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A la contra

Por Angel Rekalde y Luis Mª Martínez Garate - Lunes, 8 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:13h

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LAScampañas electorales, al margen de su artificialidad, son periodos particularmente fecundos para observar el juego entre rituales políticos y fenómenos mediáticos: gestos, discursos, posiciones, alardes de fuerza, estadísticas fraudulentas, liderazgos histéricos, trucos, paseo de símbolos. Incluso el juego sucio. El procés catalán es un buen ejemplo, que parece haber llevado la violencia contenida de los últimos tiempos a la pasarela del desfile y el gesto histriónico.

Como decimos, es un momento propicio para analizar las posiciones de los agentes en conflicto. De paso, una oportunidad para echar un ojo al trasfondo del sistema político, que en este carnaval se muestra en su impudicia en medio de tanto artificio. Es cierto que hay mucho ruido;pero entre el petardeo y el humo los oficiantes -en un efecto freudiano- desvelan sus pensamientos más íntimos, sus esquemas mentales a menudo reprimidos.

Fue revelador al respecto el artículo de Enric Juliana que compara a Puigdemont con el carlismo: “Es el carlismo de Carles Puigdemont”. Para Juliana, que quede claro, esta metáfora negativa, insultante, es su opinión;está en su derecho: “El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo -esterilizado por Franco después de la Guerra Civil- evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras”.

Pero en medio de estas descripciones cripto-judeo-masónicas, se le escapaba el lapsus;el desliz que traiciona su subconsciente, que pinta su autorretrato. “Aquellas comarcas (entonces carlistas) son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI”.

A la contra de qué, nos preguntamos. No lo explica Juliana y en ese sobreentendido se retrata el periodista: a la contra de España;a la contra del régimen del 78;que es el mismo (lo dice él;él plantea el paralelismo) que la España del XIX, la de los espadones, de los borbones, la misma España de Franco, de los militares que se enfrentaron a las tendencias disgregadoras de una España que nunca fue nación sino un poder dictatorial impuesto sobre sus pueblos. La España de la corrupción hoy, la del PP, la de la cal del PSOE y todo eso que conocemos. ¿Eso es ir a la contra? Desde luego, Juliana se retrató. Se ha lucido.

El lapsus de Juliana, que se pone en la centralidad del sistema (para expulsar del mismo a cualquier disidente, a quienes no comulgan con su profesión de fe), coincide con otras expresiones similares de exclusión que implícitamente (freudianamente, diríamos) definen el modelo político español. Desde un ángulo folclórico, por ejemplo, y coincidiendo con Juliana, encontramos a Cayetana Álvarez de Toledo, aristócrata y diputada del PP que sostiene que todos los enemigos de España usan boina. Volvemos al carlismo y, de paso, a esas imágenes de Gila, el tonto del pueblo, el patán, el paleto de turno. Las metáforas hispánicas no sé si las carga el diablo, pero desde luego llevan plomo.

Este repaso a los argumentarios que sostienen el 155 (un golpe de Estado a la Autonomía de Catalunya), nos descubre posiciones similares entre las distintas fuerzas políticas. Como decía el humorista, va un García Albiol y diu: “Hay que desmantelar Tv3 y rehacerla con gente normal”. Los catalanes que hacen y ven Tv3, los que disienten del modelo de autoridad, son “anormales”. La mayor parte de la población. Así, sin tapujos. La normalidad es acatar el dominio hispano. El independentismo es anómalo. Es una anomalía de la naturaleza, se podría precisar el pensamiento (?) de García Albiol. Es probable que Goebbels lo planteara de modo similar al referirse a judíos, gitanos, homosexuales, minusválidos y otras hierbas.

El planeta socialista no va a la zaga y sustenta sus discursos sobre esquemas parecidos. Va Borrell y diu: “Hay que desinfectar el panorama catalán, empezando por los medios de comunicación”. Aquí la anomalía es sanitaria, de higiene y salud pública (sería curioso comprobar cuántos de estos esquemas argumentales tienen antecedentes en el franquismo;un tiempo en el que apenas se podía profundizar en el debate político y las justificaciones adoptaban estos estilos: higiene, salubridad, anormalidad… Todavía aplicarán la Gandula, la ley de vagos y maleantes). Los soberanistas están enfermos, infectados, lo suyo es de tratamiento hospitalario, médico, psiquiátrico, lo que sea para decir que es insano.

En estos discursos la normalidad viene definida por quien detenta el poder. Es un canto de alabanza a la autoridad competente. Un aleluya de sumisión. Y una condena inquisitorial al disidente, al que lleva boina. Es anormal. Esto es lo que hace Juliana al asociar el independentismo de Cataluña con el carlismo histórico. Es retórica del poder. Y en todo este discurso no hay el menor sitio para la voluntad catalana, para la libertad de las gentes, para el Estado de Derecho. La única norma aceptable es el poder hispano. Las malas lenguas sostienen que a poco que rasques la cabeza de un navarro, enseguida le sale la boina roja. A juzgar por estos argumentos, como explica la Soraya del gobierno, a catalanes y navarros, con la excusa de arreglarnos el peinado, nos quieren descabezados.

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