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“Lo que hacéis no tiene precio”

Un turrón sobre la mesa, un peluche bajo el árbol, una mano en el hombro... Gracias a los voluntarios, la Navidad asoma a los hogares de personas sin recursos. Abiertas las puertas, oídos sus testimonios, no se sabe si ganan más unos u otros

Un reportaje de Arantza Rodríguez - Martes, 26 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:00h

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Patxi Múgica, del Banco de Alimentos, en casa de Danielle Silva y Elías Sausmickt en Zurbaranbarri.

Patxi Múgica, del Banco de Alimentos, en casa de Danielle Silva y Elías Sausmickt en Zurbaranbarri. (Foto: Borja Guerrero)

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  • Patxi Múgica, del Banco de Alimentos, en casa de Danielle Silva y Elías Sausmickt en Zurbaranbarri.
  • Javier Gracia, voluntario de Cruz Roja Bizkaia, deja unos juguetes en un piso de esta entidad en Bilbao.

DANIELLE Silva abre la puerta de su domicilio, en Zurbaranbarri, y lo primero que uno ve, después de su amplia sonrisa, es una ikurriña. Choca porque es de Brasil, aunque su hijo de 4 años habla euskera. “Nosotros fuimos bien recibidos por vosotros”, afirma. Tanto que su marido, Elías Sausmickt, apenas puede reprimir las lágrimas cuando se le pregunta por las entidades que hacen posible que los alimentos, dulces navideños incluidos, lleguen a su mesa. “Es muy gratificante poder disfrutar de esas bendiciones. Es muy bueno lo que hacen”, acierta a decir y la emoción se le anuda a la garganta. Su esposa le echa un cable. “Ayudan a personas que no conocen, que no son sus parientes, ni amigos. No tenemos palabras para agradecérselo”, afirma. “Lo que vosotros hacéis no tiene precio”, recupera el habla Elías. Tampoco lo tiene que ambos acudan raudos cada vez que les llaman para colaborar como voluntarios. “Es gratificante poder contribuir”, se siente en deuda él.

Si el turrón ha llegado a la casa de Danielle y Elías, la compañía a la residencia donde vive Iñaki Gallarreta o los juguetes al piso para mujeres maltratadas donde están acogidas una bilbaina de 27 años y su hija es gracias a la labor de una legión de voluntarios de entidades como el Banco de Alimentos, Cáritas o Cruz Roja Bizkaia, que se afanan estas semanas para que las navidades asomen a los hogares de las familias con menos recursos. Su experiencia es tan “enriquecedora” que, puestos sobre la mesa los testimonios de unos y otros, uno no sabe quiénes salen más beneficiados.

“Fue el mejor regalo, se me caían las lágrimas”

“Tú te apañas con lo que tienes, pero es Navidad y a la niña ¿qué le vas a decir: no hay regalos? Es un palo”. A sus 27 años, con una experiencia vital “muy dura”, a sus espaldas, esta bilbaina estuvo a punto de verse en ese trance, pero Cruz Roja Bizkaia, con su campaña de recogida de juguetes, le ahorró el mal trago. “Me dieron un muñeco con una caja enorme y un tiburón supergrande. Para mí fue el mejor regalo de Navidad. Se me caían hasta las lágrimas”, reconoce frente a Javier Gracia, el voluntario que embolsó estos juguetes. “Las madres los agradecen casi más que la comida porque un cacho de pan te lo da cualquiera, pero una muñeca o un balón no”, dice Javier, consciente de lo “triste” que es que “estas fiestas salgan los amigos y todos tengan algo y tu niño no”.

Antes de separarse, esta joven, que reside con su hija en un piso para mujeres maltratadas, llegaba a duras penas a fin de mes. “Me faltaba, pero más o menos me apañaba”, dice. Rota la relación, perdió el empleo ante la imposibilidad de compatibilizarlo con el cuidado de su pequeña. Los “trabajos sueltillos” que le salen no dan para mucho. “Dale de comer, cómprale ropa... Yo tiro con cuatro cosas, pero los niños crecen. Casi toda la ropa de la niña es heredada, poco nuevo”, señala.

Con la despensa le echa una mano Cruz Roja Bizkaia. En la recogida y entrega de alimentos también colabora Javier. “No hace mucho, cuando hicimos el reparto, vino un pequeñajo, se agarró a un bote de potito y no lo soltaba ni para atrás. Se reía como un descosido. Esas cosas son las que te hacen bien”, relata. Esas y otras, como aquel “matrimonio bastante mayor que agradeció los alimentos muchísimo”.

También los agradece esta joven madre, a la que le costó dos años pedir ayuda. “Andaba justa, pero no pensaba que iba a llegar a como estoy ahora”, confiesa. Tras contactar con una asistenta social, ambas recibieron ayuda psicológica y desde hace ocho meses residen en un piso compartido. “Es duro. Estoy cansada de esperar ayudas que no llegan nunca, porque solo te ponen trabas. Al final es la convivencia, el barrio, son dos niños más en la casa, así que con paciencia, poco a poco. La niña, dentro de lo que cabe, lo lleva bien, y eso es lo que me importa”.

Mientras estudia -“hice un ciclo para cuidar a personas dependientes y luego me metí para sacarme el graduado”-, sueña con poder trabajar y mantenerse. “No quiero estar chupando de nada. Cuando coges es porque no te queda otra”, asegura. Por eso, agradece tanto los juguetes que el pasado año arrancaron una sonrisa a su hija. “Es mi único medio para conseguir algo para la niña. Yo no me puedo quitar de nada porque no cobro nada. Lo necesito de verdad y con eso me hacen muy feliz las navidades”, afirma. Este año su hija también tuvo regalos que desenvolver. “Se agradece porque estás con las del colegio y es: Le voy a comprar esto y te aíslas tú misma porque tú no puedes. Es todo gastar y gastar. Hay cosas económicas, como ir a ver las luces, pero cuando dicen: Vamos a comer por ahí. No. Es duro”.

