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El día que la cultura vasca perdió a Aita Barandiaran, uno de sus grandes referentes

El arqueólogo, antropólogo y etnólogo donostiarra falleció el 21 de diciembre de 1991, a los 101 años, dejando un enorme legado

A. Garmendia - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 16:46h

José Miguel de Barandiaran escribió un diario durante toda su vida.

José Miguel de Barandiaran escribió un diario durante toda su vida. (Ruiz de Azua)

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  • José Miguel de Barandiaran escribió un diario durante toda su vida.

BILBAO. “Me han puesto muchos títulos, pero al menos uno no lo tengo;es el de aita, al menos que yo sepa, no sé por qué me llaman aita Barandiaran”. Esta era una frase que fue varias veces repetida por José Miguel de Barandiaran, considerado el patriarca de la cultura vasca. El arqueólogo, antropólogo y etnólogo fallecía el 21 de diciembre de 1991. Cuatro días antes había salido de su casa Sara, su hogar, en ambulancia hacia el hospital de Donostia. Tenía 101 años y sufría una grave infección en los pulmones.

Tras el fallecimiento, en el municipio de Ataun, en Gipuzkoa, su también lugar de nacimiento, fueron avisados los baserritarras de los caseríos que rodeaban aquella casa. A primera hora del día siguiente se abrió la capilla ardiente de Barandiaran, que quedó instalada en lo que había sido durante su vida su lugar de trabajo en su hogar. Numerosas personas se acercaron para decir adiós al antropólogo, etnólogo y arqueólogo vasco, entre ellos varios miembros de la Mesa Nacional de Herri Batasuna y el lehendakari José Antonio Ardanza. 

 Barandiaran quería una despedida humilde, y así la tuvo. El ataúd que portaba su cuerpo fue trasladado en comitiva desde la casa Sara hasta la iglesia de San Gregorio, donde se celebró el funeral, al que no faltaron numerosos representantes del mundo de la cultura y la ciencia. Debido a la masiva asistencia, muchos ciudadanos siguieron la ceremonia mediante la megafonía instalada en el exterior del templo.

Ahora, 26 años después de su muerte, se sigue recordando a José Miguel de Barandiaran como una de las figuras claves de la historia de Euskadi. Fue un estudioso que dejó un enorme legado, ya que fue autor de numerosas y reconocidas investigaciones relativas al folklore y etnografía vascas.

Una vida intensa Barandiaran dirigió, desde que era un niño, sus estudios al sacerdocio. De hecho, cuando tan solo tenía 14 años ingresó en la Preceptoría de Baliarrain, y poco tiempo después en el seminario de Gasteiz, donde cursó Teología y de Magisterio. Finalmente fue ordenado en diciembre de 1914 en Burgos. Sin embargo, pronto despertó en él su interés por la Prehistoria, por lo que decidió iniciar algunas investigaciones en el ámbito de la etnografía y de la arqueología en territorio euskaldun.

No tardó mucho en realizar su primer descubrimiento: durante el verano de 1916, cuando se encontraba investigando el castillo de San Gregorio, descubrió cerca de Argarbi, en la sierra de Aralar, nueve dólmenes prehistóricos. Impresionado por el hallazgo, rápidamente se puso en contacto con el profesor Telesforo de Aranzadi, catedrático de Antropología de la Universidad de Barcelona nacido en Bergara. En 1917 Barandiaran y Aranzadi, junto al vitoriano geólogo y catedrático de la Universidad de Oviedo Enrique Eguren, realizaron la primera campaña de excavaciones en los dólmenes del Aralar guipuzcoano. Así se formó el equipo de investigación prehistórica Aranzadi-Barandiarán-Eguren, quienes realizaron durante las siguientes dos décadas numerosas prospecciones y excavaciones en lugares como Lumentxa, Santimamiñe o Bolinkoba.

