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1979: cuando Bizkaia eligió a sus alcaldes en las urnas

Los primeros mandatarios locales fueron vecinos que compaginaron su trabajo con la tarea de ordenar el urbanismo caótico propio del franquismo

JANIRE JOBAJURIA - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 19:34h

Elecciones de 1979 en Bizkaia.

Elecciones de 1979 en Bizkaia. (DEIA)

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  • Elecciones de 1979 en Bizkaia.

BILBAO. No fue la primera cita con las urnas de los vizcainos. Desde la muerte de Franco en 1975, los colegios electorales del territorio ya habían vivido elecciones libres para elegir a sus representantes en el Congreso y el Senado, por ejemplo. Lo que tuvieron de especial los comicios del 3 de abril de 1979 es que los vecinos de los municipios pudieron por fin elegir a los alcaldes, a sus dirigentes más cercanos, quienes tenían la ardua tarea de poner en orden las instituciones locales y, por ende, cada una de las localidades que componían Bizkaia. Y es que cuarenta años de dictadura franquista habían hecho que los pueblos crecieran de manera desordenada, a trompicones, a golpe de necesidad.

Se levantaban barriadas porque había una fábrica cerca y los trabajadores necesitaban un hogar cercano. Se asentaban empresas en pleno acuce del río porque necesitaban electricidad que podían obtener del propio movimiento de aguas. Todo ello sin ningún plan general que ordenara el urbanismo, que lo hiciera cómodo para sus residentes, que dotara a los vecinos de zonas de esparcimiento de calidad.

Con este panorama entraron a trabajar los primeros alcaldes elegidos en las urnas. En su mayoría, quienes se echaron sobre la espalda esta responsabilidad eran personas normales, de la calle. En la mayor parte de los casos, sin estudios específicos para desempeñar el cargo. Sin carreras de Derecho o de Arquitectura. “Eso sí, tenían un compromiso enorme con sus pueblos. Y ganas de trabajar”, asegura Alberto Ruiz de Azua, quien fuera alcalde de Arrigorriaga entre 1999 y 2011 y cuyo padre fue uno de estos primeros líderes municipales. De nombre idéntico a su hijo, el primer alcalde de Arrigorriaga, como muchos de sus compañeros, era empleado de una empresa, en este caso la papelera que se ubica en el municipio. Para ejercer como alcalde, tuvo que compaginar su trabajo con el de dirigente municipal. Esta primera remesa de alcaldes no estaba liberada. Tenía que sacar tiempo de su ocio, robárselo a su familia y amigos. “Mi padre trabajaba con horario partido, así que aprovechaba las comidas en casa a mediodía para reunirse con abogados, arquitectos, etcétera. A mi madre no le hacía gracia. No ya por el tiempo que tenía que dedicar a este segundo empleo, sino porque la época era todavía muy complicada”, recuerda Ruiz de Azua.

Uno de los principales miedos de las familias de estos primeros mandatarios era la propia Guardia Civil. La democracia aún se estaba asentando y muchas de las decisiones que se tomaban en los ayuntamientos eran desechadas por figuras como el delegado del Gobierno. Los agentes de la ley se presentaban en casa de la máxima autoridad del Consistorio: el alcalde. “Abrir la puerta por la noche y encontrarte con la Guardia Civil preguntando por tu marido con el Patrol al lado no era de buen gusto. Mi madre pasó miedo”, recuerda el hijo de aquel primer edil.

Lidiando contra viento y marea, las primeras corporaciones locales redactaron los primeros planes generales de ordenación urbana, entonces llamados Normas Subsidiarias, en los que reflejaron cómo querían que fueran sus pueblos y qué servicios deberían tener en función de su población. Alberto Ruiz de Azua no fue el único. Con él estuvieron Enrique Rekalde, en Amorebieta;Josu Sagastagoitia en Baracaldo, Francisco Zuricaray, en Durango;Dionisio Abaitua, en Guernica... Y una mujer, Margarita Arriandiaga, alcaldesa de Elanchobe.


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