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Tribuna abierta

Rajoyevicć y Riveric

Por Juanma Alonso - Jueves, 2 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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LLEVAN ya algunos años desde la caverna mediática hablando de “la balcanización de España”, y la cosa está empezando a pintar fea. El significado de balcanización se intuye fácilmente, y la RAE lo define como “la desmembración de un país en comunidades o territorios enfrentados”. Según Libertad Digital y compañía, España se está balcanizando, y tal vez no les falte razón. Pero el meollo de la cuestión es por qué está produciéndose este fenómeno.

Recuerdo que, siendo chaval, asistí en el Bernabéu a la consecución de la última Copa que lucen las vitrinas del Athletic. Aparte de que ganamos (al Barça de Maradona, nada menos) y de la tangana que se montó, el recuerdo que quedó grabado en la memoria del niño que era entonces es que la grada bilbaina gritaba a los barcelonistas “¡Españoles, españoles!”. No me lo ha contado nadie, yo estaba ahí, en 1984. Los hinchas de Herri Norte y Abertzale Sur identificaban a sus homólogos catalanes como una panda de españolazos. La Convergencia i Unió del molt honorable Pujol era un partido nacionalista moderado donde los hubiese, para muchos poco más que regionalista. ERC, en aquel entonces el único partido abiertamente independentista, era la quinta (y anteúltima) fuerza política en el Parlament. Y ahora mismo Catalunya está siendo la locomotora de la tan cacareada balcanización. Lo digo mucho en los artículos que escribo pero es que es rigurosamente cierto: vivir para ver.

Volviendo a la balcanización, Yugoslavia (de cuya localización geográfica viene el palabro) no se desintegró por arte de birlibirloque. Fue un proceso lento, pese a que aquí no nos enteramos del mismo hasta que empezaron a sonar los cañonazos. A finales de la década de los 80, el Telón de Acero se resquebrajaba, y la élite político-militar serbia, con Slobodan Milosevićc a la cabeza, acabó por convenir que el comunismo ya no servía de bandera para seguir en el poder en Yugoslavia: convenía cambiar de ropajes si no querían tener que cambiar de empleo. Y una serie de ultras empezaron a desempolvar la ideología granserbia. Milosevićc, que no era un nacionalista de corazón pero sí un apasionado garbancista, pronto vislumbró las virtudes prácticas de esta doctrina y, como quien no quiere la cosa, se fue alejando del bratsvo i jedintsvo (hermandad y unidad) titista, para ir arrimando su sardina al ascua del ultranacionalismo agresivo granserbio. Eliminaron de un plumazo la autonomía que dentro de Serbia gozaban Vojvodina y Kosovo, comenzaron a patrocinar la idea de que los serbios fuera de Serbia -especialmente en Kosovo, pero también en Croacia y Bosnia- eran una minoría amenazada, promovieron boicots contra los productos eslovenos cuando desde esa república se comenzó a cuestionar la hegemonía serbia y, sobre todo, apuntaron al corazón de la gente: desempolvaron viejas banderas, hablaron de patrias amenazadas y de minorías en peligro (ellos, que eran la aplastante mayoría y tenían la totalidad de los cañones) y dijeron aquello de que había que usar todos los mecanismos constitucionales para preservar la unidad del Estado.

La inmensa mayoría de croatas y eslovenos, a finales de los años 80, querían permanecer en una Yugoslavia reformada, donde gozasen de mayores cuotas de autonomía frente a Belgrado. Por aquel entonces, todos los nacionalistas bosnios juntos habrían podido jugar un partido de futbito contra todos los nacionalistas macedonios y el árbitro podría haber sido el único nacionalista montenegrino. Y, pese a eso, en pocos años esas repúblicas se vieron inmersas en crueles guerras, el pueblo bosnio musulmán fue víctima de genocidio y, ahora mismo, donde hubo un solo país razonablemente cohesionado y próspero hay siete, muchos de ellos sumidos en la pobreza. En el camino se quedaron cientos de miles de muertos y millones de refugiados, la mayoría de los cuales a fecha de hoy no ha retornado (ni retornará) a sus hogares. El ultranacionalismo granserbio demostrado por Milosevicć y su camarilla fue el padre de los nacionalismos periféricos que acabaron por querer abandonar el barco yugoslavo a toda costa y no al revés.

