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Joseba I. Legarza Astegia Expárroco del Santuario de los Santos Antonios

El misionero que soñó completar una sinfonía de Urkiola

Iban Gorriti - Domingo, 24 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Joseba pasó 47 años en Urkiola y falleció pocos días antes de la fecha prevista para su marcha a Begoña.

Joseba pasó 47 años en Urkiola y falleció pocos días antes de la fecha prevista para su marcha a Begoña.

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  • Joseba pasó 47 años en Urkiola y falleció pocos días antes de la fecha prevista para su marcha a Begoña.

Bilbao- La sinfonía incompleta de Urkiola fue el título del último libro que publicó Joseba Legarza. Incompleta queda la obra tras su pérdida humana el pasado 22 de noviembre a los 84 años, a pesar de que él la soñó completa, eterna. Misionero ejemplar, fue durante largo tiempo rector del mágico santuario de los Santos Antonios en la cumbre del puerto de montaña de la geografía abadiñarra en el que vivió durante 47 otoños.

Joseba I. Legarza Astegia nació el 12 de enero de 1933 en Lekeitio. “Los nacidos en invierno somos gente buena”, le gustaba compartir al hijo de Basilio y Jovita, regentes de una fontanería. Fue ordenado presbítero en Begoña el 6 de julio de 1950 junto a otros 28 condiscípulos vizcainos. “Ese día yo no me ordené sacerdote, me ordenaron”, diferenciaba entre bromas a DEIA. “Al domingo siguiente di mi primera misa. Aunque con nervios, me recuerdo bastante sereno. La parroquia estaba llena porque fui el primer sacerdote que salía del pueblo, de Lekeitio, en muchos años”, rememoraba.

A continuación le llegó el momento de despejar la duda de su destino en el territorio. “Entonces a los que veían con vocación misionera les mandaban a Arakaldo y duraban poco, por ello me pidió el obispo que aguantara tres años. Después de pasar también por Bolueta, me mandaron a Ecuador”. Pasaban las hojas del calendario de 1961 cuando se trasladó a la Misión de Los Ríos.

Pero no eran tiempos de aviones como hoy. En plena posguerra, de Barcelona viajó en barco a Canarias, Venezuela, Colombia... hasta llegar a la comarca de Los Ríos. “Fueron veinte días a bordo en los que convives con un montón de gente de otros países. Fue mi primer contacto con el mundo exterior”. Su entrega en el continente americano abarcaría casi una década.

Encomendado el santuario de los Santos Antonios a las Misiones Diocesanas Vascas, retornó del otro lado del Atlántico a Urkiola en 1970. Es decir, con el tiempo, de un puerto de mar acabaría recalando en otro puerto, de montaña. Echó el ancla -como el que se exhibe en la entrada del templo- en Urkiola, un paraje del que, aunque él intentó creerlo, nunca quiso despedirse. “Me iré cuando Dios disponga, pero no todavía”, admitía años atrás.

Fue un gran amigo de quien se acercaba a él gracias a su don de gentes basado en la austeridad y aprecio. Editó, al menos, siete publicaciones que divulgan hechos históricos, religiosos, de Teología, ética y monacales: Urkiola (1986), Otoitz liburua (1989), Libro de oración (1990), Santuario de Urkiola (1994), San Antonioren bizitza (1995), Vida de San Antonio (1995) y La sinfonía incompleta de Urkiola (1999). Él fue uno de los máximos impulsores de Lagunetxea, la hospedería que tanto trabajo dio y que se consiguió inaugurar.

Son incontables las personas que le recuerdan. Conocerle era desde el primer segundo recordarle. Así lo hemos sentido todos y cada uno de los que hicimos amistad con él. Insisto, por convicción: conocerle era recordarle.

Legarza, además, fue uno de los sacerdotes que más bodas ha celebrado. Él mismo lamentaba meses atrás que “la juventud ya no viene a casarse. Ha bajado muchísimo”, estimaba. Jabi y Miren son una pareja de entonces novios a los que les celebró sus nupcias y que a día de hoy consideran a Legarza “de la familia”, valora Jabi Artaraz. “Nos casó a nosotros y bautizó a nuestros hijos. Siempre me llamó la atención lo humano que era y que al conocerle lo hacía desde el alma”, agrega y enfatiza otro aspecto más: “Era súper agradable. Se acordaba de toda tu familia, los nombres, lo uno, lo otro... y todo desde la humildad máxima”.

La clarisa sor M. Olatz evoca al hablar del misionero que con sus compañeras monjas solían ir a Urkiola con su alumnado. “Recuerdo que Joseba no era muy hablador pero solía estar pasando la zona de alrededor de la basílica con un cochecito con motor del estilo (más sencillo) de los que se usan en el golf y con un bastón con punta iba limpiando y recogiendo lo que habían tirado los del día anterior para dejarlo limpio. Es decir, limpiando la parte del prado que hay del santuario a las cruces”.

Olatz rememora que en el encuentro era amable y sonriente. Compartían impresiones en euskera: “Etorri al zarete umeekin? Euria egiten badu sartu errefugioan ez buztitzeko...” Cuando Legarza bajaba a Durango a hacer compras o de reunión con los curas del monasterio franciscano, “solían dejar el coche en el jardín de nuestro convento todo el tiempo que necesitaran. Siempre avisaban en el torno para que supiéramos que era de ellos el coche porque iban a tardar o lo que fuera”, agrega y concluye: “Fue hombre bueno, amable, sobrio y bondadoso”. Como santuario que es de Abadiño, el alcalde, José Luis Navarro, lamenta también el fallecimiento del lekeitiarra. “Le conocí un día en el que, como otro cualquiera, mi secretaria me dijo que tenía a los curas del santuario esperando para hablar conmigo. Ahí estaba Joseba, el más sonriente y de aspecto más bonachón. Tenía una sonrisa especial, tan especial que nunca dejaba entrever su estado de ánimo. Y la mantenía consiguiera o no aquello por lo que había venido a hablar conmigo. Parece que estoy escuchándolo: “‘Gracias, José Luis. Haz lo que puedas’. Tenía la rara habilidad de conseguir de mí casi todo lo que se proponía”, valora Navarro y argumenta que por ello sintió al conocer su pérdida humana “un gran vacío en mi corazón. Era un buen sacerdote y mejor persona”.

Legarza falleció días antes de trasladarse a vivir a Venerables de Begoña tras 47 años en Urkiola. No despertó dos días después de su despedida cuando le llamaron para que fuera a desayunar. Continúa el alcalde de Abadiño: “Lamento hoy más que nunca no haber podido acudir a la comida de despedida que en días anteriores se le había organizado. Un compromiso familiar me lo impidió”. Sin embargo, le pudo saludar días antes en lo que fue su último encuentro mientras cuidaba la huerta y el regidor hacía una visita de trabajo al santuario. “Estoy orgulloso de haberle conocido. Allá donde esté, que piense que todos los que le conocimos le queremos y que no le olvidaremos”.

Le hicieron diferentes homenajes. “No me van, yo quiero ir de puntillas, desaparecer. Lo acepto porque hay que aceptarlo, pero prefiero ir de puntillas y desaparecer”, reiteraba el lekeitiarra. Como él dedicaba sus trabajados libros: “Con todo el afecto”, agur, Joseba. Zain zaitez!

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