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El Gran Tour

Por Iñigo Bullain - Jueves, 31 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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Columnista Iñigo Bulliain

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eL turismo hasta la segunda mitad del siglo XIX fue un privilegio de la aristocracia. Pero the Grand Tour, de donde deriva la etimología turística, se fue popularizando hasta convertir el área mediterránea en el gran destino de una industria global. El turismo proporciona a millones de personas la oportunidad de conocer otros lugares y gentes, pero además de ser una fuente de enriquecimiento cultural, también ha dado origen a un sector económico voraz cuyo crecimiento galopante es una amenaza para algunas ciudades. Barcelona es un ejemplo paradigmático del deterioro a donde puede conducir la sobrexplotación de un destino turístico cuando, en particular algunos barrios, reciben anualmente a treinta millones de visitantes, es decir, a más de veinte turistas por habitante, y a donde muchos fines de semana llegan sesenta mil crucerístas -tres millones cada año-, que como si fueran una marabunta colapsan zonas enteras de la ciudad. Recuerdo que hace unos años La Rambla, un día de labor y a altas horas de la madrugada sin ser aún verano, parecía la salida de San Mamés. Tuve la sensación de que el turismo se les había ido de las manos, por lo que me ha sorprendido que las protestas vecinales hayan tardado tanto en llegar. Las autoridades catalanas han ignorado durante demasiado tiempo los precedentes de Venecia o Florencia que ya advertían sobre la sobresaturación que acompaña al turismo de masas cuando la ciudad se transforma en un parque temático.

Afortunadamente en Euskadi aún estamos lejos de ese escenario y a tiempo para corregir esa deriva. Pero Donostia, en particular, debiera tomar nota del riesgo de seguir los pasos de algunos pueblos y villas de La Côte Basque abrumadoramente turistificados. No hace falta ser un experto en cálculo numérico para poder deducir las consecuencias de que un determinado número de miles de turistas visiten y pernocten simultáneamente en una ciudad si se concentran con marea alta en playas atlánticas o se van todos de pintxos por la Parte Vieja. Claro que por otro lado buena parte del futuro económico de Europa parece irremediablemente asociado al turismo. Para un número creciente de la población, desaparecidas otras alternativas industriales, el turismo ya es o va a ser el principal recurso de empleo. Hace un par de años visité algunas ciudades de la antigua Alemania del Este y me sorprendió la gigantesca inversión en los cascos antiguos de ciudades como Weimar o Erfurt que habían sido acondicionados para servir de atracción turística, sospecho que a decenas de millones de chinos e hindús, menos interesados en la oferta de sol y playa. Otras grandes ciudades del entorno como Leipzig o Dresde se pueden convertir en destinos culturales masivos porque paradójicamente el futuro europeo, como pone de manifiesto su curva demográfica, parece cada vez más ligado a su pasado.

Las posibilidades organizativas y de gestión del turismo son variadas. No es lo mismo que se trate de empresas familiares las que se ocupen de los viajeros para alojarlos, alimentarlos y entretenerlos, a que lo hagan grandes cadenas y que los beneficios se repartan o se acumulen en pocas manos. Por ejemplo, que en la distribución de réditos la limpieza de habitaciones en hoteles de lujo a 200 o 300 euros la noche se pague a 2 o 3 euros o que el principal operador de alquiler de pisos turísticos, Airbn, apenas pague impuestos (menos del 1%). La precariedad y la elusión fiscal que caracteriza a una parte del sector en España también se refleja en la gestión de aeropuertos como El Prat, parcialmente privatizado por AENA para beneficio de algunos fondos y grandes bancos de inversión, y en perjuicio de trabajadores y usuarios. De momento, las cifras en Euskadi son diferentes. Aquí, el peso del turismo es alrededor del 6% del PIB, la mitad de lo que supone en el Estado y los niveles de saturación son relativamente bajos en relación a otras partes de Europa. El sector da empleo a unas 100.000 personas, la mitad que en la industria, pero el valor que genera también es la mitad. En cualquier caso, frente arrebatos de turismofobia debemos tener en cuenta que la población vasca hace mucho turismo y gasta fuera de Euskadi casi el doble de lo que percibe, y que cerca de la mitad del turismo en Euskadi es nacional (vasco).

Pero más allá de las cifras y del valor económico, la masificación de la actividad turística conduce a una reflexión sobre el sentido de emprender un viaje que con frecuencia va asociado a la congestión de aeropuertos, la superpoblación en cascos urbanos, la aglomeración en museos, playas y locales de ocio, o con el calor y el ruido. La memoria del viaje que emprendió Patrick Leigh Fermor en los años 30 del siglo pasado perdura como ejemplo de un paradigma que hoy se antoja descabellado, pero que sin embargo, devuelve al sentido originario del Grand Tour. Entonces un joven de 18 años, que hoy apelaríamos mochilero, tras tomar un ferri en Inglaterra, comenzó a andar desde Holanda hasta atravesar Europa a pie. Empleó tres años hasta alcanzar Estambul, y en el camino se alojó en posadas municipales y en castillos. Su odisea relatada en varios volúmenes inolvidables constituye el testimonio de lo que fue Europa antes de que la Guerra destruyera y dividiera nuestro pequeño continente, que carece de infraestructuras físicas y mediáticas adecuadas para poder transitar y conocernos.

Precisamente, la formación histórica de Europa está definida por el continuo desplazamiento, asentamiento y repoblación Las colonias fenicias y griegas, las ciudades romanas, las invasiones bárbaras o el desplazamiento constante de la población son inseparables de lo que denominamos cultura europea. La secular emigración de decenas de millones de europeos a otros continentes que ha procurado la expansión de la cultura occidental por todo el Planeta no debe obviar que el colonialismo y la esclavitud han sido instrumentos europeos que forzaron el desplazamiento de millones de extracomunitarios. Ahora, que el flujo migratorio hacia Europa no para de crecer, el trato que se ofrece a los refugiados y personas que huyen de las guerras y la pobreza no guarda relación con el que se ofrece a la mayoría de los que viajan como turistas. Parece que no queremos recordar que la posibilidad de asentamiento fuera de Europa fue durante siglos un refugio para la supervivencia de muchos europeos, justo cuando el desplazamiento de grandes masas de población parece un fenómeno imparable y una de las principales características del siglo XXI.

La respuesta a los flujos humanos que atraviesan el planeta dista mucho de ser homogénea. Las enormes desigualdades que acompañan al viaje de unos y de otros advierten sobre la necesidad de universalizar un derecho a la libre circulación de personas, así como del imperativo de regular ese tránsito. En una escena de la gran película L’America, de Gianni Ameglio, un joven italiano que había acompañado a un industrial milanés en busca de negocios a la Albania poscomunista, pierde su pasaporte en medio del caos que acompañó a la caída del régimen. Cuando acude a una comisaria porque quiere volver a casa, el policía que le atiende, tras escucharle pacientemente, le responde: “Aún no se ha dado cuenta de que en Albania todos estamos sin pasaporte”. Hoy, mientras para algunos el mundo es un destino turístico, para otros, es una gran Albania. Contar o no con un pasaporte o disponer de un visado es una cuestión trascendental, a menudo, de vida o muerte.

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