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Tribuna abierta

¡Oh, Jerusalén!

Por José Serna Andrés - Jueves, 14 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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DE nuevo Jerusalén, la referencia de las tres grandes religiones monoteístas que, en lugar de ser puente, vuelve a ser espacio de desencuentro. Sólo hacía falta que el señor Donald Trump tensase la cuerda. Si especialistas en derecho internacional consideran que Jerusalén, según el acuerdo de partición de Palestina de hace setenta años, es una entidad especial sobre la que no hay soberanía judía ni árabe, aunque ya la parte occidental fue ocupada por Israel en 1967, la intención del presidente estadounidense resulta inquietante pues pretende que la embajada de Estados Unidos en Tel-Aviv pase a Jerusalén, lo que puede tener consecuencias negativas para ese largo proceso de paz que no dará un paso significativo de avance hasta que no se materialice en dos estados. Parece mentira que alguien que se proclama promotor de un proceso de paz para la región le ponga palos en las ruedas.

Ya en 1995, el Congreso de Estados Unidos había acordado el cambio de sede, pero Bill Clinton, George Bush y Barack Obama no firmaron el decreto para la reubicación de la embajada, aunque el texto ya reconocía a Jerusalén como capital de Israel. El estatuto de la ciudad es uno de los nudos gordianos del conflicto entre Israel y Palestina. Una ciudad partida como capitalidad de dos estados, fruto de un acuerdo entre israelíes y palestinos, puede ser una solución. Pero aquí sólo vemos que se apoya a una parte.

No parece que el presidente de Estados Unidos tenga en cuenta a los consejeros que no sean de su cuerda. De nada sirve que Mahmoud Abbas pida ayuda a Erdogan o a Macron para que no se produzca el incendio. Bien es verdad que el reconocimiento de Jerusalén como capital era una de las promesas de campaña y solicitado tanto por el electorado evangélico como por los ricos donantes republicanos proisraelíes, pero no está de más tener en cuenta lo que ya hace casi medio siglo decía Abba Eban, ministro de Exteriores de Israel: “No hay peligros en un encuentro palestino-israelí que puedan compararse con las explosivas evidencias de un statu quo que enturbia nuestra visión de la paz, debilita nuestra economía, perjudica nuestro turismo, daña nuestra imagen, entierra nuestras amistades internacionales, divide nuestra nación, atormenta a nuestra diáspora judía y sepulta nuestros más preciados valores judíos y democráticos”. ¿Va Israel por el camino que conviene a sus intereses a largo plazo?

El estatuto de la ciudad es u no de los nudos gordianos del conflicto entre Israel y Palestina, a cuya solución no contribuye un decreto que Clinton, Bush y Obama no firmaron

Caldo de cultivo para el odio El aumento de los asentamientos judíos o la insistencia en la capitalidad de Jerusalén sólo ayudan al desencuentro, y los pasos hacia la paz no pueden marcarse de esa manera. Ni Al Fatah ni Hamas lo van a aceptar, y así se alimenta el fanatismo y la violencia. El rey Abdalá de Jordania y los cincuenta y siete países miembros de la Organización para la cooperación islámica hablan de un ataque contra las naciones árabes y musulmanas y temen que esta decisión genere violencia. Se sigue tensando la cuerda mientras el presunto mediador neutral es juez y parte del problema.

Las corrientes más fundamentalistas judías son las que alardean de músculo en este contexto. No se atreven a hablar ahora abiertamente de la reconstrucción del templo de Jerusalén, pero ese nuevo templo es el templo del poder y el dinero, donde la fuerza se exhibe como amenaza, armas nucleares al fondo, ejército poderoso, derruir casas de unos y construir asentamientos para otros… como caldo de cultivo para el odio. Así aumenta el sufrimiento del pueblo palestino y también, por qué no decirlo, el de familias judías que quieren vivir con dignidad junto a otro pueblo, sin odio ni venganzas. En 1955, Moshe Scharret, otro ministro israelí de Exteriores, escribía en su diario: “En los años 30 controlábamos los impulsos de venganza y enseñábamos a la opinión pública a considerar la venganza como un impulso absolutamente negativo. Hoy, por el contrario, defendemos, por consideraciones pragmáticas, el principio de la revancha… Hemos abandonado el control espiritual y moral que habíamos impuesto a este instinto y lo hemos llevado hasta el extremo de… convertir la venganza en virtud moral”. No parece que las cosas han cambiado mucho desde entonces.

En el trasfondo de esta tragedia en torno a una capitalidad, conviene recordar que hasta hace poco había en Siria medio millón de personas refugiadas que contaban con una cierta integración social y la guerra lo ha marcado todo;en Líbano, cuatrocientos mil refugiados sin derechos civiles ni asistencia;en Gaza, más de un millón, tres cuartas partes de la población, pertenecen a la categoría de refugiados, hacinados y empobrecidos por el bloqueo. En Cisjordania, más de setecientos mil. ¿Se puede malvivir durante décadas, como casi un tercio de ellos, en campos de refugiados palestinos, aunque los administre la Unrwa de la ONU?

Si el proceso de paz no avanza, hay una bomba que, a largo plazo estallará en la zona. Se trata de la bomba demográfica,pues la tasa de natalidad en la población árabe duplica a la judía. Y eso también tendrá consecuencias ¿Cuánto sufrimiento se puede mantener durante más décadas? Por tanto, no está en cuestión solamente el cambio de lugar de una embajada, ni siquiera el destino de Jerusalén Este y Oeste;se trata del futuro de dos estados, de millones de personas que no tienen una vida digna. Quizá triunfe la imposición de una capitalidad de Israel para Jerusalén en una ciudad partida, pero con la paz derrotada.

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