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Cataluña, doce años

Por José Manuel Bujanda Arizmendi - Miércoles, 13 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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ES oportuno a veces mirar por el retrovisor de la historia para explicarse de dónde viene uno y saber por qué se encuentra en ese lugar del camino. También en la política. Volvamos pues la mirada al retrovisor de esta historia cercana de doce años. El presidente Zapatero no fue todo lo valiente que pudiera haber sido y no pudo, o no quiso, o lo más probable es que fuese una mezcla de las dos posibilidades, cumplir la promesa que le hizo a Pascual Maragall en la campaña electoral en Barcelona de respetar lo acordado por el Parlament de Cataluña. No cumplió lo prometido a pesar de haber logrado el nuevo Estatut un 30 de septiembre de 2005 el Sí de una abrumadora adhesión, el apoyo del 90% del Parlament. Zapatero no fue fiel a la palabra dada, quizás debido también a que en ese momento no pasaba por su cabeza la posibilidad razonable de ganar las elecciones generales en marzo de 2004. Grave incumplimiento de la palabra, desprecio a una decisión adoptada legítima, libre, masiva y democráticamente por el Parlament. Un Estatut que suponía un muy claro avance con respecto al de 1979, un avance claro e incontestable.

La gracieta de Alfonso Guerra se cumplió y el texto fue “cepillado” en el Congreso de los Diputados de Madrid. Lo resultante no fue lo aprobado por el -repito- 90% del Parlament, pero tan cierto como ello era también evidente que el texto final seguía siendo razonablemente satisfactorio, suponía un sustancioso avance, mejoraba una financiación que preveía gestionar una importante cantidad de impuestos e instrumentos recaudatorios, ampliaba competencias, avanzaba en la equiparación de las lenguas catalana y española, planteaba un consejo de Justicia de Cataluña, la Generalitat ostentaría de forma íntegra las potestades legislativas, reglamentarias y función ejecutiva, se incluía el término “nacional” referido a la bandera, la fiesta, el himno etc. En definitiva, era innegable que el Estatut era útil y provechoso y garantizaba mejor que antes nuevos y necesarios instrumentos para un marco autonómico que había dado muy buenos resultados para la sociedad catalana aunque obviamente después de 34 años se había quedado muy estrecho. Y lo hacía a pesar de su tramitación en el Congreso de los Diputados, que rebajó los contenidos más ideologizados del Estatut antes de darle luz verde en pleno un 30 de marzo de 2006. El Senado dictaminó en positivo al poco, fue el 10 de mayo. Tres semanas más tarde, el 18 de junio, los catalanes dieron el visto bueno en referéndum al nuevo Estatut con un casi 74% de los votos. Ganó el sí. Impecable cronología constitucional. Seny puesto a prueba, zarandeado pero victorioso. El nuevo Estatut llegó a ser Ley Orgánica, de obligado cumplimiento, y todo podría haber terminado así de bien. Pero no.

A pesar del “cepillado” del proyecto de nuevo Estatut en su tramitación en el Congreso de los Diputados, tramitación que, insisto, rebajó sustancialmente los contenidos más ideologizados del Estatut, muchos artículos continuaban siendo inasumibles para un PP que entendiendo que España se rompía y cometiendo un tremendo error político el 31 de julio de 2006 recurrió un centenar de sus artículos ante el Tribunal Constitucional. El TC se enfrentó a una de las decisiones más trascendente de su trayectoria. Un TC, por cierto, sometido a vaivenes, tira y aflojas, tácticas, estrategias y manoseos entre el PSOE y el PP, politizado, sujeto a partidismos y cálculos electorales de los dos partidos mencionados. El TC se encontró efectivamente ante un cruce de vías judicial que iba muchísimo más allá de la anécdota; se trataba ni más ni menos que dictaminar sobre la relación entre Catalunya y el Estado. Un dictamen que afectaría sustancialmente al futuro modelo territorial de España. En fin.

