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Apostasía

Por Enrike Zuazua - Viernes, 11 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Columnista Enrique Zuazua

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lAS cruentas guerras de inspiración religiosa que han bañado de sangre la historia de la humanidad aún no han concluido. La libertad de culto genera tensión también en nuestras modernas sociedades democráticas, que se ven obligadas a realizar delicados compromisos para compatibilizarla con la igualdad de derechos de todos los ciudadanos. De ahí que la apostasía sea un derecho, el de renunciar a una religión, cuando el individuo se ha visto adscrito a ella sin haber realizado una opción libre y consciente.

Pero la apostasía es a veces también y desafortunadamente impuesta por terceros, bajo coacción, amenaza o tortura, negando precisamente la libertad de culto, obligando a las víctimas a abjurar de la propia religión. Aún hay rincones en los que la gente se ve forzada a la apostasía o, lo que es peor, donde se puede perder la vida sin siquiera haber tenido la opción de renegar de la fe para salvar el pellejo.

Pero, afortunadamente, las cuestiones relativas a la libertad de culto no siempre se plantean de manera tan dramática.

Hace unos semanas, en el aeropuerto de Loiu, un grupo de músicos, con atuendo rasta, veían reconocido su derecho a pasar el arco de seguridad sin quitarse sus gorros y sombreros mientras el guarda se esmeraba en palpar, asegurándose de que no guardaban más que cabeza y pelo. Al mismo tiempo, un abuelo que se iba de vacaciones tuvo que quitarse la txapela. Pregunté, curioso, al vigilante de seguridad, quien me explicó, con buen talante, que la diferencia de trato se debía a que los primeros portaban sus gorros por una cuestión religiosa mientras que la txapela era cuestión de costumbre. Sin duda, un suceso irrelevante pero suficiente para llamar la atención de un ciudadano acostumbrado a la lógica de las Matemáticas.

El camino hacia un planeta de seres humanos completamente libres está siendo largo y no exento de episodios en los que el retroceso se hace patente. Cada año se concede, sin ir más lejos, el Premio Nobel de la Paz, entre otros galardones, a quienes, con frecuencia desde la fragilidad, humildad y sencillez, han tenido la osadía de reivindicar el derecho a vivir preservando su cultura, sus raíces, su fe, sus tierras o su tradición.

El absolutismo de la sinrazón se alía además con demasiada frecuencia con la ambición y el interés económico desmedido que no reparan en asaltar la naturaleza y con ella a los que en ella viven, contribuyendo de ese modo también a la pérdida de la identidad de los pueblos.

De ahí que consideremos Europa un gran, aunque imperfecto, oasis, garante de nuestro derecho a vivir y pensar libremente. Pero tampoco aquí estamos exentos de tensiones.

Olvidamos demasiado rápido, lo cual amplifica el riesgo de tropezar colectivamente, una y otra vez, en las mismas piedras. Es por eso que es relevante que intelectuales, artistas y escritores nos recuerden a través de su obra y pensamiento crítico cuáles han sido los pasajes más contradictorios de nuestro pasado.

La reciente película Tom de Finlandia narra la biografía del artista Touko Laaksonen, quien con sus dibujos explícitos, de fuerte carga erótica homosexual masculina, se convirtió en un símbolo del movimiento gay. Arrancando en pasajes bélicos, trágicos y eróticos de la Segunda Guerra Mundial en el frente finlandés que intentaba frenar el avance ruso, narra el periplo de un artista clandestino que acaba recibiendo reconocimiento en California, donde los personajes de sus dibujos habían adquirido vida.

La película concluye en la década de los 80 cuando la comunidad gay es culpabilizada por la pandemia del sida, que por momentos adquirió dimensiones apocalípticas. Más adelante, con más comprensión de los mecanismos de infección, supimos que el contagio se produce por el contacto de los fluidos humanos.