El hombre de Milosevicć en Bosnia fue el psiquiatra Radovan Karadjićc, que se aupó como líder de los serbios de Bosnia (pese a que él era montenegrino) y, ante el Parlamento bosnio surgido de las primeras elecciones democráticas, amenazó a sus conciudadanos el 15 de abril de 1991, cuando se discutía la secesión de Bosnia de una Yugoslavia ya para entonces absolutamente panserbianizada: “No piensen que no van a llevar a Bosnia-Herzegovina al infierno, y tal vez que no llegue a desaparecer el pueblo musulmán, porque los musulmanes no pueden defenderse si llega la guerra. ¿Cómo van a evitar que todos mueran en Bosnia-Herzegovina?”.

No voy a equiparar a Rajoy y a Rivera con Milosevićc y Karadjicć. Estos últimos diseñaron deliberadamente un plan que culminaría con el estallido yugoslavo para poder reconstruir sobre las ruinas de la Federación su soñada Gran Serbia, que agrupase a todos los serbios de las diferentes repúblicas. El único inconveniente eran los millones de no serbios de esos territorios, para los que se había diseñado una solución simple, aunque un tanto desagradable: la limpieza étnica. Indudablemente, no está en la mente ni de Rajoy ni de Rivera masacrar a los catalanes independentistas, someter Barcelona a asedio ni expulsar de sus casas a los que no hagan ondear de sus balcones banderas rojigualdas. Pero en lo tocante a sus motivaciones profundas son las mismas que la de los tristemente célebres criminales de guerra serbios.

Milosevićc se apuntó a la ola granserbia porque sabía que era la manera de mantenerse en el poder. En esto sí se le parecen Rajoy y Rivera, ya que en el fondo lo que les anima es ganar las próximas elecciones. Demasiado bien saben que su postura ultra no va a solucionar el problema catalán, sino a enconarlo, pero auguran jugosos réditos electorales en las próximas generales (o lo que viene a ser lo mismo, estrepitosas derrotas en caso de salirse de la ortodoxia ultranacionalista española). Los dos se están disputando el voto del franquismo sociológico, que se resiste a desaparecer como gato panza arriba. Y Pedro Sánchez tiene mucho miedo de que un amplio sector de su electorado resulte ser más nacionalista español que socialista y se pase con armas y bagajes al bando de la Una, Grande y Libre si se atreve a hablar de plurinacionalidad como algo más que un mero retoque estético susurrado con la boca pequeña.

¿Qué más amenaza se puede verter contra un pueblo que la de Karadjic ante el Parlamento de Sarajevo? Os vamos a matar a todos. Las amenazas de Rajoy y Rivera son más sibilinas. Se van a ir todas las empresas, vais a quedar fuera del euro, iréis todos al paro, os vais a arruinar. Igual que los cascos azules llevaban un estricto conteo del número de obuses que caía sobre Sarajevo cada día, lo que ahora se cuentan son las empresas que llevan su sede fuera de Catalunya. Estos son los cañones y los morteros, indudablemente más adaptados al siglo XXI, de Rajoy y de Rivera.

Ninguna empresa tendría que haberse ido de Catalunya. No tendría que estar en riesgo la salida del euro, no tendría que estar ni siquiera en entredicho la unidad del Estado si Rajoy no hubiese iniciado, como hizo su difunto homólogo Milosevicć, su particular campaña para llegar al poder llevando al nacionalismo dominante al paroxismo. Eso es exactamente lo que hizo cuando presentó ante el Constitucional un Estatut de 2006 aceptado democráticamente por la inmensa mayoría de la población catalana. Nada se habría salido de madre si las cosas se hubiesen tomado con la civilización de Canadá en Quebec o del Reino Unido en Escocia. Se vota y a correr. Pero se ha optado por que no sea así.

Los bosnios no barajaron la rendición ante los obuses de Milosevićc y Karadjićc, y es más que posible que los catalanes tampoco se acobarden ante los nuevos cañonazos de Rajoyevicć y Rivericć. Cada día que pasa es más difícil volver a un escenario de sosiego, hay mucho enconamiento por ambas partes; ojalá quede abierta alguna esperanza de diálogo. Pero sigo pensando que los que más culpa tienen son los que, desde primera hora, se han cerrado en banda a la única solución razonable: la negociación de una opción confederal y asimétrica, respetando el derecho a decidir clamado por el pueblo catalán, apostando por la democracia y el respeto a las minorías; los que se desgañitan pensando únicamente en los españoles dentro de Catalunya, pero no en los catalanes dentro de España.

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