Es preciso insistir en que tanto las instituciones como los partidos catalanes cumplieron escrupulosamente con las reglas de juego existentes en vigor. Es necesario subrayar que, a pesar de esta impecable cronología constitucional, el PP había decidido oponerse desde los mismos comienzos, se desmarcó en el trámite parlamentario, votó en contra en el referéndum y culminó su torpeza presentando recurso al TC. Y, por último, es conveniente remarcar que el dilema para el TC era crucial, aceptación de la madurez democrática de un Estado plural o su bloqueo. Estaban en juego el espíritu del 77 que hizo posible la Transición y los pactos profundos que habían hecho posible los últimos treinta y pico años de la España democrática. Pero el TC anuló catorce artículos y cuestionó treinta. Ello supuso romper las reglas del juego, humillar a Cataluña, ningunear lo que representaba, manosear el seny y el pactisme, romper el consenso constitucional y cancelar un posible proyecto global de España, impedir en definitiva el encaje amable de Cataluña. El PP erró gravemente ante la historia y la política generando derivadas políticas difíciles de intuir; el mal político cristalizó cuando el TC enmendó la plana a un mandato aprobado por un 90% del Parlament, ratificado en el Congreso y Senado y reforzado por el plebiscito del referéndum. Feo. Muy feo. ¿Y ahora? ¿Y el 1 y 2 de octubre?

Dicen que el alma catalana oscila entre el seny y la rauxa, entre el pactisme y el tot o res. Soy de los que apuesto por el seny y el pactisme, por una Euskadi, Cataluña (y Galicia en su caso) en las que los diferentes sentimientos de pertenencia compartan un proyecto de país a construir entre todos, en las que la voluntad de su ciudadanía sea base de convivencia y en la que los acuerdos amplios sirvan para dibujar un futuro basado en la negociación, en el no impedir y no imponer, en el derecho a decidir, en su concreción pactada y en la bilateralidad. Al rebufo del ya largo pulso mantenido entre Cataluña y el Estado, con un procés que nadie sabe en qué y cómo va a desembocar, y qué consecuencias acarreará, alguien podría pensar que es precisamente en estos tiempos convulsos que corren cuando procedería reflexionar sobre España, su estructura y lo territorial. Bien. Pero lo que es cierto es que hace casi siglo y medio ya se reflexionaba, propuestas concretas incluidas, al respecto. Nada nuevo pues bajo la capa del cielo. En ese sentido, un 14 de septiembre de hace ya 141 años, Francesc Pi y Margall prologó su obra cumbre, Las Nacionalidades, un extenso libro que constaba de tres apartados.

En el primero titula “Criterios para la reorganización de las naciones” y trata sobre los grandes y pequeños pueblos, sobre criterios históricos e ideas para la formación de grandes naciones, sobre cómo (re)constituir las naciones.

El segundo lleva de encabezamiento “La Federación” y trata sobre la idea y el fundamento de la Federación, sobre las atribuciones del poder federal, las cuestiones entre pueblos confederados, la libertad y el orden. Sobre la igualdad de derechos y deberes de los pueblos y los medios a conceder al poder federal para el ejercicio de sus atribuciones.

El tercero se aproxima, como indica su título, a “La Nación Española” y refleja sus ideas cuando escribe de cómo se fueron reuniendo los diversos reinos de España, los conflictos que dieron lugar a la unidad y cómo se habrían podido evitar. Trata de la derogación de los Fueros de Aragón, Cataluña y Valencia y de cómo, sin embargo, mantuvieron el espíritu y el sentimiento nacional. Comenta las consecuencias de haberse adoptado el principio unitario contra la tendencia de nuestros pueblos. Habla de las “Cuatro Provincias Vascas” y su foralidad, de la diversidad de lenguas y costumbres. Reflexiona sobre cómo establecer la federación española y el procedimiento para organizarla. La atribución y la organización del poder federal son el colofón de unas ideas que ojalá hubieran cuajado en la práctica política de la historia. Lástima.

Termino con el corazón, mirando a unas Ramblas teñidas de sangre y dolor. No sé qué pasará el próximo 1 de octubre en Cataluña, lo desconozco, lo que si sé es que cuando pueda, más pronto que tarde, ramblearé de nuevo por ese ya icónico paseo, y lo haré con los míos, sabiendo que así, cada paso que dé, respiraré democracia y libertad, diversidad y futuros compartidos. Em sap molt greu Cataluña. Força.

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