La historia de Laaksonen, que se escondió tras el pseudónimo de Tom para escapar de la represión sin tregua de la que fue víctima, es la de un hombre que sufre por no poder vivir y expresarse libremente y consigue finalmente acariciar la satisfacción de poder hacerlo lejos de su país, para poco más tarde ser testigo de cómo buena parte de lo conseguido se esfuma a causa de la inesperada epidemia y la irracional reacción de una sociedad desinformada.

Hoy, cuando el matrimonio es un concepto y derecho que aquí no sabe de sexos, la historia parece una pesadilla propia de lugares y tiempos remotos, pero en realidad pertenece a nuestro pasado reciente europeo.

La historia de la humanidad está llena de héroes que supieron hacer de su talento una eficaz herramienta de progreso, liberación y transformación social. Laaksonen fue uno de ellos.

La naturaleza no se comporta como una armoniosa orquesta que obedece las instrucciones de un experimentado director, sino más bien como una banda de jam session de músicos temperamentales. Así, el talento se manifiesta de manera casi siempre inesperada.

La recientemente fallecida Maryam Mirzakhani, nacida en Irán en 1977 y primera mujer en recibir la Medalla Fields, el máximo galardón en el ámbito de las Matemáticas, fue también agraciada con un talento inusual, habiendo realizado a muy temprana edad contribuciones seminales en Geometría Riemanniana y Sistemas Dinámicos.

Acostumbramos a vivir en un mundo sobre-simplificado, en el espacio Euclídeo, homogéneo y sin agujeros, donde las distancias más cortas son las rectas, pero las aportaciones de la malograda Mirzakhani demuestran que hay también coherencia en espacios mucho más sofisticados, que también son necesarios para entender el universo en el que vivimos y que es mucho más complejo de lo que percibimos a simple vista.

Resulta paradójico que quien iba a ser la mujer que rompiese el techo de cristal del máximo galardón de las Matemáticas naciese en Irán, en una época en que la libertad era un bien tan escaso. Pero la naturaleza es a veces injustamente caprichosa y decidió acabar con la vida de Mirzakhani demasiado pronto, tras haber abrazado el éxito y cuando aún tenía tanto por hacer y enseñar desde su cátedra en la Universidad de Stanford, también en California.

La historia de la humanidad es también, sí, una historia de sufrimiento.

La película Silencio de Martin Scorsese, basada en la novela homónima de Shūsaku Endō, narra el duro periplo de dos sacerdotes jesuitas portugueses que viajan a Japón en el siglo XVII a buscar a su mentor, el padre Ferreira, de quien se decía que había abjurado de su fe. Al hacerlo, describe la cruel persecución a la que fueron sometidos los cristianos por la Inquisición nipona de la época.

Lo que hoy nos resulta inconcebible no es, sin embargo, patrimonio exclusivo de ningún país y civilización. Fue también practicado de manera ferozmente eficaz por nuestros ancestros que, en tiempos de la Inquisición española, forzaron al exilio, la hoguera o a la conversión al cristianismo a las comunidades musulmanas y judías que vivían en la Península.

La película se centra en el largo y penoso periplo del joven sacerdote Rodrigues, que acaba encontrando al padre Ferrerira, quien reconoce haber abjurado quince años atrás bajo tortura. Rodrigues acaba haciendo lo mismo, horrorizado por el martirio al que sometían a los creyentes japoneses inocentes. Años más tarde muere en Japón, donde vivió el resto de sus días y fue incinerado según el ritual local, mientras en sus manos ocultaba el rústico crucifijo que confeccionó con hojas del bosque al inicio de su viaje.

Nada de lo que nos ocurre es nuevo. La persecución de aquellos que osan desafiar el orden establecido con su talento y su fe es un tornado que viaja a cámara lenta a lo largo de la superficie del planeta, manifestándose de manera periódica con crueldad e intensidad diversa en diferentes lugares, formas y culturas. Recientemente lo narraba de manera brillante Javier Marías en su columna titulada “Sospechosas unanimidades” del diario El País.

Laaksonen, Mirzakhani y Rodrigues murieron, tras sufrir, aferrados a sus símbolos y pasiones. Tres ejemplos de leyenda, nada sospechosos de unanimidades simplistas.

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