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De Bruselas a Sibiu 2019: ¿Cita para una nueva Europa?

Por Jon Azua - Domingo, 17 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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sEMANA europea en diferentes frentes, variados jugadores y trayectos dispares a la vez que, de una u otra forma, necesariamente convergentes.

Por un lado, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en su discurso del Estado de la Unión en Bruselas; Theresa May en el Parlamento de Westminster y la ciudadanía catalana en las calles de Barcelona acompañados de sus instituciones, celebrando su Diada nacional. Tres miradas desde Europa para una Europa diferente.

En Bruselas, Juncker, trascendía de los cinco modelos y escenarios alternativos que propusiera meses atrás para repensar una nueva Europa, proponiendo una nueva oferta convertida que, según sus palabras, “es una propuesta personal que pretende interpretar el buen momento que vive Europa, el apoyo recibido por los diferentes líderes de los 27 Estados de la Unión post-Brexit y el deseo de reforzar una Europa más unida, más fuerte, más democrática”. Una apuesta exigente con un plazo concreto (marzo 2019) para una cumbre a celebrar en Sibiu, Rumanía, al objeto de explorar esta nueva ventana de oportunidad con un Brexit concluido y una propuesta nítida al electorado europeo que habría de concurrir a unas nuevas elecciones al Parlamento Europeo con un panorama cierto, eligiendo a un presidente único (Comisión y Consejo Europeo) con plena autoridad y credibilidad democrática. Juncker aboga ahora por una Europa de velocidad única y de compromisos, obligaciones y, se supone, beneficios iguales, con una moneda única (todos deben incorporarse al euro) de la mano del logro definitivo de una Unión Monetaria y Económica, en un espacio Schengen de todos y para todos.

No solo mercados Dicha apuesta facilitaría un verdadero Mercado Único, sin proteccionismos o medios diferenciados, Estado a Estado y en todas las áreas de actividad. Por supuesto, con un único mercado de la energía. Pero no solo se trata de mercados, sino de construir un espacio de estándares sociales para todos los ciudadanos europeos (y la exigencia de su cumplimiento en países terceros que comercian con la “nueva Europa”), un verdadero espacio garante del libre movimiento e igualdad de condiciones para todos los trabajadores europeos; de un sistema impositivo que haga que las empresas paguen sus beneficios como si su determinación sea estanca y la creación de valor y beneficio se diera en una parte concreta de su larga cadena de valor perfectamente territorializable; de un espacio protegido, con una Unión Europea de defensa que genere, entre otras cosas, “un espacio sin agujeros negros en el que se apoye el terrorismo”… Es decir, todo un sueño “aprovechando el impulso del viento sobre las velas desplegadas de una Europa de éxito” que habría superado su crisis económica, su desafección ciudadana, su pesimismo, comprometida con sus valores fundacionales, volcada en una acelerada agenda a dos años. Concluir estos deseos y tareas en lo que queda de legislatura y con los actuales jugadores participantes en Estrasburgo y Bruselas (esos mismos a los que hace unos días abroncaba en el hemiciclo por la irresponsabilidad, absentismo y escaso compromiso) así como con el por él mismo denunciado egoísmo proteccionista de algunos estados miembro no parece, sin embargo, factible. El esfuerzo soñador de Juncker merece respeto y consideración, un modelo, un escenario, una voluntad; si bien, al margen de conocer la opinión de sus señorías, de los gobiernos de los estados miembro y de los múltiples jugadores implicados, parecería difícil cumplir una hoja de ruta como la señalada, máxime si cada uno de los miembros continúa en el debate entre los otros cinco escenarios (y alguno más) con que se invitaba a repensar Europa.

Adicionalmente, su planteamiento se deja en el tintero relevantes “cuestiones previas”. Su, en apariencia, excesivo optimismo coyuntural y las prisas de un presidente que llega al final de su mandato, demasiado pronto, dejan muchos flecos por resolver y negociar, con carácter previo. ¿Es la Europa unida en torno a los estados actuales, en una continua cesión de soberanía (en exclusiva hacia arriba, con escasa participación y controles reales de la ciudadanía), la mejor opción para afrontar un futuro aquejado de retos y problemas críticos, más allá de una recuperación temporal que no termina de impactar positivamente en la vida y bienestar de todos los europeos? ¿La unión económica que se sugiere responde a los verdaderos deseos de desarrollo inclusivo a la vez que competitivo para todo el mapa europeo? ¿Queremos confiar las decisiones a un “superministro económico-financiero” en Bruselas, apoyado en una nueva “inspección de trabajo centralizado” y bajo pilares de los Acuerdos de Libre Comercio a gestionar? ¿Queremos fijar las prioridades en un determinado gasto inamovible en defensa más allá del mensaje de la seguridad? ¿Todos a Schengen? Sí, pero, ¿para que cada uno reponga fronteras cuando se incumplen los acuerdos ante una imparable inmigración por una u otra causa? Efectivamente, su propuesta plantea proteger Europa y sus fronteras, pero no parece que suponga la solidaridad y acogida europea que proclaman los valores.