Javier, que empezó a colaborar con Cruz Roja hace cuatro años porque “necesitaba hacer alguna cosa”, le escucha atentamente. Sabe bien de los apuros que pasan los padres en estas fechas y de su “satisfacción cuando pueden llevarle algo a sus hijos”. Eso fue, precisamente, lo que le enganchóal voluntariado. “La felicidad con que los ves cuando les das las cosas te llena. Por eso seguí”.

A sus 67 años, Javier anima a quien tenga “tiempo libre” a probar “aunque sea un ratito” como voluntario. “Yo creo que le gustará a todo el mundo porque es muy gratificante”, confía y destaca que, “aunque hay que ser solidario siempre, quizás en estas fechas más porque es para los pequeñajos”. Todavía se está a tiempo de colaborar. De hecho, se podrán donar juguetes nuevos hasta el próximo 5 de enero. Cruz Roja espera recoger 6.000 y, de momento, echa en falta libros, puzzles o juegos para menores de 9 a 13 años. “Hay que reconocer también a las personas que donan”, destaca Javier. Y qué mejor agradecimiento que oír a la madre que tiene en frente: “A mi hija le encantaron los juguetes. Flipó”.

“Lo que nos dais nos ayuda mucho”

“Arroz, alubias, peces, aceite, azúcar, Cola-Cao...”. A Danielle y Elías la lista de la comprase la hace el Banco de Alimentos, entidad con la que colabora Patxi Múgica, de 55 años, desde hace diez. “Soy celador y puedo compaginar. Empecé antes de la crisis, pero con la crisis ha cobrado mucho más sentido”, asegura, sentado en la cocina de esta familia. De hecho, dice, “ha crecido exponencialmente” el número de usuarios hasta el punto de que “hay 30.000 personas comiendo del Banco de Alimentos”. Afortunadamente, también ha aumentado la cifra de voluntarios. “Éramos 50 y ahora somos el triple. La mayoría, jubilados”.

Para unirse a ese batallón solidario, dice, apenas hace falta tener “unas horas libres y unas manos”. Ahora, ojito, porque es adictivo. “¿Que si ser voluntario engancha? Muchísimo. Pregúntaselo a mi mujer. Algunos no sabemos poner muchos límites, pero es muy agradecido”, afirma. Debe serlo porque hay quienes se prestan para “recoger alimentos en Mercabilbao a las seis de la mañana y con este frío”.

Aunque “aquí no hay un hambre africana, sí hay necesidad”, deja constancia Patxi, que conoce “casos desesperados con niños de por medio”. “Nos están pidiendo de continuo pañales, que casi no tenemos, y alimentos infantiles”, señala. Tras destacar que “esto es comida y no hay casi espacio para el fraude”, explica lo mucho que contribuyen estos alimentos a “suavizar la cuenta de gastos de la casa”. “Hay historias muy tristes. No les llega y, aunque a veces reciban ayudas, lo que llega de alimento es eso de menos que pueden destinar a pagar un recibo de la luz”. “Lo que nos dais nos ayuda mucho”, agradece Danielle, que en Brasil era profesora y ahora cuida a una señora de noche, mientras su marido trabaja de albañil, carpintero, electricista o lo que se tercie. “Mi hijo es muy feliz. A veces no hay en casa, pero hay en el comedor y no reclama nada. El niño primero, nosotros después”, dice ella.

“Que venga me da fuerza, me quito el sombrero”

A Iñaki Gallarreta la crisis le puso literalmente de patitas en la calle. Perdió el empleo “de la noche a la mañana”, no pudo pagar el alquiler de la habitación donde residía y se vio durmiendo a la intemperie. “Nunca piensas que te pueda pasar a ti”, dice este bilbaino de 38 años. “Es una cuestión de suerte. Yo podría estar en su situación perfectamente. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros”, comenta Jon Sustatxa, el voluntario de Cáritas que le ofrece compañía una vez por semana. “Escucha mis problemas, me da una palmadita cuando la necesito... Agradezco mucho su labor”, dice Iñaki, que, al verse en la calle, comprobó eso de que “los amigos, contados con los dedos de una mano”.

En fechas tan entrañables como estas, una mano en el hombro, tener a quién contarle que has encontrado trabajo en Lantegi Batuak o con quién conversar sobre “dantza, monte, fútbol o política” se valora más si cabe. “Las Navidades no me gustan porque me traen un montón de recuerdos, pero que venga gente como Jon a dedicarnos su tiempo, pudiendo estar en su casa con su familia, me reconforta y me da fuerza. Me quito el sombrero”.

A Jon, 50 años, bilbaino y padre de cuatro hijos, sus citas con Iñaki y sus compañeros de residencia también le recargan las pilas. “Charlamos, arreglamos el mundo, salimos a dar un paseo, tomamos un café... Para mí es casi una reunión de amigos”, confiesa y resalta lo “enriquecedores” que resultan sus encuentros. “Ellos son extraordinarios. Te aportan mucho más de lo que tú les aportas. Tienen una entereza y una fuerza... Si yo hubiera pasado la cuarta parte de lo que han pasado ellos, sentirse solo, en la calle, sin familia, sin saber si vas a comer mañana, no sé si habría sido capaz de tirar para adelante y ellos lo hacen”, reconoce. “Que gente que tiene su vida dedique unas horas a estar con nosotros me parece de chapó”, le alaba Iñaki. Tras escucharles, surge la duda de quién ayuda más a quién. “Yo lo tengo claro”, se apresura a responder Jon. “Ayudan mucho más ellos”.

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