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Solidaridad vasco-catalana

Por Patxi Agirre - Jueves, 28 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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hace una semana, el miércoles día 20, tomaba yo el habitual café de media mañana con dos contertulios y amigos, también habituales. El tema de la charla, habida cuenta de los acontecimientos que se estaban produciendo desde primera hora, nos llevaba a tierras catalanas y a criticar con dureza la fórmula represiva que el Partido Popular estaba aplicando contra el procés catalán en su minado camino hacia el referéndum del 1 de octubre.

Uno de mis compañeros, antiguo seminarista y viejo militante de grupos sociales adscritos a la Iglesia católica, recordaba cómo el Papa Juan XXIII, artífice del Concilio Vaticano II, había hablado en la encíclica Pacem in Terris, de 1963, acerca de la importancia de la participación como una de las aspiraciones sociales del ciudadano y pilar imprescindible de cualquier ordenamiento democrático. Mi otro amigo, joven abertzale recién incorporado a tareas de política municipal, se preguntaba, con gesto sincero de extrañeza, por qué los diputados nacionalistas vascos en el Congreso no habían acompañado con algún gesto solidario la decisión de los electos independentistas de ERC y PDeCAT de abandonar el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo ante el aluvión de detenciones y registros institucionales que se sucedían en Catalunya. Sin disponer de ninguna clave que explicase tal actitud, le respondí furtivo que la política tiene caminos intrincados. No obstante, aquella especie de interpelación me dio pie para contarles algunos pasajes de solidaridad vasco-catalana acaecidos en la década de los años 30 del siglo XX.

Recordé las palabras de José Antonio Aguirre, en 1936: “La causa de la libertad catalana era la causa de la libertad vasca. Así lo había de entender un espíritu recto”

El 12 de junio de 1934, en pleno bienio negro derechista de la II República española, los diputados del PNV abandonaron las Cortes en solidaridad con la posición de los nacionalistas catalanes de Esquerra Republicana que protestaron por la decisión del Tribunal de Garantías Constitucionales de suprimir la Ley de Contratos de Cultivos catalana, por entender que la Generalitat carecía de competencias en la materia. Aquella ley, aprobada por el Parlament constituido tras la materialización del Estatuto de Autonomía de 1932 (Estatut de Núria), suponía la puesta en marcha de una reforma agraria de vital importancia para la estabilidad contractual y el acceso a la compra de tierras por parte de los rabassaires (aparceros agrícolas). El PNV, fiel a su línea de justicia social agraria, que trataba de aplicar en Navarra, calificó a la ley catalana, a través de su diputado José Horn, como “justa y cristiana”.

Varios años después, en agosto de 1938, Manuel Irujo Ollo dimitía como ministro sin cartera en el gabinete de “Unión Nacional” del socialista Juan Negrín, poniendo fin definitivamente a su colaboración ministerial en sucesivos gobiernos republicanos. Entre las causas de aquella dimisión irrevocable, que ni siquiera pudo alterar la notable capacidad de persuasión del lehendakari Aguirre, figuraban varias circunstancias estrechamente ligadas con la política catalana: por una parte, la nacionalización por el Gobierno español de la industria armamentística catalana (recortando así, por vía de hecho, las competencias autonómicas); por otra, por dejar fuera de los tribunales catalanes los casos judiciales relativos a evasión de capitales, adscribiéndolos a una sección de la Audiencia de Valencia; y, en tercer lugar, porque el Gobierno Negrín había militarizado la justicia a través de la creación de Tribunales de Guardia, Espionaje y Alta Traición que vaciaban de poder al Ejecutivo catalán. Si ello no fuera motivo suficiente para abandonar sus tareas de ministro, Irujo vio con hondo pesar, cómo Negrín, harto de que los expedientes de condenas a muerte se amontonaran en el despacho del ministro abertzale sin que nadie les diera cauce, autorizaba, “para salvar a la República”, el fusilamiento de 58 presos en el Castillo de Montjuic (11 de agosto de 1938).

Tras aquella disertación, que pareció no aburrir en demasía, los tres continuamos discurriendo sobre el monotema catalán. El contertulio socialcatólico, un gran conocedor de la doctrina social de la Iglesia, planteó que para esta el principio de solidaridad se relacionaba con la conciencia de la deuda que los hombres tienen con su sociedad. Yo, por mi parte, continuando con las pequeñas aportaciones históricas, recordé las palabras de José Antonio Aguirre, en 1936: “La causa de la libertad catalana era la causa de la libertad vasca. Así lo había de entender un espíritu recto”.

Al final de la conversación, alguien, a lo mejor fui yo mismo, sacó a colación la frase que hace algunos años, de manera bastante extendida en los cementerios de Iparralde y Hegoalde, lucía a modo de epitafio-recordatorio de la finitud humana en estelas funerarias de estilo tradicional vasco: “Gaur ni, bihar zu (hoy yo, mañana tú)”.* Historiador

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