Europa convive mal con un buen número de pueblos y naciones que aspiran a un modelo propio y diferenciado, no atenderlos, no incorporarlos con personalidad protagonista a la construcción europea, supone un paso en falso y creciente desafección

Juncker contempla la posibilidad de una ampliación progresiva más allá de los 27 (en especial hacia los Balcanes), vuelve al inacabable caramelo trucado de Turquía (sí, pero no) y aporta ideas para un parlamento trasnacional, un gobierno potente y un cambio en estructuras de gobernanza. Ahora bien, ignora deliberadamente el malestar interno (en Europa, en sus estados miembro…) y apuesta por la Europa, cerrada, de sus estados, olvidando la composición interna de los mismos. Para él, unión de estados, unión de consumidores, darán la cesión plena de unas soberanías fragmentadas para esa Europa fuerte y unida que “proteja, empodere y defienda a sus miembros”. Cuando la propia “unidad de Inteligencia” de Bruselas informa de un supuesto mapa europeo de potenciales espacios “independizables” recogiendo hasta 25 (por supuesto, con elevado grado de imprecisiones y descripciones no homogéneas).

20.000 leyes ‘eurobritánicas’ Al tiempo, el Parlamento de Londres daba un paso único en la historia y en su ejecución del Brexit aprobado por sus ciudadanos. Nada menos que la aprobación de la llamada Ley de Derogación o Desconexión controlada. Más de 20.000 leyes vigentes como consecuencia de su pertenencia (todavía hoy) a la Unión Europea (desde 1972) pasan a convertirse en la ley británica como primer paso para evitar agujeros negros, dando lugar a la “revisión por lectura única” para proceder a su enmienda o adecuación progresiva una vez se legisle en el propio Parlamento de Westminster, en una de las mayores transposiciones legislativas observada a lo largo del mundo (por supuesto, pese a que el Reino Unido sigue formando parte de la Unión Europea, no se han visto intervenciones ni de fiscalías, ni de cuerpos policiales, ni de gobierno alguno requiriendo detenciones, investigaciones o medidas reclamando la ilegalidad de la decisión soberana del Parlamento). El Reino Unido decidió, por mayoría popular a través de un referéndum convocado al efecto, salir de la UE, dejar atrás sus estructuras de gobernanza y liberarse del peso y proceso decisorio de Bruselas, que entendía contrarios a sus intenciones y manera de hacer política; optó por la capacidad de recuperación de los vestigios de soberanía compartida previamente cedidos (y/o arrancados) y de apropiarse de su futuro. Sabedor de que es tan Europa como el resto de miembros, quiere seguir siendo protagonista en ella, pretende generar o compartir un espacio preferente y positivo (bilateral) de colaboración en beneficio mutuo, pero desde la dirección de su propio destino. Y sabe que los pasos que está dando exigen otros movimientos internos de reconfiguración de un “Reino” complejo, en el que la Devolución de Poderes (Irlanda del Norte e Irlanda, Escocia, Gales), ha de reforzarse ante dispares las voluntades de autogobierno, soberanía e independencia, pero también que la realidad hace inevitable la apuesta valiente por un nuevo modelo tanto de relación, como de gobernanza, internos y con terceros.

...Y Catalunya Y también mirando a Europa, la ciudadanía catalana ha celebrado su Diada nacional, saliendo a las calles de Barcelona, proclamando su voluntad pacífica y democrática de construir un nuevo modelo de organización política y administrativa, sin salir de la Europa de la que ya forman parte, a cuya legislación se deben y de la que son ciudadanos de pleno derecho, hoy, con sus obligaciones, aspiraciones y decepciones, convencidos de que pueden lograr una mejor alternativa de futuro. El procés, paso a paso, año a año, demuestra la fortaleza y convicción de su movimiento chocando con un muro amparado en la unilateralidad, los aparatos de Estado y su ley excluyente y no concurrente. ¿Es este el modelo sobre el que Juncker cree posible construir su nuevo sexto escenario de una Europa más unida, más fuerte y más democrática?

Sin duda, parecería más cómodo mirar para otro lado e insistir en la complejidad del tablero “nacional-regional” europeo, como coartada para no dar nuevos pasos, pero no es sino dar la espalda a una realidad viva. O Europa (y cada uno de sus 27 estados miembro) se ocupan del asunto o cualquier paso en falso no hará sino retrasar y deteriorar el proceso. Europa convive mal con un buen número de pueblos y naciones que aspiran a un modelo propio y diferenciado. Su grado de reivindicación, sus tiempos y el modo en que los estados de los que hoy forman parte les tratan y acogen, aceleran o retrasan su necesidad de cambio. Pero no atenderlos de manera adecuada y no incorporarlos con personalidad protagonista en el proceso de construcción europea, supone un paso en falso y creciente desafección. Aprovechemos las ventanas de oportunidad que ofrecen las voluntades pacíficas y democráticas para el cambio.

Europa es un maravilloso sueño, referente de valores, con vocación solidaria y deseosa de ser verdadero espacio de paz, democracia y libertad. No es un mercado, ni una fortaleza, ni un aparato burocrático, endogámico, al servicio de una élite privilegiada. Europa es y debe ser un espacio de oportunidad, un líder referente en un mundo necesitado de horizonte, de resultados. Lo relevante no es mantener una estructura única, un mando centralizado unitario, ni un centro de decisiones a imponer desde Bruselas. La realidad es compleja y son múltiples las voluntades de crear un espacio diferente. Cosoberanía sí, pero desde la voluntad y decisión bilateral e igualitaria. No desde la imposición unilateral de fortalezas heredadas. Es cuestión de futuro y no de pasado.

Como siempre, está en nuestras manos el llegar, de una u otra manera, a la cita del 2019. ¿Cuál es nuestro escenario?

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