis. En el siglo XXI, aquellos que ocupen un lugar en el tren del progreso adquirirán habilidades divinas de creación y destrucción mientras que los que se queden en el andén se enfrentarán a una extinción segura.

La evidente y dramática paradoja de este horizonte perverso es que la humanidad parece estar cultivando un futuro que, si se cumple, hará redundante a una buena parte de sus miembros. Puesto que el progreso científico y tecnológico es imparable, el camino a seguir para no sucumbir a Homo Deus es el de reforzar una perspectiva humanista que lo dote de fundamento y sentido: una visión factible de las normas de la biociencia con fines humanos. El proyecto humanista, con sus fallas y decepciones, es posiblemente el único capaz de hacer avanzar nuestra estructura de sentimientos morales, apenas diferente ahora de la de hace milenios a pesar del progreso material y científico de que la humanidad ha sido capaz en ese largo periodo. Para ello deberíamos educarnos en el ágora y cultivar de forma prioritaria la capacidad de cooperación, de identificación con el diferente y la empatía con el sufrimiento humano como atributos primarios de nuestra conciencia y nuestras acciones. Es posible que, a la par que afrontamos la revolución de la inteligencia, tengamos que hacer esforzadamente una revolución del comportamiento y de la voluntad, de la educación y de la política.

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