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¿Para qué ha de servir la política?

Por Josu Montalbán - Miércoles, 27 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Columnista Josu Montalban

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dE pronto, la declaración del Ararteko en relación con la RGI (Renta de Garantía de Ingresos), del siguiente tenor: “No puede ser que el 36% del trabajo del Ararteko sea atender quejas de la RGI”, ha desbordado mi curiosidad y mi indignación. La entrevista es amplia y extensa, pero apenas tiene eco en el periódico, eclipsada por la noticia de moda y por sus ecos. Da la impresión de que el procès catalán nos tiene a todos demasiado ocupados y preocupados. La entrevista del Ararteko, Manuel Lezertúa, ofrece todo tipo de respuestas interpretables y a veces confusas, pero lo esencial es que el debate en torno a las ayudas públicas que inciden en la lucha contra la pobreza ha cedido frente a la quimera irresoluble que es el proceso secesionista desencadenado en Cataluña.

De todo ello surge una pregunta de difícil respuesta: “¿Para qué debe servir la política?”. Ahora mismo no hay nada que me preocupe más. Como político, pero incluso como persona, sin más, nada me inquieta tanto como el hecho de que una quimera resulte ser fundamental frente al comportamiento de una sociedad que se caracteriza por la desigualdad económica y social, por el deficiente reparto de la riqueza, por el imperio de una injusticia que hace que los más humildes sean auténticos parias y, sobre todo, por la desidia con la que obramos casi todos en la solución de esas situaciones tan injustas. Por tanto, no está de más la pregunta en torno a la utilidad de la acción política, que no solo debe incidir en la conquista y el uso del poder, sino en la utilidad del gobierno, según el modo como se ejerza y se desarrolle.

Las relaciones de Cataluña con España son importantes, sin duda, pero ¿pueden serlo en medida tan drástica como para que queden en el olvido asuntos pendientes tan vitales como otros que nos atosigan más directamente? Durante los dos últimos meses, quizás algo más, los diarios dedican todo su espacio a las desavenencias entre Puigdemont y Rajoy, como figuras señeras del independentismo catalán y del “imperialismo” español. Curiosamente, el lenguaje se ha convertido en un factor esencial en estos tiempos, de modo que quienes son los infractores en la actual situación son presentados como benignos servidores de la democracia y quienes dicen proteger dicha democracia por el medio más expedito y directo, el cumplimiento de las reglas democráticas y de las leyes, han sido convertidos en malvados enemigos del propio sistema en que basan sus métodos y convicciones. También por eso mi pregunta -¿para qué sirve la política?- resulta tan pertinente como imprescindible.

Volvamos a mi primera intención… Pero volvamos con cautela para que nadie piense que el procès catalán no es nada interesante y vital para todos los españoles. Da la impresión de que vivimos en una Arcadia feliz en la que podemos enfrascarnos en un debate inacabable y falaz, como el asunto catalán, aunque para ello abandonemos todas las discusiones que reclaman los ciudadanos, pero no es así porque, como he dicho antes, el desempleo no disminuye a pesar de que la crisis se dé por superada a tenor de las voces de claqué con que los gobernantes del PP nos embaucan; la desigualdad alimenta la injusticia, que deviene en guerra social y crisis convivencial; las políticas sociales que deben incidir en atenuar los rigores de quienes tienen más dificultades para vivir con dignidad, cada vez resultan más difíciles de proveer porque, entre otras cosas, son mal acogidas por los ciudadanos mejor acomodados; las pensiones de nuestros mayores, aunque escuetas y poco copiosas en otras prestaciones, constituyen un problema en lo que concierne a su financiación, que exige nuevas fuentes de aportación de fondos, toda vez que la Seguridad Social no consigue ya retroalimentarse con suficiencia.

A la vez que se producen estas vicisitudes, nuestros jóvenes se las ven y desean para encontrar empleos dignos a pesar de ser tan preparados procedentes de un sistema educativo ambicioso y muy costoso para las arcas públicas. Y nuestra Sanidad igualmente se resiente porque las dotaciones de los hospitales y sistemas de salud han alcanzado costos prohibitivos, muy difíciles de ser financiados con el actual nivel de impuestos. La esperanza de vida está fundamentada tanto en los avances científicos que previenen las enfermedades como en los que alargan la vida de nuestros ancianos de forma tan artificial que convierten los últimos años de sus vidas en auténticos calvarios, tanto para ellos como para las familias que los cuidan y mantienen.