exiliado Durante la Guerra Civil se exilió en Iparralde, donde terminó permaneciendo varias décadas, hasta octubre de 1953, momento en el que pudo regresar a su Ataun natal. A sus trabajos arqueológicos hay que añadir otras iniciativas, como la creación de la Sociedad de Eusko Folklore, la revista Anuario de Eusko Folklore y la serie de publicaciones Eusko-Folklore. Materiales y Cuestionarios, que recoge mitos y leyendas vascas. Cuando regresó a su tierra reanudó sus excavaciones en el mismo lugar en el que las abandonó obligado en 1936, retomando así su faceta de arqueólogo. De ese modo investigó en Lezetxiki (Arrasate) y Aitzbitarte (Errenteria), y se convirtió, además, en el profesor por excelencia de toda una generación de prehistoriadores, como Jesús Altuna o Juan Mari Apellaniz.

Nunca se jubiló. A finales de 1989, cumplidos los 100 años, Barandiaran publicó Mitos del Pueblo Vasco y, además, continuaba supervisando varias investigaciones etnográficas llevadas a cabo en el pueblo navarro de Ezkurra. En total, publicó más de 300 escritos, algunos centrados, por ejemplo, en materias como la religión, la mente popular o la mitología y la brujería de Euskadi.

Toda esta labor le valió numerosos reconocimientos, como el nombramiento de Doctor Honoris Causa por las universidades del País Vasco, de Deusto y la Complutense de Madrid, la Cruz del Árbol de Gernika del Gobierno vasco en 1987 y la Medalla de Oro de Navarra del Gobierno de Navarra en 1989, con casi un siglo vivido a sus espaldas.

Pero, sin duda, uno de sus grandes legados fue la creación de Barandiaran Fundazioa. Él mismo la inauguró en 1988, ya que estaba preocupado por lo que ocurriría con sus investigaciones y sus trabajos cuando él muriese. “Temió que cayesen en manos de aves de rapiña”, aseguraba a DEIA José Mari Vélez de Mendizabal, presidente de la Fundación y exviceconsejero de Cultura del Gobierno vasco entre 1983 y 1985. El objetivo de esta entidad es, en palabras de su presidente, “gestionar ese tesoro que ha dejado, no solo el trabajo físico, sino todos los valores que él ha representado durante tantos años”.

De hecho, la Fundación publicó dos grandes volúmenes, que abarcan los apuntes tomados por el antropólogo entre 1917 y 1953, con unas notas que dejan ver el carácter de Barandiaran, siempre comprometido y humilde con su trabajo y su profesión.

“Decía que teníamos que mostrar que éramos una cultura. Rechazaba el término raza, él decía que éramos una etnia y esos conceptos los manejó desde principios del siglo XX, desde que empezó participando en congresos en Europa. Cuando fue al seminario, de joven, le dijeron que tendría que aprender algo de castellano porque solo sabía euskera y latín. Y de ahí a algunos años, le eligieron académico de la Real Academia de la Lengua española”, recordaba Velez de Mendizabal a este periódico.

Textos inéditos Del mismo modo, el presidente de la Fundación afirmó que Barandiaran escribía todos los días. Un ejemplo es la documentación elaborada durante la Guerra Civil, cuando pidió a unos abades que preguntasen en cada pueblo qué había pasado en sus calles durante el conflicto. “Son cientos de páginas de información. Eso está guardado en Ustaritz. Hay que tener en cuenta la privacidad, porque hay cosas muy sensibles, pero hay muchísimas cosas por descubrir. No tenemos prisa, pero no paramos. Todo está ahí”, remarcaba José Mari Vélez de Mendizabal.

José Miguel de Barandiaran fue preguntado al final de su vida cómo le gustaría ser recordado por las próximas generaciones: “Como una persona que ha amado el amor entre las personas. El amor es lo más importante”, respondió. 26 años después de su muerte, es recordado por mucho más, por ser el “aita” de la cultura vasca.

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