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El sacacorchos

¡Qué vergüenza ser humanos!

Por Jon Mujika - Miércoles, 22 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Columnista Jon Mujika

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EN uno de esos vuelos retorcidos de la humanidad, dentro de poco se cumplirán 158 años. A mediados del siglo XIX, John Brown, blanco, traidor a su raza, traidor a su clase, asaltó un arsenal militar en Virginia, para entregar armas a los esclavos negros de las plantaciones. Brown, amigo de los esclavos, fue condenado por el asalto al arsenal: asesinato, conspiración y traición al Estado. Murió ahorcado en 1859, un 2 de diciembre. Años después, se conmemora, en esa fecha, el Día mundial contra la Esclavitud. Sigue siendo necesario hacerlo, joder. ¡Qué vergüenza ser humano!

Fue una muerte en vano. Siglo y medio largo después, en Bilbao no hay algodonales, pero siguen vigentes los capataces: no usan látigos de cuero pero aún usan la más mortífera herramienta de explotación, el miedo. ¿Qué no habrán visto en su vida estas mujeres nigerianas para no huir de la vejación sexual a la que son sometidas si no hay cadenas que las sometan...? Ya ese horror de contemplar otros horrores es un vil castigo, un latigazo en el corazón que se queda encogido, hecho un ovillo en la celda de un cuerpo, tantas y tantas veces ajado. Si temen al vudú en su país de origen cómo no van a temer a un puño cerrado en su país de destino. ¿Acaso tú no lo temerías?

En este Bilbao de las luces aún quedan rincones en tinieblas. Da bochorno y sonrojo ver cómo la gente de bien huye, cómo huimos y las regateamos con desdén, cuando algunas de estas mujeres sometidas a la explotación sexual se te acercan en la calle. Las tememos, cuando lo que debiéramos hacer es protegerlas;las rehuimos, cuando lo que debiéremos hacer es escucharlas;las condenamos, cuando lo que debiéramos hacer es salvarlas. Hoy, cuando se ha desmantelado un nuevo clan de los bárbaros cavernarios que las tratan como a ganado, da la tentación de hacer lo mismo que hizo Brown: armarlas y meterlas en la celda, junto a sus captores.

Noticias de esta calaña demuestra que aún sobrevive un gen mutado que convierte al hombre, a según qué hombres, en bestias pardas capaces de convertir a la mujer ya no en objeto de deseo sino en animal de carga. Es como si una tarántula universal les hubiese inoculado el veneno de la podredumbre moral, les hubiese inyectado en sangre la mierda de esa sensación de superioridad con la que se sienten por encima de ellas. Para pisarlas. Qué asco.

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