Los movimientos migratorios convierten a los países de acogida (España lo es) en tierras de promisión. La riqueza, la abundancia, e incluso la mera suficiencia, atraen a quienes viven en sus países de origen sometidos a la carencia de lo más básico. Los tratados y acuerdos internacionales dibujan marcos solidarios en los que los países ricos reciben a quienes salen de sus lugares vitales porque son víctimas del hambre, de los conflictos raciales, de las guerras o de sistemas totalitarios y dictatoriales en los que los derechos humanos más básicos no están garantizados y son burlados con muchísima frecuencia. Sin embargo, la política y los políticos que gobiernan en nuestro país solo han dado cobijo a poco más de la décima parte de los refugiados que se había comprometido a acoger. Y bien, ¿para qué sirve la política si tampoco sirve para cumplir las promesas que a bombo y platillo se pregonan en los diarios escritos o hablados?

Sin embargo, en el procès catalán, que responde a un capricho mucho más que a atajar un problema relacionado con la subsistencia, o con la supervivencia, o sencillamente con la preservación de la dignidad de los humanos, se reclama que actúe la política y que los políticos suplanten a los legisladores y a los guardianes de la democracia. Las leyes no son suficientes, al parecer, aunque hayan sido elaboradas y redactadas por quienes fueron encargados de hacerlo por los elegidos en las urnas.

Resulta chocante ese reclamo a la política para que resuelva el contencioso catalán, surgido de quienes no tienen agallas para afrontar la difícil situación que, de momento, solo puede considerar aceptable el mandato de las leyes. Cuando algunos vocingleros pregonan que nos encontramos en un “estado de excepción”, conviene advertirles que lo excepcional no es precisamente la ley, sino su transgresión en nombre de una democracia que bien poco tiene que ver con la democracia auténtica. Revalorizar la política es ponerla al servicio de los ciudadanos y de sus vidas. La política debe servir para redactar leyes eficaces que tengan por objetivo mejorar las vidas y hacer armoniosa la convivencia, exactamente lo contrario de lo que se está consiguiendo en el proceso secesionista catalán, que no debe ser repudiado por el mero hecho de plantear y culminar la secesión, sino porque la separación de Cataluña de España llevará aparejada la destrucción de la convivencia entre los propios catalanes.

¿Para qué debe servir la política? ¿Y los políticos?... Para ser útiles. De su fiabilidad depende la confianza que los ciudadanos sientan hacia el compromiso que sustentan los partidos a los que pertenecen, las ideologías que dicen sostener y los programas electorales que exponen en sus campañas. Pero, por encima de todo ello, la democracia ha de imponer sus reglas y métodos, que no son solo los procedimientos de actuación, que deben ser compartidos, sino que deben obligar a la obediencia a todos en tanto no se modifiquen mediante los procedimientos normales y preestablecidos. Las leyes pueden ser cambiadas, pero no pueden ser dinamitadas al capricho de unos pocos. De modo que ahora que el proceso catalán ocupa todos los espacios de la política española, y no deja apenas espacio para las necesidades reales y apremiantes de los españoles, la pregunta pertinente es la que da título a este artículo.

Las instituciones siguen abiertas, y también las ventanillas donde se formulan las reclamaciones, pero la política está enfangada en el debate improcedente, desalmado y absurdo en torno a la independencia de Cataluña. Los pobres, los desempleados, los pensionistas, los que esperan para ser intervenidos quirúrgicamente, los jóvenes a la caza del primer empleo, las mujeres discriminadas en sus salarios, los que reclaman justicia para suavizar sus aflicciones, los, los, los…, tendrán que esperar a que el proceso catalán supere la fecha fatídica del 1 de octubre. Hasta ese momento, da la impresión de que la política está sirviendo para poco… ¿Y después?

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